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Miércoles , 20.06.2018 / 01:00 Hoy

Hacia donde está el viento

Función Dominical.

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Fernando Zamora

Si hubiera una escena clave para entender la película Se levanta el viento, del japonés Hayao Miyazaki (creador de El viaje de Chihiro, La princesa Mononoke y Ponyo en el acantilado, entre otras cintas), sería esta: un ingeniero japonés corre para ver a la amada enferma de tuberculosis; toma el tren y cuando éste ha partido, él extrae de un portafolios de piel sus lápices y papeles. Se pone a calcular. Sobre las fórmulas y números caen las lágrimas. ¿Quién dice que los ingenieros son cuadrados? ¿Quién piensa que el cálculo no puede ser un arte? Se levanta el viento es un imprescindible elogio de esta forma particular de pensar: la de los ingenieros.

La película de Miyazaki está basada en la vida de Jiro Horikoshi, un hombre que hay que decir, ya fue exaltado en otra película aunque de manera tangencial. Los maravillosos aviones caza Zero que el niño inglés en El imperio del sol (de Steven Spielberg) tanto admira, son del ingeniero Horikoshi.

La película da cuenta del largo trayecto histórico en que Japón pasó del medievo a la tecnología de punta. Cuando Horikoshi y su equipo de creación de aviones estaba trabajando, el arte japonés en el sentido de “la técnica” japonesa estaba lejos de ser un lugar común.

Volvamos a la escena que antes he narrado. Creo que es clave porque efectivamente está un poco subidita de tono. Tampoco es un secreto que Se levanta el viento es un melodrama. Pero hay de melodrama a melodrama. No es lo mismo Almodóvar que Carla Estrada. El anime en México tiene tan buena aceptación tal vez porque somos melodramáticos. Muchos de nosotros crecimos con Heidi, Marco y Remy, series en las que se entrenó Miyazaki, un autor que lleva esta forma de llorar y gozar hasta el nivel más alto del género: la ópera. Esto es: Se levanta el viento es Madame Butterfly en encuentro con La dama de las camelias. Y hay, claro, una historia de amor y el toser tuberculoso; hay la historia de un hombre que ha de elegir entre su destino (poner a su país en la avanzada tecnológica) y el amor que siente por esta noble japonesa de pies pequeños y manos finas con las que pinta imitando al impresionismo francés.

Por muchas razones Se levanta el viento me recordó los Sueños de Akira Kurosawa. Como en Sueños, la obra de Miyazaki demuestra el poder creativo del Japón que habiendo tomado un invento extranjero (el cine) lo retoma para llevarlo a lugares que en Occidente nadie hubiese imaginado. Así como Katsushika Hokusai llevó el arte de la impresión de estampas en Europa hacia su propia tradición para resignificarla, así el ingeniero Horikoshi se apropió del arte de hacer aviones que llegó a Japón a través de Italia y Alemania. Así han hecho maestros como Kurosawa, Takahata y el propio Miyazaki. Una de las películas más hermosas que he visto es La tumba de las luciérnagas, de Takahata. El viaje de Chihiro es otra película fenomenal. Y lo es porque la “caricatura” japonesa se ha convertido en gran arte. Esto no es “cine para niños”. Esto es la prueba de que Japón es todavía un crisantemo y una espada: el pequeño imperio de genios que usan el viento para combatir o soñar.

Se levanta el viento (Kaze tachinu). Dirección: Hayao Miyazaki. Guión: Hayao Miyazaki. Música: Joe Hisaishi. Japón, 2013.

@fernandovzamora

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