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Miércoles , 15.08.2018 / 08:53 Hoy

Buenos vecinos

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No siempre las bardas hacen buenos vecinos. A veces los hacen peores, rencorosos, recelosos, vengativos. Jack Nicholson nunca le perdonó a Marlon Brando la barda enorme que levantó entre sus mansiones cuando lo hartó con las frecuentes invasiones a su privacidad. No aceptaba el rechazo. Se sentía ofendido, tal vez acorralado, limitado en sus movimientos en la inmensidad de su domicilio. Tampoco entendía la sonrisa socarrona de Brando cuando le explicaba que buenas bardas hacen buenos vecinos. En México todos somos Nicholson. Hemos visto cómo en nuestra colindancia con Estados Unidos se levantan muros desde hace años. Muros de nopal, de tortilla, de concreto, de acero. Si nuestra dependencia del país vecino no fuera tan significativa para nuestra sobrevivencia podríamos pensar que es mejor así. Juntos pero no revueltos.

Y no solo en nuestro caso. Mientras el inefable Donald Trump cacarea de tiempo completo sus amenazas contra México, amaga con más muros y alardea de un poder económico que en un descuido podría permitirle comprar la presidencia de su país, un diario francés, Le Figaro, publicó hace poco un mapa de los muros que proliferan como sangrantes heridas en el mundo. Son 50. El más largo mide tres mil kilómetros y separa a la India de Bangladesh.

Levantar muros entre países parece una tendencia de esas que ponen en evidencia que nos apresuramos para volver a la tormentosa Edad Media. Después de la caída en 1989 del Muro de Berlín, en tanto el mundo celebraba jubiloso la desaparición de un símbolo ominoso muchas naciones se pusieron a levantar bardas para mantener alejados a sus vecinos indeseables. Había entonces 11. Hay ahora 50.

Justo en estos días los húngaros se afanan en la construcción de una barrera de casi dos metros de altura para impedir que sus vecinos serbios busquen cobijo en su territorio. Mientras trabajan en los últimos detalles del proyecto se han dado cuenta de que no sirve de mucho. Los serbios le han tomado la medida y saben ya como evadirla. Furiosos, los húngaros han comenzado de inmediato la construcción de otra valla, más segura y de cuatro metros de altura.

En el continente americano los únicos países separados por un muro son México y Estados Unidos. Un muro que apenas les sirve a los gringos para mantener fuera de sus tierras a miles y miles de migrantes que llegan todos los días a su frontera en el sur. Muchos se cuelan por arriba o por abajo, pero para los gringos la señal es lo que importa: sepan que no los queremos ni tantito. Y no se trata precisamente de un mensaje en términos afectivos.

Lo mismo quieren decirles ahora a los canadienses. Muchos gringos están pidiendo la construcción de una pared en su frontera norte. Quieren ser una aldea amurallada. Allá ellos. Aunque en los más rigurosos términos diplomáticos deberíamos preguntarles si tienen zapatillas de ballet, para que tomen a su país y se vayan de puntitas a... otra parte.

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa

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