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Jueves , 24.05.2018 / 00:25 Hoy

[Semáforo] Orígenes del show business

John Williams se vuelve la gran constante de la saga de Star Wars con su música.

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Julio Hubard

Con la nueva película de Star Wars parece que la gran constante de la saga es la música de John Williams. ¿Es un gran músico? Depende. No es música que conserve su valor para el oído solo. La emoción primordial de ver a Darth Vader reside en la "Marcha Imperial"; sin el show, la música se vuelve aburrida y repetitiva. No es gran música sino genial musicalización.

El primer artífice de estos usos fue un músico bueno, sin más, y gran genio del espectáculo: Jean-François Lesueur (1760-1837). Entre Rameau, Lully y Berlioz, Francia no tuvo grandes compositores. El más exitoso fue, ni más ni menos, Juan Jacobo Rousseau (su ópera El adivino del pueblo fue un gran éxito); Beaumarchais compuso música para su propia trilogía de Fígaro —entre las obras más subversivas de la historia— pero, según parece, absolutamente olvidable y olvidada (ya llegarían Mozart y, después y debajo, Rossini). El caso es que Francia tenía un espíritu operático, pero también una solemnidad acartonada que, hasta la llegada de los grandes románticos, podía resultar pomposa y aburrida hasta para los mismos franceses.

Y luego, entre las grandes turbulencias revolucionarias, un arte dramático depauperado y una música populachera buscaban encauzar la violencia política. Junto a los grandes emblemas y valores, la música —el "Ça ira", la "Carmañola" y desde luego "La Marsellesa"— se convirtió en un medio de excitación. Y eso lo entendió, mejor que nadie, el señor Lesueur.

En 1786, lo nombran director musical de Notre Dame y, dentro de la Catedral, mete una orquesta a tocar mezclas de música sacra con acordes profanos. Los curas se escandalizaban de oír el órgano catedralicio junto a coros, percusiones, metales y cuerdas operáticos. Lesueur arguyó que eran para recuperar feligresía, pero ahí se había colado el nuevo diablo: llenó el templo de público, no de fieles. Ante críticas y amenazas responde con un panfleto: "Presentación de una música imitativa y especial para cada solemnidad". Y lo obligan a renunciar. Exiliado, pobre, recibe la invitación de Napoleón para sustituir a Giovanni Paisiello como director en las Tullerías. Pronto, el retorcido Cónsul se dio cuenta de que había contratado a un genio de la manipulación, un enamorado de la solemnidad y un adorador del poder y la fama. Lesueur colabora con Napoleón hasta en el mínimo detalle de su coronación y consagración como Emperador.

Todo mundo conoce el cuadro de Jacques-Louis David: un papa humillado y corrompido, un soldado coronado, aristócratas de estofado, un retroceso político, un avance jurídico, el poder de nuevo convertido en el espectáculo con que la gleba se entrega a la tiranía. Debiera ser repugnante. Pero el populacho no cabía de orgullo y emoción.

Me acabo de encontrar en YouTube una grabación estupenda, de 1969, en Notre Dame, con una banda militar, la orquesta y el gran órgano: "Lesueur - Marche du Sacre de Napoleon Ier". Me avergüenza la emoción que me provoca la famosa marcha: por más que me crea enemigo de la tiranía, me queda claro que, de haber estado ahí, ese día, me habría abierto paso a codazos, entre el gentío, para verlo todo, sin perderme detalle. Con avidez.

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