• Regístrate
Estás leyendo: [Multimedia] Cimino, entre el cielo y el infierno
Comparte esta noticia
Jueves , 21.06.2018 / 23:10 Hoy

[Multimedia] Cimino, entre el cielo y el infierno

El director neoyorquino vivió buena parte de su vida perseguido por la sombra de un fracaso inédito en Hollywood al romper las reglas de la industria: multiplicó por cuatro o cinco el presupuesto.

Publicidad
Publicidad

Héctor Rivera

Michael Cimino alcanzó por fin la paz. Vivió buena parte de su vida perseguido por la sombra de un fracaso inédito en Hollywood. Hace unos días, cuando murió en Los Ángeles a los 77, los medios de todo el mundo recordaron otra vez el descomunal desastre que marcó para siempre su carrera, pero dejaron de lado la manera como fue utilizado por los industriales del cine estadunidense. Protegido por Clint Eastwood, ambicioso, talentoso a su modo, inquieto y dispuesto a todo con tal de destacar en un medio sumamente competido, se topó de frente con el éxito a los 39 con El francotirador, una película que legitimaba la prolongada guerra de Estados Unidos contra Vietnam haciendo de los invasores inocentes víctimas y de los invadidos sanguinarios criminales. La controversia que desató hizo inmensamente feliz al gobierno estadunidense, y Hollywood le brindó todo su apoyo cuando en el Festival de Berlín el bloque socialista retiró sus películas de la programación en 1979 en protesta por su exhibición fuera de concurso. La industria decretó de inmediato que su obra era una clásica en la historia del cine y le dieron cinco premios Oscar. Nadie respingó. Es en realidad uno más de los productos hollywoodenses que todos conocemos.

Convertido en un héroe de corta carrera, asumió un par de años más tarde la aventura de Las puertas del cielo. Se creyó la historia que le habían inventado de que era un genio y se volvió loco. Rompió de golpe todas las reglas de la industria hollywoodense: multiplicó por cuatro o cinco el presupuesto y entregó unas seis horas de película terminada. Ya casi al borde del abismo financiero, su productora, United Artists, se fue a la quiebra. Todo Hollywood le mentó la madre a coro, los productores hicieron trizas la película mientras trataban de ponerle pies y cabeza al modo tradicional, perdieron una millonada y lo culparon de todo.

Cimino aceptó sin chistar cada regaño y buscó la oscuridad para vivir con su maldición a cuestas una existencia de bajo perfil. Hizo unas cuantas cosas más como escritor y como director hasta 2007, cuando desapareció del todo. Cinco años después, el Festival de Venecia le rindió homenaje con la exhibición de una versión de más de tres horas de Las puertas del cielo. Cimino apareció entonces muy pálido y delgado. Los periodistas se apresuraron a resaltar los efectos en su rostro de una o varias cirugías plásticas, le preguntaron si había cambiado de sexo y lo diagnosticaron como muerto en vida. Sin embargo, el realizador neoyorquino fue más apreciado en Europa. Tal vez hasta llegaron a quererlo y a entenderlo allá, aunque la cosa no estaba para nada fácil con un personaje que no hallaba pertenencia. De hecho, la noticia de su muerte no la dio Hollywood, sino el director del Festival de Cannes, en Francia.

Probablemente Cimino nunca supo si era un genio o un artesano al servicio de los más baratos intereses de Hollywood.

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.