CRÓNICA | POR ALEJANDRA ARTEAGA

El camino de los peregrinos: esfuerzo y sufrimiento en familia

La historia de la familia Vargas

Desde hace siete años, la familia Vargas camina durante tres días de Puebla a la Ciudad de México para visitar a la Virgen de Guadalupe. Conoce su historia.

Ciudad de México

Llegar es un descanso, un alivio. Con la frente llena de sudor, las piernas hinchadas y los pies ampollados Álvaro Vargas se detiene y mira la Basílica de Guadalupe a lo lejos. "Lo importante es llegar, esforzarse". Él, sus dos hijos y su yerno caminaron tres días seguidos desde Puebla hasta la Ciudad de México para estar media hora frente al estandarte de la virgen.

El camino hacia la Basílica es en línea recta. La larga Calzada de Guadalupe, acceso principal a este recinto, está partida a la mitad por un camino de asfalto gris en cuyos bordes conviven flores de nochebuena y basura. Sobre la acera caliente, la familia Vargas camina sin voltear a ver a los otros peregrinos que fácilmente rebasan su paso. El padre de familia lidera su pequeña procesión. Su yerno, Enrique Osnaya, y sus dos hijos, Jonathan y Álvaro, caminan detrás de él, a su paso, lento.

"LLegamos por Zaragoza", el señor Vargas explica que este es su tercer día caminando. Vestidos con tenis, gorras amplias y mochilas alargadas que son cubiertas por una manta con la imagen de la virgen de Guadalupe, los cuatro familiares hablan sin detener su paso. "Si te detienes es como volver a empezar", explica Enrique, el único que no tiene el apellido Vargas, pero quien es ya un miembros de la familia. Enrique fue el responsable de que desde hace siete años Álvaro y sus dos hijos emprendan este viaje a la Basílica.

Partieron de Puebla el domingo 8 de diciembre "a las 8:00 de la mañana" con el doble de la carga que ahora sostienen. Al salir de su casa, la familia les puso comida para el viaje, pero en su segunda noche tuvieron que tirarla porque con el sol se pudrió. Aunque sin alimentos y dinero, los Vargas comieron los tres días de su viaje. "No sé si es una promesa, una manda o lo hacen de corazón, pero hay gente en todo el camino que ofrece comida y agua a los viajeros. En Chalco, una señora nos regaló un gansito y un café", explica Enrique.

"Cuando termina el día nos curamos las ampollas", el señor Álvaro.


Los jóvenes hermanos Vargas, de 21 y 27 años, caminan juntos sobre la acera que divide el flujo de automovilistas en la Calzada de Guadalupe. Jonathan, el menor de la familia, observa a una persona que parte con ansia una mandarina pequeña. El joven detiene la frase que estaba apunto de dirigir a su hermano para observar rápidamente su entorno. Con un tirón de brazo, los hermanos caminan hacia una señora que salvaguarda la caja de mandarinas. "Tomen una", les indica.

La Calzada de Guadalupe se convirtió en un río humano que fluye entre automovilistas estresados por el tráfico que los peregrinos les ocasionan. Caminar por esta avenida es exponerse a la mirada de los curiosos. Mucha de la gente que se dirige a la Basílica toma un descanso en las bancas de cemento instaladas a los costados. La mayoría come o se detiene a quitarse el calzado, pero todos contemplan pasar al resto de los fieles que caminan por ahí. Algunos gritan: "Sí se puede"; otros, cantan las mañanitas.

"Cuando termina el día nos curamos las ampollas", el señor Álvaro habla de esta curación con calma: "ya de noche, tienes que retirarte los tenis con cuidado y reventar cada una de las ampollas que te salieron durante el día. Luego te las curas, para que en la mañana puedas seguir tu camino". De sus pies se desbordan un par de tobillos hinchados, como si no cupieran más en el calzado. Álvaro, el mayor de sus hijos, se esguinzó el pie derecho. "Yo me caí dos veces,", interviene Jonathan, pero baja la voz rápidamente con pena y explica que "todos se han caído alguna vez" en este viaje.

Hacer un esfuerzo, sacrificarse y sufrir el camino, esa es la intención de este viaje. "Nosotros no venimos a pagar ninguna manda, venimos a cumplir", explica el señor Vargas. ¿A cumplirle a quien?, se le pregunta. Tras un silencio Enrique Osnaya interviene: "Es como cuando te bañas. Si estas en la calle, con el sol, sudado, entre la gente, y llegas a tu casa a bañarte, ¿qué pasa? Lo que pasa es que descansas".

Desde hace 7 años la familia viaja junta a padecer el camino y a hacer un esfuerzo por llegar. "Claro que venimos a celebrar a la festejada", el señor Álvaro mueve la cabeza ligeramente señalando la Basílica de Guadalupe, pero "el chiste es que puedas, que hayas llegado hasta aquí". El chiste, como lo describe el señor, no sólo es llegar sino vivir el camino.

"Para alguien que no tiene fe es mucho esfuerzo, para quien no cree en nada también es demasiado, para nosotros no", dice Enrique.


Los Vargas no miran atrás. Su paso es lento, pero constante entre peregrinos que cantan, compañeros de paso, comida callejera y vendedores ambulantes que aprovechan el paso de los peregrinos para vender imágenes de la virgen, estampas y lámparas de mano. El señor Vargas carga con veinte llaveros que cuelgan de sus dedos índice y medio de la mano derecha. "Los traemos desde Puebla", son llaveros de la virgen que le entregaron médicos y empleados del hospital en que trabaja. "Son recuerdos bendecidos. Todos saben que venimos cada año, entonces nos encargan que le traigamos algo del viaje, es para compartir", explica el señor Vargas.

Compartir el viaje fue una de las razones que hicieron posible una caminata de tres días, las noches de hambres, los fríos, un esguince, cuatro torceduras, tres caídas y el cansancio que obliga a los Vargas a caminar lento."Para alguien que no tiene fe es mucho esfuerzo, para alguien que no cree en nada también es demasiado, para nosotros no", dice Enrique con seriedad. Su rostro se transforma cuando el poblano voltea a ver la Basílica y continúa " No sé cómo explicarte, pero todo lo que caminé estos días, ahí adentro, como otros años, no me va a doler nada". Su voz se entrecorta. "De pensar en eso me emociono", dijo el joven intentando contener el llanto.

En la parte final de la Calzada de Guadalupe los peregrinos caminan más lento porque todos, sin excepción, contemplan la Basílica mientras avanzan. Los Vargas se voltean a ver sonrientes. Álvaro abraza a su padre y le da una palmada en la espalda a su hermano. "Sin la familia, sin ustedes, no lo hubiéramos logrado", dice el joven. Las palabras conmueven al resto de los Vargas, que sin razón aparente sueltan una risa generalizada.

Para ellos, como para los miles de peregrinos, el camino termina ahí, frente al recinto. Los Vargas se alejan para entrar a la Basílica y disfrutar de la media hora que les costó tres días de camino. "Año con año cumplimos. No sé qué pasaría si no vengo a ver a la Virgen, porque nunca lo he hecho y, la verdad, creo que nunca lo voy a descubrir" dice el señor Vargas antes de despedirse.