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Viernes , 25.05.2018 / 01:06 Hoy

La belleza de una naturaleza cruel [Función Dominical]

Lo primero que salta a la vista de la película, Everest, es que la fotografía es realmente espectacular.

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Fernando Zamora

Lo primero que salta a la vista en esta película, Everest, es que la fotografía es realmente espectacular. No podíamos esperar menos de una obra que pretende asombrar al espectador en los acelerados tiempos que corren, pero Everest va más allá y rebasa cualquier expectativa de entretenimiento. Se instala en el terreno del arte. Hay dos estrellas aquí: el Everest y el fotógrafo que ha conseguido retratarlo así: hermoso y brutal. Salvatore Totino, estadunidense de origen italiano, ha conseguido con ésta, su mejor película hasta la fecha.

Comencemos pues, por hablar de una imagen que construye también un tiempo que desconcierta. En efecto, conforme ascendemos con los protagonistas, el monte más alto del mundo se va haciendo cada vez más espectacular y sorprendente. Baltasar Kormákur es, sin duda, un genio del diseño de producción porque cada toma tiene un sentido propio y sin embargo cada toma cumple también la función de ir adelantando trama. No pasa con Everest como con otras películas así. Es más, si uno lo quiere, puede olvidarse de la fotografía, pero yo recomiendo que no.

Everest cuenta la historia de una desastrosa expedición que en 1996 sufrió los rigores de la naturaleza salvaje. Y Baltasar Kormákur sabe de qué habla. Originario de Islandia, pareciera que ante sus ojos las montañas adquiriesen vida. Esta obra es más que una película de desastres y lo dicho: supera con mucho las expectativas de quien quiera verla para emocionarse con una historia real.

El segundo punto en que la fotografía resulta un logro está relacionado con los avances tecnológicos. El director, el fotógrafo y su equipo de producción han sabido sacar el mejor provecho a estas cámaras que hace algunos años eran el sueño de un científico y nada más. Filmar en semejantes condiciones climáticas fue en sí mismo una aventura y el público lo siente. Todo el tiempo nos imaginamos ahí, ascendiendo la montaña furiosa, enfrentados a este monstruo que mientras más rabioso más nos encanta con su dignidad. La escuela de Cuarón (quien con Gravity consiguió una película importante desde el punto de vista técnico) sigue fructificando. Claramente Kormákur ha aprendido tanto de Cuarón como del Chivo Lubezki porque en esta película ofrece al público la sensación de estar perdido entre el arriba y el abajo. El monstruo natural confunde a quienes se atreven a desafiar sus alturas y la cámara lo capta así: desorienta al público y le ofrece la sensación de sentirse perdido en el espacio y el tiempo, avasallado por una fuerza blanca.

A pesar de que en torno al drama de la expedición de Los Noventa se han producido al menos dos libros y un par de documentales, el director de Everest ha tenido el buen gusto de producir con sus guionistas una visión propia de los hechos. Para ello se asesoró con uno de los sobrevivientes del ascenso, pero lo importante no es esto, lo importante es constatar la belleza de una naturaleza que mientras más cruel resulta más hermosa en esta atractiva función dominical.

Everest. Dirección: Baltasar Kormákur. Guión: William Nicholson y Simon Beaufoy. Fotografía: Salvatore Totino. Con Keira Knightley, Jake Gyllenhaal, Robin Wright, Josh Brolin. Gran Bretaña, Estados Unidos, Islandia, 2015.

@fernandovzamora

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