La gélida espera para ver al Papa en Ecatepec

A pesar del frío y el sueño, desde la madrugada del domingo miles de feligreses esperaron con cantos y bailes la llegada del Papa a Ecatepec. 

Ecatepec, Estado de México

“¿Qué le dijo Jesús a Lázaro, a Lázaro, a Lázaro? ‘Aliviánate, aliviánate, aliviánate’ y Lázaro le contestó…”, gritaba entre risas un grupo de sacerdotes en la unidad de Estudios Superiores de Ecatepec. Algunas monjas y misioneras de todas las edades y ataviadas con hábitos de distintos colores seguían el juego cantando y brincando al son de “Mi burrito sabanero”.

Ambos grupos, quienes se contestaban al más puro estilo de Pedro Infante y Jorge Negrete en la película “Dos tipos de cuidado”, esperaban desde las 3:00 horas la misa que el papa Francisco ofició este domingo en el recinto.

Aunque los cantos eran divertidos y mantenían a la gente entretenida, en especial a la comunidad litúrgica, el propósito era que nadie estuviera sin moverse, ya que el viento que se sentía en el campo del centro educativo -casi del tamaño de la zona de pasto del Foro Sol- era gélido y la temperatura disminuía cada vez más.

“¡Muévanse!”, ¡No dejen que sus compañeros se queden quietos!”, “Si no bailan, muevan los dedos de sus pies y manos”, pedían desesperadamente los organizadores de la misa al ingresar los feligreses, clérigos y uno que otro ateo al sitio donde estuvo el Papa.

Para evitar que todos los asistentes sufrieran de hipotermia, entonaron las canciones “Entre tus manos” y “Granito de Mostaza” en versión cumbia, lo que animó a la gente a aplaudir, saltar de un lado a otro, gritar y moverse como si estuvieran en un salón profesional de baile.

Cada dos o tres canciones, se rezaba uno de los misterios del Rosario; todos oraban pero el frío a las 04:00 horas era insoportable; las cobijas, bufandas y chamarras no bastaron. La gente se abrazaba y se frotaba las manos porque ya no sentían sus dedos o su cara se había entumecido. Nadie quería quitarse los guantes o sacar las manos para escribir un Whatsapp.

“Regresen, ¡yo quiero seguir cantando!”, gritó un joven seminarista de Izcalli, Estado de México. Sus compañeros se rieron pero, en su cara, se observaba una gran preocupación por mantenerse activo y sin estar tiritando por las bajas temperaturas.

Los cantos, gritos y alabanzas no cesaron en toda la madrugada y gran parte de la mañana; todos querían poder sortear el gélido clima.

Una hora antes de que el pontífice llegara a bordo del papamóvil a la unidad de estudios superiores del municipio mexiquense, las personas ya no querían cantar ni echar porras.

Estaban cansados de escuchar a la conductora del sonido local, en el que se repetían las melodías y, en palabras de los seminaristas de Izcalli y de Querétaro “ya no sabía ni qué porra inventar”, por lo que pedían a gritos que le quitaran el micrófono.

Ese hecho provocó las carcajadas de una familia de feligreses y de alguna monja que disimulaba su gesto con un banderín de México.

Los feligreses desvelados

Sin importar el estado de la República Mexicana ni qué tipo de boleto tuvieras para poder asistir a la misa, debías presentarte en la Catedral de San Cristóbal Ecatepec, de la media noche a las 02:00 horas, aproximadamente.

Los curas y las monjas fueron los más puntuales, salvo algunas agrupaciones que llegaron corriendo al atrio del recinto; lucían como si hubieran dormido ocho horas. En cambio, los feligreses e invitados especiales tenían grandes ojeras y emitían tales bostezos que reflejaban el poco tiempo que descansaron. En promedio, durmieron entre media a cuatro horas.

En la catedral, elementos de la Gendarmería Nacional, Policía Federal, Ejército y voluntarios distribuyeron a los asistentes en camiones para trasladarlos al sitio de la misa.

El trayecto, que normalmente duraría 20 minutos, fue de casi una hora, ya que los autobuses iban en caravana y a una velocidad mínima, por lo que los trasnochados tuvieron tiempo de dormir sin padecer las inclemencias de las bajas temperaturas.

Al llegar a la avenida Simón Bolívar, descendieron de las unidades y formaron una inmensa fila. Ya fuera por el frío o por el sueño, la mayoría arrastraban los pies al caminar, lo que hacía aún más lento el ingreso a la Unidad de Estudios Superiores.

Después de media hora, cuarto filtros de seguridad y muchas botellas de plástico retenidas por los policías, los 300 mil asistentes ingresaron al lugar donde pan, café y dulces ya los esperaban. Nadie, ni por muy escéptico que fuera, podía ocultar su emoción ante el evento histórico que presenciaría horas después.

Arriba de las sillas esperaron al Papa

El escenario donde Francisco ofició su misa, estaba decorado con un gran y colorido tapete de aserrín elaborado por artesanos de Huamantla, Tlaxcala. Eso era lo que mejor se veía desde las zonas B y C del lugar, ya que las zonas donde se colocaron la mesa y el sillón del pontífice apenas eran perceptibles y más para las personas de corta estatura.

Aunque faltaban dos horas, todos estaban atentos a la llegada del pontífice; su ansiedad por recibir la bendición era tan grande que la mayoría de las personas se subieron a las sillas de plástico del lugar. No les importó que tambalearan y tuvieran que agarrarse de la persona que estuviera enfrente; ellos querían ver de cerca a Jorge Mario Bergoglio y, de ser posible, tomarle una foto o hacer una selfie.

Personal de Protección Civil alertó a los feligreses, quienes hicieron caso omiso a las indicaciones; se subieron más personas. El clamor aumentó cuando trasmitieron la salida del pontífice de la Nunciatura Apostólica; nadie dejaba de agitar sus banderines, de brincar y aplaudir.

Aprovechando este momento, unas religiosas de la Arquidiócesis de Tlalnepantla regalaron medallas del pontífice. Dos mujeres aceptaron las joyas y, a cambio, les regalaron a las hermanas unas empanadas.

A las 11 horas, las grandes pantallas instaladas a los costados del escenario principal, mostraron cómo descendía el helicóptero de Francisco en Venta de Carpio. Desde ese punto se trasladó en papamóvil hacia el campus estudiantil.

La gente se aferró aún más a las sillas. Agitaban los banderines, cantaban, echaban porras y hacían “la ola” al mismo tiempo. Muchos se acercaron a las vallas para tocar o poder saludar al pontífice cuando pasara con su papamóvil por los pasillos, lo que provocó el enojo de las personas que se quedaron sentadas.

“Ya siéntense, pongan el orden. Ustedes son monjas y sacerdotes, ¡prediquen con el ejemplo”, les dijeron un grupo de jóvenes misioneras a los desordenados. Hasta que inició la misa, se retiraron a sus lugares.

La molestia disminuyó cuando vieron al Papa saludando desde su vehículo. Todos sacaron sus cámaras y celulares para capturar el paso del pontífice por su lugar, pero fue casi imposible, ya que el auto circula a una gran velocidad. Esto no fue impedimento para que algunos se desmayaran o quedaran atónitos al ver al representante de Dios en la Tierra.

La misa fue un éxito; la gente oraba y estaba muy atenta al mensaje de Bergoglio acerca de la cuaresma, el papel de los jóvenes en el mundo actual y sobre las tentaciones que rodean a los humanos.

La frase que rompió con la seriedad de la ceremonia fue “el pueblo tiene un sabor guadalupano”. En ese momento, las horas de espera, el levantarse tan temprano y los cambios de temperatura, valieron la pena.

El público gritó, aplaudió y derramó lágrimas al comprobar, una vez más, la devoción del Papa por la Virgen de Guadalupe y que, pese a su acento argentino, Francisco ya es mexicano.