Un pitbull es mejor que un revólver

Portar armas no es para todos, no es cosa fácil observar lo que ocurre alrededor para tener suficiente control de la situación.
Perro de raza pitbull
(Arturo Fonseca)

Ciudad de México

No entraré a la plancha con aspecto de pordiosero. Tengo estilo. Moriré con un arma en la mano. Mi Hunter tiene un cañón de 27 centímetros, un compensador de retroceso tan poderoso y preciso como la mandíbula de un pitbull. Rapidez, me gustan los tiros rápidos. Aprendí a tirar a los 11 años. No tengo ídolos, le borraron la cara con varios tiros de Magnum al único que tuve, eso fue hace dos años.

Siempre al costado, a veces no he tenido que mover la Hunter de ahí, usando mi mano izquierda puedo accionarla desde ahí. Portar armas no es para todos, no es cosa fácil observar todo lo que ocurre alrededor para poder tener suficiente control de la situación, saber reaccionar ante el miedo que puede ocasionar enfrentarse a la muerte no lo consigue cualquiera. No es cuestión de fuerza, se necesita velocidad, en la vida todo es velocidad. En los ataques cuerpo a cuerpo se trata de eso, “primero la defensa, después el ataque”, solía decir La Roca, un tipo casi de hierro; que jamás dudó en borrar obstáculos.

Jamás en la guantera, en una detención quedas indefenso; si la llevas bajo el asiento, el movimiento del auto la puede poner en un sitio que tu mano ignora mientras te encañonan; si va debajo de tus piernas, al obligarte al salir con las manos en alto, adiós. Si la llevas en el costado y te obligan a entregarte, siempre será mejor bajar con ella, lo que venga después marcará tu historia personal. Me gusta llevarla al costado, levemente hacia atrás; de otra forma se encaja, es molesta, acomodada de esa forma es cómoda y no es tan evidente.

No deseo desalentarte, debes saber que un arma no es para cualquier persona. Si no estás dispuesto a creerte un santo o un criminal, no juegues. El que se cree intachable la usará para borrar criminales. El criminal la usará para borrar lo que se interponga en su camino: virtuosos, desalmados. Debajo de la almohada, mi arma es accesorio necesario, como la colcha.

Conozco personas que aman el arte, en sus paredes cuelgan cuadros, originales, reproducciones, grabados, acuarelas, en sus centros de mesa libros de arte, piezas de arte, en el baño tienen libros de arte. Me gustan las armas, quisiera tener una en el baño, mis visitas no son educadas, podrían llevársela. Hogares disfuncionales, se escudan en eso, ¡cobardes!, culpar a los otros es como no asumir las consecuencias de tus actos, todos son una cadena. El primer delito es el pase al segundo, tercero y hasta donde tope. Jamás me gustaron los cuchillos, demasiado vulgares. Abrir la piel, ese ritual salvaje no va conmigo. Pasé por un trago al María Sabina. “¿Qué hora es?”. Veo mi reloj. “Son veinte para las cuatro”. La calle está vacía, el grito viene desde la ventana de un hotel mugroso. Zaguanes cerrados. El hombre lleva un cigarro en la mano, está asomado, me mira. Por un momento nos miramos, mete la cabeza en la ventana, desaparece entre la cortina. “Veinte para las cuatro, ya casi”, le dice a alguien. La calle está tan oscura que parece una sombra que se desliza entre la luz de la habitación. Me mira, no dice nada. Sigo caminando. Me estacioné dos calles más adelante. Cuando era niño, las puertas de las vecindades estaban abiertas, esta noche están cerradas. La recuerdo, mi madre sentada en el patio mirando la tina. Una enorme tina de Don Pedro, refresco de cola, limón y agua mineral, hielo para enfriar los litros de cuba. Toda la vecindad en el bautizo de mi hermano menor. Mi padre llegó tarde, borracho, alegre. Nos compró un chingo de dulces a mí y al único amigo que tuve: Jacinto, un día lo apañaron, robó un paquete de salchichas, dos barras de jabón corriente. Tribilín. Fui a verlo, le llevé unos tenis que no me dejaron pasar, también pasta de dientes, una toalla, lo único que me dejaron pasar fue la pasta.

En Obrero Mundial no existía el Metrobús. Pinche Jacinto, ¿qué se te metió en la cabeza? Siempre me decía que haría algo grande. Cuando lo detuvieron, su mamá contaba orgullosa que en el Ministerio Público insistía a los policías y licenciados: “Mándeme a la grande, jefe, soy un hombre, no soy un escuincle orinado, soy el hombre de la casa, mi papá nos dejó, anda viviendo en la Buenos Aires con una ruca bien gacha, cuida y lava coches, no es un hombre; si fuera hombre, jamás hubiera dejado a mi mamá”. Su madre, cuando hablaba con mi abuela en la mesa de la cocina bebiendo anís, siempre lo contaba, lloraba diciendo que su hijo era más hombre que el padre. Ese hombre robó un negocio, salió, volvió a entrar, asaltamos a un tipo que quiso defenderse, un tiro, lo agarraron: homicidio. Ese día logré chisparme. Lo trasladaron a una cárcel en Torreón, no volví a verlo. Pienso en el compensador de retroceso de mi Hunter, si Jacinto hubiera aprendido a controlarse, a no perder la cabeza. Él y su perro Cocoliso, un perro elegante y bravo, un pitbull que su madre regaló al sastre del  barrio cuando lo encerraron en el tutelar. Al final el perro daba tumbos por las calles buscando comida, en los huesos, sin nadie que se compadeciera de él; lo agarré, me lo llevé al departamento, fue la primera vez que reté a mi padre, a manotazos en la mesa le dije que me iba a quedar con el perro: “No me contestes, ¡te vas a la chingada y me sacas a ese perro!”. Enojado, salí de ahí, no regresé, casi un año después volví solo a casa. El perro había muerto. Un año agitado, nos llevábamos bien. Atacaba instintivamente a cualquiera que me disgustara. Mientras asaltábamos una tienda de abarrotes, le dispararon; él salvó mi vida; desde ese día tengo un asunto pendiente con Jacinto, maté a su perro, lo pagaré, un mal día todo eso puede revertirse. Nunca me lo perdonó. “Cocoliso no tenía la culpa de nada, cabrón, ¿para qué te lo llevaste?”. Ahí vamos los dos, corriendo por Leandro Valle, escapando tras robar unos dulces y dinero en una tienda de la calle de Argentina. Y no, ya no éramos niños, solo parecíamos. Buenos para los trancazos, malos para cualquier otra cosa. Nos gustaba quemar a los Judas en Sábado de Gloria. El hermano de Jacinto nos enseñó a disparar, nos regaló la pistola cuando los judiciales fueron por él, nos dijo dónde la escondía ¿Qué hago otra vez aquí? Necio. Pese a mis recuerdos esta vez es distinto, ya no soy, nadie me conoce, probablemente todos se han ido. Ojalá. La vecindad casi se cayó en 1985, algunos rentaron cuartos cerca, otros se fueron a los albergues junto a la estación Lindavista del Metro, otros a la Morelos, otros al Estado de México, otros se negaron a abandonar los departamentos, los sacaron con granaderos por vivir en riesgo. Tiraron la vecindad. Mi madre murió hace menos de un año, mi padre ahora vive en casa de sus cuñados, es como un mueble, quedó así después de la muerte de mi jefa. No puedo ayudarlo, me alejo, siempre que no puedo ayudar a alguien me alejo. El Parque Delta convertido en morgue, ahí fui con mi papá a buscar a mi tío, estaba internado en el Centro Médico cuando fue el temblor. Recuerdo que lloré mucho al ver los ataúdes que cubrían todos los rincones del estadio. Caras destrozadas, medios rostros, aplastados, desfigurados, mi tío jamás apareció. Al salir de ahí le dije a mi papá que llegaría bien vestido a la plancha.

—Son tuyos.

—Vamos a michas.

—Nel.

—Te los doy, somos amigos. Somos hermanos, con esto te lo estoy demostrando. Nunca me juegues chueco.

Jacinto puso los dulces en mi mano, nos metimos al número 19 de Leandro Valle, le tocamos al viejito del cuatro, tocaba la  guitarra en la plaza acabando las misas, ahí nos esperamos hasta entrada la noche. Tenía televisión, blanco y negro. Cuando llegamos a nuestras casas nos pusieron a los dos una madriza, no nos podíamos sentar al otro día, me daban con el cable de la plancha, a él le daban con la reata de su hermana. Me detengo frente a Leandro Valle, dos chamacos me ofrecen droga, unos gatos negros pequeños son su compañía, los llevan cargando, son pequeñísimos. Casi niños, con la cara amarilla.

— ¿Quieres algo?

— ¿Y esos gatos?

—Son de la suerte, carnal.

Sus caras me recordaron a Jacinto, que limpiaba la sangre del departamento al que entramos a asaltar. Se le fue el tiro. Armas más jodidas, con un arma buena eso no hubiera pasado. Jamás supo controlarse, ése fue su gran problema.

—Déjame ayudarte, somos amigos, de chamacos quedamos que en las buenas y en las malas.

—No. Puedo limpiar mi propia mierda.

Avanzo, los chicos me siguen. Volteo. Les apunto, se abren, regresan a las sombras de la calle con sus diminutos gatos negros. Abro mi auto, subo. Pienso en Cocoliso: si ocupara el asiento del copiloto, no necesitaría un arma.

* Escritora. Autora de la novela ‘Señorita Vodka’ (Tusquets)