"¡Gobierno asesino, los queremos vivos!"

Estudiantes y activistas se concentraron frente a las instalaciones de la PGR para exigir que aparezcan los normalistas de Ayotzinapa. "Vivos se los llevaron, vivos los queremos", gritaban.

Ciudad de México

Una masa de jóvenes rodeaba la entrada a la PGR. En medio de carteles con los rostros de los desaparecidos de Ayotzinapa, un hombre de traje sostenía un radio. "La orden es no intervenir", dijo.

Los contingentes de universitarios gritaban desde sus trincheras: "¡Gobierno asesino, los queremos vivos!" Pero nadie se percató de aquel hombre, que sólo observaba.

Los estudiantes llegaron en una marcha desde Ciudad Universitaria, donde recibieron a alumnos de la Normal Rural de Ayotzinapa y un sobreviviente de los ataques. Ahí los contingentes acordaron trasladar la concentración a las instalaciones de la PGR.

Se colocaron frente a las instalaciones de la Procuraduría, entre Río Neva y Río Guadiana. En una esquina se instaló un templete coordinado por activistas.

Campesinos de Atenco levantaban sus machetes al tiempo que proclamaban sobre el templete su solidaridad con los normalistas. También subieron estudiantes y activistas a expresar su repudio por la desaparición de los estudiantes.

"Estamos diferentes organizaciones. Vamos a esperar a que suban a dar testimonios", dijo Paulina, que guiaba a los invitados que subirían al templete por una pequeña escalerita.

Los estudiantes de la UNAM, el Politécnico, la UACM y activistas culparon al gobierno por la desaparición de 43 normalistas de Ayotzinapa en Iguala, desde el 26 de septiembre. "Vivos se los llevaron, vivos los queremos", gritaban.

En las bardas de la PGR colocaron las 43 fotografías de los normalistas desaparecidos. Carteles con letras rojas exigían la aparición de los estudiantes: "Los queremos vivos", "Ya basta", "Todos somos Ayotzinapa".

Eran las seis de la tarde cuando en medio de los gritos, el sonido hueco de una piedra que impactó la fachada de cristal de la PGR llamó la atención de los manifestantes. "No hagamos más violencia", gritó alguien, pero nadie respondió.

Un señor canoso, regordete y bajito cargaba un morral con piedras. Delante de él caminaban dos jóvenes, casi niños, con el rostro tapado y máscaras. Se colocaron frente a la entrada principal de la PGR y comenzaron el ataque.

El hombre de traje solo observaba las piedras que rebotaban en los cristales de la Procuraduría. Después camino hacia un costado de las instalaciones, en la calle Río Neva, y desapareció.

Después del segundo cristal roto varios estudiantes perdieron interés y comenzaron a retirarse de Paseo a la Reforma.

Cada cristal reventado provocaba una ovación, un grito de alegría entre los manifestantes que se quedaron. Así se fue resquebrajando la fachada de la PGR, pero nadie salió, ni funcionarios ni policías.

Sin embargo, los policías estaban cerca. Un grupo de granaderos estaba escondido atrás del centro comercial Reforma 222. Aguardaban órdenes.

"¡Vivos los queremos!", gritaban al unísono los cien manifestantes que permanecían ahí luego de dos horas de protesta.

Cuando el contingente empezó a caminar por Paseo de la Reforma rumbo a Insurgentes, uno de los granaderos dio la orden: "A Florencia, vámonos Potros".

Los granaderos corrieron rápido a montarse a una camioneta que se encontraba sobre la calle de Hamburgo. Desaparecieron justo antes de que el contingente les pasara de lado.

Los granaderos se fueron rápido, sigilosos, a vigilar desde donde los manifestantes no pudieran verlos.

Una niña de cinco años se aferraba a la mano de su mamá e intentaba seguirle el paso, pero el contingente avanzaba muy rápido sobre la avenida Insurgentes.

Ya era de noche cuando los estudiantes llegaron a la Glorieta de Insurgentes. Eran menos, pero los gritos seguían fuertes.

"El que pague está con Peña", gritaban los jóvenes en los torniquetes del Metro para motivar a los usuarios a no pagar el boleto. La manifestación terminó ahí con gritos de "Goya, goya".