Mal humor, empujones y golpes, saldo del primer día sin Metro

En un recorrido que hizo Milenio, se constató que para abordar un camión del RTP que brinda el servicio provisional en la ruta de la línea 12  la espera en algunos casos llegó hasta los 40 minutos.

Ciudad de México

Son las 6:39 de la mañana y personas que llegaron hace 29 minutos a la terminal de la estación Tláhuac del Metro comienzan a desesperarse, aún no sale el sol y el frío del amanecer, junto con la incertidumbre de no saber qué es lo que está pasando, despierta a la gente.

Al parecer nadie se enteró, nadie les avisó que la línea del Metro por la que viajan diariamente suspendería el servicio en un tramo ante el riesgo latente de un posible descarrilamiento.

"Yo no sabía nada, ¿por qué no avisan con tiempo?", cuestiona Omar, un estudiante, frente a una manta que informa del cierre parcial, misma que fue colocada ayer después del mediodía.

Las filas de camiones de la Red de Transporte de Pasajeros rebasan las 15 unidades, en espera de iniciar el trayecto, que hasta ayer, recorría la Línea 12, en su tramo de Tláhuac a Culhuacán.

Las filas de personas en ciertos momentos superan los 100. Los camiones en la terminal Tláhuac salen apenas con los asientos llenos, "hay que dejar espacio para que los de otras estaciones puedan entrar", afirma Rocío, una de las trabajadoras de la Secretaría de Desarrollo Social del Distrito Federal, que intenta mantener el orden al momento de abordar.

Dentro del camión semivacío, comienza el recorrido que hasta ese momento no se imaginan terminará  dos  horas después en la estación Atlalilco.

Los primeros rayos del sol comienzan a salir y el cielo se pinta de anaranjado. En las estaciones Tlaltenco y Zapotitlán, las primeras rumbo al poniente, el ascenso es rápido y aún hay espacio, pero llegando a  la siguiente, La Nopalera, las filas que aguardan al RTP comienzan a extenderse a entre 20 y 30 personas.

El estado de ánimo de la gente en su mayoría es el mismo, están de malas, están indignados por el cierre del Metro.

"Apenas hace unos meses nos subieron el precio y ahora nos cierran el Metro, no se vale oiga, es una estupidez", afirma el señor Gregorio López, un trabajador de la industria de la construcción que diariamente se dirige a la zona de Reforma.

"Son mamadas", grita un joven desesperado porque ya han pasado cuatro camiones y él no puede abordar.

En la estación Olivos las cosas se complican aún más; las filas son ya de 50 personas y la mayoría afirma no saber que el Metro estaría cerrado.

El tiempo de espera para que un camión pase un poco libre alcanza los 30 minutos y deben dejar pasar entre 6 y 7 unidades para poder subir a uno, las filas por consiguiente se vuelven larguísimas.

Hasta ese momento el camión lleva recorridas tan sólo 5 estaciones de las 11 por las que deberá pasar y en él no cabe un alma más.

El frío del amanecer pasó entre los empujones y los apretones de la gente en el RTP, los rayos del sol se cuelan por los pocos espacios que hay libres en las ventanas.

El recorrido es largo, pero no tanto como los  usuarios que esperan abordar uno de los camiones en las estaciones de Tezonco y Periférico Oriente, ésta última la más congestionada.

Ahí los ambulantes aprovechan para vender desayunos, jugos, sándwiches y fruta a las personas que llevan esperado en la fila hasta 40 minutos.

"Ni ganas de desayunar te dan con estas jaladas", expresa molesto un oficinista que asegura llevar más de 35 minutos esperando un camión en el que pueda entrar.

El  lapso entre una estación y otra varía, por ejemplo, de Olivos a Tezonco fueron 20 minutos mientras que el Metro hacía menos de uno. De Tezonco a Periférico Oriente fueron 45 minutos, antes eran 3.

Dentro de los autobuses se escuchan las quejas de los usuarios: "¡Está cabrón! A ver si a las ocho llego a Atlalilco", y de inmediato otros responden: "A este paso, ¡hasta crees!".

Pasando el cruce con el Anillo Periférico, la circulación es más relajada aunque en cada estación las filas y los intentos por subir son igual de intensos.

Ya el calor por los apretones y el mal humor llenaron el camión de un aroma poco agradable.

En Atlalilco la gente corre, se amontona, se empuja y en algunos casos hasta caen por intentar salir de ese transporte improvisado para tratar de movilizar a la gente que antes lo hacía en el Metro, en el tramo que se encuentra en reparación.

Sudados, de malas, y con un severo retraso para acudir a sus puestos de trabajo, los usuarios intentan ingresar (ahora) al Metro que, a partir de Atlalilco, comienza a brindar el servicio en el resto de la Línea Dorada.

Cómo pueden lo hacen y entre empujones inician el trayecto que aún les falta, su viaje antes de una hora, hoy comienza a ser una pesadilla que, diariamente, por seis meses les tomára dos horas y media recorrer.