Circo y futbol

El Santo Oficio.
Circos
(Nelly Salas)

Ciudad de México

1. Las buenas conciencias de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal no descansan, ahora aprobaron la genial iniciativa de prohibir animales en los espectáculos circenses. Benditas sean. En otro tiempo —el 13 de diciembre de 2007 para ser precisos— se lanzaron contra las miradas lascivas en la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, provocando la angustia y los desvelos de quienes —como el cartujo— a veces apuntan a donde no deben por culpa del estrabismo.

Para completar el cuadro, deberían también proscribir los espectáculos con focas y delfines, los zoológicos, las carreras de caballos, los jaripeos, los pajaritos de la suerte. Y sobre todo la deprimente carpa ubicada en la esquina de Donceles y Allende, donde se adiestran tantas fieras en el arte mayor de la marrullería. Eso sí sería digno de celebrar.

Como diría García Márquez, al cofrade se le descosen los recuerdos al hablar del circo, de los circos pobres —con carpas remendadas y payasos tristes— de su infancia, tan lejana como la cordura de esta ciudad de orates. Siempre le han gustado los animales, quienes lo duden pueden interrogar a sus gatos y su perro, al perico de lengua negra incapaz de pronunciar una palabra después de una década de amoroso adiestramiento. No está contra la reglamentación para prevenir el maltrato a los animales, pero sí contra ese afán hipócrita de alinearse a lo políticamente correcto, sobre todo cuando las vestiduras se las desgarran personajes ligados al Partido Verde Ecologista de México, envuelto por las tinieblas del desprestigio, dispuesto invariablemente a venderse al mejor postor, no importa si es de derecha o de izquierda o de centro. Dinero mata convicciones, en especial cuando nunca se han tenido, y eso los maromeros del PVEM lo saben como nadie.

2. El 18 de junio se cumple el centenario de Efraín Huerta, el autor de “Avenida Juárez”, un poema estremecedor como pocos (“No se tiene respeto ni para el aire que se respira/ ni para la mujer que se ama tan dulcemente,/ ni siquiera para el poema que se escribe./ Pues no hay piedad para la patria,/ que es polvo de oro y carne enriquecida/ por la sangre sagrada del martirio”). La cofradía, lo lee con devoción. Es uno de los grandes poetas de nuestra lengua, fue asimismo un periodista de tiempo completo y un enamorado del futbol (así, sin el acento en “u” como ahora estilan los comentaristas deportivos, tan lejos de Dios y tan cerca de la barbarie). Seguidor del Atlante, escribió varias ocasiones sobre el deporte de sus amores. El otro Efraín. Antología prosística (FCE, 2014), editada y seleccionada por Carlos Ulises Mata, rescata algunos de esos textos, quizá convendría leerlos en estos aciagos días mundialistas, cuando El Compayito y sus comparsas nos llenan de vergüenza.

Queridos cinco lectores, después de peregrinar por tierras inhóspitas, todavía zarandeado por viajes inacabables en destartalados camiones, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.