Unos chavos bien portados

El Santo Oficio.
El secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, durante su diálogo con los alumnos del IPN.
El secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, durante su diálogo con los alumnos del IPN. (Cuartoscuro)

Ciudad de México

El cargamento de pifias del cartujo es cada vez más grande. Nada le gusta y en todo se equivoca. Acostumbrado a las marchas estudiantiles infiltradas por encapuchados rabiosos, vaticinó el caos y la barbarie el pasado martes en la Ciudad de México, cuando miles de alumnos del Instituto Politécnico Nacional partieron del Casco de Santo Tomás hacia la Secretaría de Gobernación para protestar contra las imposiciones —nuevo reglamento interno y cambio de planes de estudio en una escuela— de la administración encabezada por la doctora Yoloxóchitl Bustamante Díez.

No pasó nada: no hubo comercios saqueados ni edificios o monumentos pintarrajeados, no hubo enfrentamientos con la policía ni escenas apocalípticas. Fue una marcha multitudinaria, poderosa pero también divertida; con consignas y mentadas de madre, con mantas y carteles en los cuales se leían reclamos y frases ingeniosas. Fue una lección de fuerza, de convicciones, de civilidad.

El monje se emocionó al verla, y si no fuera por su voto de silencio él también habría gritado: “¡No somos porros, somos estudiantes!”, como lo hacían tantos otros al paso de esos muchachos decididos, conscientes de la legitimidad de su movimiento.

La gente los veía con asombro y admiración, sin miedo. Después vendrían la marcha conmemorativa de la matanza del 2 de octubre y el encuentro pactado para el viernes 3 con el secretario de Gobernación Miguel Ángel Osorio Chong, reiterado salvavidas del discreto Emilio Chuayffet, tan ocupado en otros asuntos como para atender este tipo de problemas. Pero esas son otras historias, por ahora distantes del ánimo del anacrónico fraile.

Si así se comportaran los maestros de Oaxaca, pensaba el amanuense al ver el desfile de politécnicos y recordar los saqueos, las destrucciones, la rabia, el rencor de los agremiados de la CNTE, apapachados hasta la ignominia por el gobernador Gabino Cué Monteagudo.

En los últimos años, ninguna protesta le había provocado la menor simpatía. La presencia en muchas de ellas de los llamados anarquistas, defendidos por una izquierda corrupta y convenenciera desde la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, lo llena de indignación. Tampoco ha sentido ninguna solidaridad por quienes respaldan los privilegios de líderes venales o se montan en el macho cabrío de la intransigencia. Pero la marcha del martes fue otra cosa: una advertencia contra las imposiciones y los abusos, una muestra de hartazgo, un ejemplo de entereza. Ojalá los estudiantes no desaprovechen la oportunidad de diálogo y entiendan el sentido de la palabra “negociación”. No pueden ganarlo todo, pero con su actitud han avanzado como pocos en la reivindicación de sus derechos. Tanto como para hacerle decir al secretario de Gobernación: “Son otros tiempos en este país y los tiempos son los que nos dicen que tenemos que acercarnos, tenemos que estar escuchando”.

Queridos cinco lectores, desde el rincón de la nostalgia El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.