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Domingo , 23.09.2018 / 05:53 Hoy

Philip después de muerto

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Quienes viven entre las llamaradas del infierno son casi siempre aquellos que se muestran a los ojos de los demás llenos de felicidad, exitosos, celebrados, ricos y muy amados. Pronto aparecen pendiendo de una cuerda, atrapados por la muerte en un cuartucho de hotel o en el garaje de su casa, despedazados en un inexplicable accidente de automóvil. A menudo su infierno es el de las drogas y el alcohol. El asunto tiene habitualmente que ver con Hollywood y sus admiradas estrellas, aun las que habitan en sus márgenes. Una de ellas era Philip Seymour Hoffman. En pleno triunfo ascendente se topó de pronto con la muerte a los 46. Cuando lo hallaron en su departamento hace unos meses tenía aún la jeringa metida en el brazo y el cuerpo lleno de cocaína, heroína, benzodiacepinas y anfetaminas. Había montones de heroína al alcance de su mano.

Uno se pregunta cómo una persona tan inteligente, tan cultivada, tan sensible, tan metódica, tan perfeccionista se pudo hundir en ese abismo. Él y quienes leyeron los diarios que dejó por ahí conocen los detalles de su añeja guerra contra las adicciones.

Nos dejó a todos con ganas de verlo brillar en su madurez. Habrá que conformarse con las películas que le quedaron sin estrenar y que están por llegar a las pantallas en los próximos días. Una de ellas es Jack Goes Boating, un drama romántico sin muchas vueltas de tuerca que dirigió cuatro años atrás, en el que se reservó al personaje central para su consumo personal. La otra es El hombre más buscado, un thriller de espionaje derivado de la novela del mítico John le Carré, en el que se desempeñó por última vez prestando su rostro al agente George Smiley, un espía astuto e ingenioso pero más o menos torpe y sensible.

La prensa internacional ha difundido en los días recientes el testimonio de Le Carré durante la filmación de la cinta en Hamburgo, hace un par de años. Cito algunos de sus párrafos, elogiosos, casi amorosos, que habrían llenado de orgullo al actor y tal vez lo habrían puesto a salvo de la muerte inoportuna:

“… Nada más conocerle, su intuición destacaba de manera luminosa, igual que su inteligencia. Muchos actores fingen ser inteligentes, pero Philip lo era de verdad: culto, polifacético, artístico y brillante, con una inteligencia que te avasallaba y te envolvía desde el instante en que te cogía la mano, te rodeaba el cuello con su enorme brazo y plantaba su mejilla contra la tuya; o, si le daba por ahí, te abrazaba como un niño grande y regordete, y luego se apartaba y sonreía encantado mientras estudiaba el efecto que te había causado… Ningún actor me había impresionado tanto como me impresionó Philip en nuestro primer encuentro: ni Richard Burton, ni Burt Lancaster, ni siquiera Alec Guinness. Philip me saludó como si llevara toda la vida deseando conocerme, y sospecho que saludaba así a todo el mundo. Pero yo sí que quería conocerle a él desde hacía tiempo”.


*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa

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