CRÓNICA | POR EMILIANO PÉREZ CRUZ*

¿Qué, soy o me parezco?

Los broncudos. Sienten que todo les pertenece

Andan con humor de los mil diablos como esencia natural y el corazón les duele de tanto gruñir a sus semejantes; aparecen donde menos se les espera y son capaces de echarle a perder el día, o la vida toda, al que caiga en su telaraña.

Broncudo
(Especial)

Ciudad de México

Los broncudos andan con humor de los mil diablos como esencia natural y el corazón les duele de tanto gruñir a sus semejantes. No hay que confundirlos con los picudos, aquellos que primero andan con su “ya vas, papas y sopas”, pero a la mera hora nomás nada, puro jarabe de pico, no le entran a la bronca.

A los broncudos no hay que hacerles caso y solitos se van por el mundo, pensando que pueden jambárselo, atarragarse en un dos por tres. Hasta que encuentren la horma de su zapato, el esta-te-quieto o te llevas lo tuyo, güey. Aguas, hay que andarse con tiento: puede que sean mala entraña, seres que nomás por quítame estas pajas llegan al crimen, a tirar empujones, panzazos, habladas que hieren más que el regaño materno.

Los broncudos sienten que todo les pertenece y para conservarlo tienen a su disposición la violencia y la paciencia o el miedo de los demás, nosotros, sus semejantes. Se valen de los ojos de pistola para emitir las miradas que matan, de las palabras punzocortantes y las ráfagas de habladas para someter a quien se deje; tienen capacidad para emplear las palabras de manera hiriente, como burda arma para que el estómago arda, el pulso se acelere, las piernas tiemblen y adquiera uno las mismas características, asesinas casi, del iracundo en cuestión.

Ponen el dedo en la llaga y no lo quitan hasta que obtienen respuesta a sus provocaciones. Estos seres parecen impredecibles, pero algo les caracteriza: la supuesta defensa de su orden, de su territorio, de su propiedad y su persona.

—Dirás misa, mano; yo llegué primero a la cola y hazle como quieras...

—Es que la señora se siente mal, mano, y la llevo a la clínica...

Pus a mí también me duele una muela y me pone de un humor que puedo mandar a cualquiera a chiflar a su máuser...

—¡Úchala...!

—¡¿Uchala qué, úchala con qué?! Sáquese, a chiflar a su moder

Los broncudos aparecen donde menos se les espera y son capaces de echarle a perder el día, o la vida toda, al que caiga en su telaraña: usted está formado en la cola para adquirir un boleto del Metro; de repente, ese grandulón aparece y se le planta delante; usted tampoco está muy de buenas que digamos, lleva media hora en la fila y parece no avanzar. Sin medir las consecuencias, usted recupera su lugar.

El tipo no se da por enterado y sigue en la fila, detrás suyo. Pero el hombre de cráneo rasurado que está detrás tampoco deja que el güevón entre a la fila nomás por sus pistolas, y lo batea: el chiquillo treceañero se quita los audífonos y apenas susurra un tímido: “Oye, la cola es atrás”.

Grandulón voltea indignado y ¡sopas!, suelta tremendo cachetadón al imberbe que se tambalea, hace bizcos y solo acierta a inclinar la cabeza para ocultar las lágrimas. La indignación aflora, el chavalo se soba la mejilla, pero Grandulón ni se inmuta y sigue usurpando un lugar en la fila.

Entonces usted, que seguía la acción del gandalla, saca al broncudo que lleva dentro, medio domesticado, y le sorraja un ¡no mames, güey, ¿por qué le pegas al morro?! Por mis güevos, cabrón, ruge Grandulón y pum, tremendo derechazo se estampa en el hocico de la bestia abusiva, que se repone de la sorpresa y se abalanza solo para que usted, abusivo practicante del boxeo, le sorraje uno y otro más derechazos justo adonde atizó el primero…

La sangre aflora, usted no advierte que su puño sangra debido al impacto en los dientes del grandulón, que todavía tiene ímpetus para pedir más pero, horror al crimen, ya vienen ahí los azules, a-ver-a-ver, qué pasó, por qué alteran el orden público, háganse p’acá…

Conclusión: usted termina resignado en el puesto de vigilancia ubicado en el transbordo entre la Línea 9 y la 5 del paradero Pantitlán, con Grandulón que insiste e insiste para que los lleven a la delegación y le pague los dientes y lo enchiqueren por los siglos de los siglos en prisión, y los polis diciendo: ya se hizo, manito, ponte a mano o este güey te perjudica, te van a fichar, son daños faciales indelebles, quiero decir, de los que no se borran; ponte a mano; sí, sabemos que él se lo buscó, pero… ¿Las cámaras? Vas a aparecer como el agresor, manito; mejor ponle algo pa’ mí y pa’ mi parejita y te vas corriendo, decimos que te pelaste…

Usted se convence de que defender a un débil (que quién sabe a dónde fue, ni las gracias dio) puede salir caro, y entrega los únicos 200 pesos que lleva encima, el gasto de la semana, y aún es miércoles… Pero nuevecitos, el par de dientes no baja de 6 mil varos en el consultorio dental del Doctor Manotas

Más vale un mal arreglo que un buen pleito, dice la conseja popular, y ahí va usted por la Línea 5, fuera de ruta, sin billete, defensor de los humildes; la gente voltea a verlo y no falta el guasón que grita ¡agárrenlo, agárrenlo, algo se robó! Así que usted baja la velocidad y pasa desapercibido, para qué exponerse…

Cuidado con los broncudos. Son de piel sensible, no admiten que se les roce entre la multitud, porque a la de ya voltean con cara “bueno, ¿pus qué chingaos te tráes?”. De la contraparte femenina de los broncudos también hay que cuidarse: tienen los poros abiertos para que por ellos les penetre lo que consideran atentado a su integridad:

—Ora, qué tanto te me quedas viendo. ¿Qué, soy o me parezco? —puede ser la clave para sacarles distancia o a las consecuencias atenerse.

—A ver si va y se le repega así a la más grande de su casa.

—No tengo.

—Pus si eso se le nota desde lejos. Pero o se hace p’allá o le tiro de madrazos.

Los broncudos, pues, pueden ser hombres o mujeres, jóvenes o ancianos, letrados o de la universidad de la vida. No fácilmente entran en razón; para ellos, la vida se arregla a putazos, cates, madrazos, trompones, vergazos, rematados por lo general con un rugido:

—¡Te voy a matar, cabrón; me cae que te vas a morir, valedor!

Impredecibles, dijimos.

Puede ser que no tanto: un color a bilis les vuelve cetrino el rostro. O pueden adquirir tonalidades ámbar e incluso verde botella. Pueden tener trato público constante y aún así, aguas: atacan desde el mostrador de la tienda, la caja del supermercado, en la recepción de la oficina pública o privada. Antaño cantaban, pregonaban, ostentaban ser del Barrio Bravo, de allá donde las águilas se atreven, donde todavía matamos con arco y flecha, chiquita no te la acabas.

Los broncudos alegan “tener contactos”, alguien allá arribotota con el que, aguas, te las vas a ver, me canso que sí. Y no se refieren solo a un ente del poder político, sino de alguien perteneciente a La Familia o Los templarios, ai tú dices…

Puede que sean la personificación del rencor vivo rulfiano. Presencia y esencia del “no se puede contra lo que no se puede”. Aunque el autoanálisis descubre a los broncudos como producto de las neuras que por doquier nos invade y hasta brinda la oportunidad de unos minutos de fama en el feisbuc o en el tuiter, mostrando nuestras habilidades para el trompo, el tirito o el round ante las cámaras de los omnipresentes telcelulares.

Aguas... Aguas con el broncudo que podemos llevar dentro.

*Escritor. Cronista de Neza.