En la tierra de los humillados, Francisco ya era 'tatic'

Aquí estuvo ayer el papa. En la tierra multiétnica de los textiles más hermosos, a pesar de esas infamias. En la tierra de lenguas que suenan a bellos susurros.
Miles de fieles acudieron a la misa que ofició Bergoglio en la Catedral de San Cristóbal de las Casas.
Miles de fieles acudieron a la misa que ofició Bergoglio en la Catedral de San Cristóbal de las Casas. (Martín Salas)

Chiapas

Sí, en la tierra de los humillados. En la tierra de los ofendidos. En la tierra de los despojados. En la tierra de los violentados. En la tierra de los explotadores. De los saqueadores. En la tierra de las antiguas guardias blancas y sus impunes matanzas. En la tierra de los terratenientes, de los caciques, de los señores feudales. En la tierra de los patrones que durante siglos veían y tomaban a los indígenas como esclavos. En la tierra, Chiapas, de más pobreza y miseria en el país. En la tierra (junto a Oaxaca y Guerrero) de más analfabetos. De los peores niveles educativos. En la tierra de las desigualdades más indignantes:

—¿Le habrá contado alguien al papa cómo eran las cosas aquí antes? Cuando un coleto venía caminando por una de las estrechas aceras y se aproximaba hacia él un indígena éste tenía que quitarse, bajarse de ahí. Tenía que moverse hacia la calle. Nada de andar juntos uno y otro. Nada de con permiso. Nada de cruzarse. Nada de olores, nada de que miraran a los ojos que les podían dar con un fuete. Y no es metáfora, señor. ¿Le habrán contado al papa? —preguntaba con entonación de reclamo una monja de la Arquidiócesis de San Cristóbal, la siempre rebelde sede de aquel obispo de los pobres (así le dicen), Samuel Ruiz.

Aquí estuvo ayer el papa. En la tierra multiétnica de los textiles más hermosos, a pesar de esas infamias. En la tierra de lenguas que suenan a bellos susurros. En la tierra de anonadantes paisajes naturales y animales y aves de zoología fantástica. En la tierra de cafés y manjares deliciosos. En la tierra que menos católicos tiene en el país: apenas arriba de 58 por ciento de la población contra 82 por ciento a escala nacional. En la tierra cuyos pueblos, los más desposeídos, se sentían cada vez más alejados del Dios católico del papa Francisco. Hasta que Samuel Ruiz y los suyos les dijeron que no, que las mujeres y los hombres de los pueblos originarios nada de que tenían que bajarse de la banqueta humillados y ofendidos.

Por eso, hoy el papa, de muchas maneras, invocó y evocó a Samuel Ruiz, al hombre bajito de lentes a quien se le atribuye que la diáspora de católicos no fuera peor en un mar de desilusiones, alcoholismo y sectas que medran que con la desesperanza de los indígenas.

***

Desde las tres de la mañana llegaban indígenas transportados desde todas las geografías chiapanecas. A las cuatro de la mañana bajaba por las hondonadas de las montañas, que a esa hora eran siluetas, una densa capa de neblina. El frío arreciaba. Cuatro grados que el viento helado convertía en sensación térmica de cero grados. A las 6:30 ya clareaba y no se veía nada. ¿Cómo va a aterrizar así el helicóptero del papa? Novatos: en San Cristóbal el sol devora la neblina apenas empieza a calentar. A las nueve de la mañana el cielo era bien azul. Miles y miles de indígenas y otro tanto de mestizos eran una serpiente multicolor que serpenteaba por un gigantesco complejo deportivo. No, no había mucha euforia, pero ahí iban andando los católicos de esta tierra acomodándose hasta juntarse 80 mil (según la diócesis de San Cristóbal).

Bajaba del aire Francisco, descendía del helicóptero, trepaba en su vehículo abierto y de pronto, como en un cuento de la montaña que hacía presagiar un final feliz, los estoicos indígenas corrían por el suelo polvoriento para apretujarse por los carriles donde iba avanzando el papamóvil. El viejo de atuendos blancos (luego, para la misa, serían morados, púrpura) sonreía a la siniestra y a la diestra, bendecía, de pronto se detenía, repartía besos y caricias leves, cariñoterapia, y empezaban a relucir las lindas sonrisas blancas de esta gente con ancestros agraviados por siglos.

Luego vendrían las formas que los pueblos de estas tierras entendieron como fondo:

*El canto de bienvenida, el gozo y placer de volvernos a ver, era entonado en tzotzil.

*El canto del “Señor, ten Piedad”, en tzeltal.

*La primera lectura del Libro Levítico, en chol.

*El salmo responsorial, en tzeltal.

*El Evangelio era proclamado en tzeltal.

*Las preces, la oración comunitaria en tzotzil.

*En la liturgia eucarística una familia tojolabal presentaba las hostias. Una familia zoque mostraba el agua y el vino. Y una familia mestiza presentaba la colecta.

*Los Cantos de Ofertorio los interpretaba suavemente una banda mixe de Oaxaca, voces de niños y jóvenes con sedosas entonaciones de querubines.

*La plegaria eucarística, el “Canto del Santo”, se escuchaba en tzeltal.

*Vendrían plegarias de un obispo diocesano en tzotzil y de un obispo coadjutor en tzeltal.

*El Padre Nuestro, sí, el Padre Nuestro, se oraba en tzeltal.

(Y las miradas de los indígenas, piadosas esas miradas, parecía que se acercaban más y más a ese hombre púrpura que les decía que sí, que era una vergüenza los infiernos que blancos y mestizos les habían hecho pasar a ellos, los hombres y mujeres del color de la tierra.)

*El rito de conclusión era interpretado en tzeltal.

Y ya era, Francisco, el papa, tatic, como Samuel Ruiz. Lo hacían suyo, al menos por hoy, los pueblos multicolores chiapanecos. Francisco iba entonces y se encerraba a en Catedral para honrar a ese hombre rebelde, el de los Diálogos de la Paz en 1994 con el EZLN del subcomandanteMarcos y Manuel Camacho Solís, el del alto al fuego del levantamiento zapatista y la respuesta del Ejército, porque ahí dentro yacen sus restos, los de Samuel, dicen los de aquí, justo donde colocaba el papa flores amarillas y rojas.

Dos mil personas le cantaban Cielito lindo y le tomaban cientos de fotos con los teléfonos móviles y le rogaban que se acercara para acariciarlos con sus palabras también a ellos, pero el papa estaba fatigado ya: les sonreía, los bendecía, se llevaba la diestra a la boca y les mandaba besos. No se sentían desairados, al fin que ya era tatic Francisco, padre en tzotzil. Padre que pedía perdón y fustigaba a quienes habían humillado y ofendido a sus hijos.