La Casa Nacional del Estudiante sobrevive al tiempo

La Casa Nacional del Estudiante, ubicada en Tepito, fue construida en 1910 por el gobierno de Porfirio Díaz y albergó a personajes como el Che Guevara y el ex presidente Miguel Alemán.

Ciudad de México

Un centenar de puestos ambulantes de ropa, comida y peluches se apretuja sobre la Plaza del Estudiante en el barrio de Tepito. Entre lonas y lazos apenas se distingue un edificio de estilo afrancesado: es la Casa Nacional del Estudiante.

La primera piedra de este edificio se colocó el 6 de julio de 1910 en una ceremonia encabezada por el entonces secretario de Hacienda, José Yves Limantour, la apertura fue un año después. Entre sus inquilinos, según la página oficial de la casa, estuvieron personalidades como José Vasconcelos y Fidel Castro.

Las puertas de roble son antiguas y la fachada del edificio, construido en 1910 por el gobierno de Porfirio Díaz, tiene dos columnas y simbolismos de las carreras universitarias en sus retablos: artes, ingenierías, medicina y derecho.

La puerta de roble se abre. Por ella sale Nacho, un joven que vino desde Jiutepec, Morelos, a estudiar la licenciatura en Matemáticas en la Facultad de Ciencias de la UNAM.

El vestíbulo es espacioso, más allá una especie de patio donde pisos más arriba hay una serie de murales. A los costados pasillos apenas iluminados. Al fondo, dos enormes canchas para futbol y básquetbol. La pintura de las paredes se descascara y los muros muestran algunas fisuras y manchas de humedad.

Nacho recuerda su primer día en la casa, la cual se convirtió en su única opción para poder estudiar una carrera universitaria en la capital. Los viejos residentes le entrevistaron brevemente y le explicaron el espacio que iba a ocupar: un cuarto compartido, lo suficientemente grande para él y sus cosas, donde posiblemente durmieron Ernesto ‘Che’ Guevara o el ex presidente Miguel Alemán, quienes residieron un tiempo en el edificio.

Desde aquel día en que llegó, Nacho ha vivido cuatro años en la casa, en medio de pláticas en el comedor, sesiones de estudio, cenas colectivas y noches de cine, en un edificio histórico y que ha sobrevivido al olvido.

“Siempre hay dinámicas colectivas pero no siempre son posibles, varía porque hay compañeros que van a la escuela en la tarde o en la mañana, o algunos trabajan, pero siempre hay reuniones. A veces es llegar y cenar todas las noches entre todos los compañeros en el comedor, y platicamos de nuestras carreras o vemos una película y se crea una unión familiar muy fuerte”, narra Nacho sobre la dinámica diaria. 

La Casa Nacional del Estudiante alberga aproximadamente a 60 jóvenes de diversas regiones del país, Tlaxcala, Guanajuato, Oaxaca y hasta la montaña de Guerrero,  así como de distintas carreras y escuelas, como la UNAM, la ENAH y el Politécnico.

En el comedor del lugar hay un Che Guevara pintado en la pared, un pizarrón con anotaciones de Historia (“son de cursos de regularización que damos a la gente del barrio”, dice Nacho), las sillas y mesas se apretujan en una pequeña estancia que pareciera estar abandonada.

“No contamos con ningún apoyo del gobierno. Para los gastos damos una cuota mensual de 50 pesos y con eso podemos costear los servicios básicos. El internet cada uno paga, ahorita lo que hacemos es contratar líneas y repartirnos el costo entre varios”, relata Nacho, quien agrega que para las comidas colectivas cooperan hasta 200 pesos cada uno.


La casa de tres pisos tiene una escalera ascendente, una especie de caracol que conecta a las piezas del recinto, incluyendo un auditorio y una biblioteca que los mismos jóvenes han ido armando con donaciones de los de nuevo ingreso. Algunos pasillos se ven oscuros, hay rastros de polvo en el suelo y algunos agujeros, que antaño fueron ventanales, son cubiertos con lonas.

“En años anteriores se había hecho la solicitud de apoyo a las viviendas multifamiliares que se da en la delegación, pero se nos dijo que no cumplíamos como requisitos porque no somos propietarios de vivienda, entonces se fue al área de educación, tampoco entramos porque no somos una escuela. Se han solicitado recursos al INAH, pero el INAH no trabaja con recursos, da asesorías técnicas gratuitas, pero el dinero para las reparaciones las tenemos que conseguir nosotros”, cuenta Nacho, quien es miembro de la Mesa Directiva de la asociación civil.

La Casa Nacional del Estudiante sobrevive de donaciones de particulares, muchas veces de ex miembros de la casa. Para ahorrar, los estudiantes reciclan el agua de los baños y han instalado celdas solares para no gastar mucho en gas o luz.

Mientras Nacho relata cómo el comercio ambulante ha ido desgastando la fachada del inmueble, otros jóvenes llegan de sus cuartos. Algunos de ellos regresando de vacaciones, otros ya instalados desde hace varios días, pues se dividen las vacaciones, 15 días un grupo, 15 el otro, para no dejar solo el edificio.

Viridiana tiene 22 años, estudia Medicina en Ciudad Universitaria y viene del sur de Guanajuato. Ella se enteró por internet de la casa y decidió ingresar a ella porque era la única opción que tenía para poder seguir estudiando.

“Para mí era la primera vez que llegaba a vivir sola a un lugar y fue emocionante, y fue algo padre. Si la casa no existiera yo creo que hubiera dejado de estudiar. Porque ni un empleo de medio tiempo te alcanza para una renta, ni siquiera la comida, la renta es muy cara. Hay gente que pese a tener ganas de estudiar y tener el apoyo familiar, no hay dinero”, dice y agrega que se gasta aproximadamente 400 pesos a la semana entre pasajes y comida.


Las rutinas del comedor a veces no hacen coincidir a todos, pero la cuestión de los baños la han solucionado de la mejor manera posible, cuenta Nacho.

“Hay baños de hombres y mujeres. Se arma un rol para limpiarlos cada tercer día. En el caso de los hombres, las tazas y las seis regaderas no tienen separaciones, y pues al principio te da pena entrar cuando está alguien, hasta te esperas para usarlo. Pero te vas acostumbrando, y a la hora de bañarte pues hasta platicas con quien esté a tu lado”, agrega mientras ríe.

La Casa Nacional del Estudiante fue un proyecto impulsado en el gobierno porfirista para ayudar a los estudiantes de bajos recursos y de diversas partes del país a obtener una profesión. El proyecto surgió en la Escuela Nacional de Ingenieros, y retomada por Yves Limantour.

En 1980, tras años de ser financiada por el gobierno, se crea la asociación civil de la Casa Nacional del Estudiante, que adquiere ese estatus por encontrarse en los límites del Centro Histórico de la Ciudad de México, y desde entonces la asociación se encarga de su gestión.

Tras el sismo del 19 de septiembre de 1985, el lugar fungió como albergue y centro de atención médica para las personas afectadas.

Actualmente la Casa Nacional del Estudiante no posee financiamiento del gobierno ni de institución privada alguna, y pese a pertenecer al catálogo de edificios históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), no recibe mantenimiento por parte de las autoridades, aun cuando muestra diversos signos de deterioro.

En el Distrito Federal sobreviven pocas casas del estudiante, además de esta, hay otras de los estados de Baja California Sur, ubicada en Iztapalapa y que alberga a 80 estudiantes, así como la de Guerrero y Durango.