"La Suspiros" y otros personajes de La Merced

La asociación civil Brigada Callejera de Apoyo a la Mujer Elisa Martínez se estableció hace 27 años en ese centro de abasto, donde defiende los derechos de prostitutas y combate la trata.
En la zona de La Merced se entretejen historias con el trabajo sexual.
En la zona de La Merced se entretejen historias con el trabajo sexual. (Cuartoscuro-Archivo)

Ciudad de México

Por la pesada puerta metálica de un edificio escarapelado, como casi todos en La Merced, se filtra un airecillo helado que envuelve la silueta de "La Suspiros", quien hace treinta y tantos años, cuando era adolescente, llegó a esta zona acompañada de su novio, que la obligó a prostituirse. El resplandor alumbra su rostro, sobre el que patinan lágrimas, mientras abre el viejo portón. Sonríe apática. Como autómata.

—¿Qué pasó?

—Se murió, manito.

Y acepta un abrazo.

—Quién.

Vuelve a sollozar.

—"El españolito".

— ¿Y quién era?

—Manolo, el del hotel. Fue mi cliente.

Hace muchos años Manolo la ayudó con dinero, pues ella no tenía trabajo, y varias veces le dio permiso de quedarse en su hotel. Fueron tiempos difíciles para "La Suspiros".

Ahora está sensible. Por eso el recuerdo la transporta hacia aquellos años, después de que llegó a La Merced, procedente del estado de Morelos. La había traído un novio. Ella logró zafarse.

"El españolito” murió hace dos meses, pero "La Suspiros" lo supo hoy miércoles. Hace tiempo que ella dejó de trabajar en la calle, pues estabilizó su relación con un amigo; su relación con Manolo fue especial.

—Eso no se olvida, manito.

Y solloza.

—Disculpa –pide.

—No te preocupes.

Manolo frisaba los 55 años el día que murió de una trombosis cerebral. Fue asaltado. Lo molieron a golpes en la colonia Morelos. Fue dejado sobre la banqueta. Tenía una herida en la cabeza. Nunca logró recuperarse.

"La Suspiros" recibe una sonrisa solidaria y un fraternal abrazo, luego de abrir el portón del edificio, sobre la calle Corregidora, domicilio de Brigada Callejera de Apoyo a la Mujer, cuyos directivos, Elvira Madrid y Jaime Montejo, le dieron cobijo y ahora colabora con esa asociación civil, donde atesoran historias a partir de 27 años.

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Es la antigua Merced, formada por gente de provincia que un día llegó para quedarse; de veloces marchantes y mirones fugaces; es rincón de madres de familia que se prostituyen para solventar sus gastos, y de mujeres que un día, niñas o adolescente, fueron traídas por abusadores y madrotas.

La Merced es tierra de muchos y de nadie, donde la fauna sale a ventear y vuelve a sus cuevas; es lugar de gente trabajadora y de colores y sabores, de confitería y fruta madura y verdura fresca; de venta callejera y establecida; de escuadrones de la muerte que cohabitan entre la melancolía de prostitutas y la provincia arrinconada.

La divide Anillo de Circunvalación, entre las delegaciones Venustiano Carranza y Cuauhtémoc, y es atravesada por Corregidora, antigua avenida por la que el presidente de la República en turno pasaba en carro descapotado, entre puñados de confeti y aplausos de la masa; lo hacía mientras saludaba, las manos extendidas, la banda tricolor sobre el tórax, minutos después de salir de Palacio Nacional y dirigirse a otro, el Legislativo, que desde hace años es separado de La Merced por la avenida Congreso de la Unión, sobre la que fue trazada una línea del Metro.

A esta parte de la ciudad, en La Merced y sus alrededores, ahora en vías de remodelación, llegaron hace más de 25 años dos universitarios, Elvira Madrid Romero y Jaime Montejo, de la mano del sociólogo Francisco Gómezjara, estudioso de los diversos tipos de marginación, y se percataron de otra realidad. Estudiaban en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

Y formarían una asociación civil, Brigada Callejera de Apoyo a la Mujer Elisa Martínez, en honor a la primera prostituta que murió de VIH-Sida. Desde entonces, luego de terminar la carrera, establecieron un servicio médico y un laboratorio para la detección del virus y otras enfermedades.

“Cuando llegué a La Merced, hace 27, años había violaciones a los derechos humanos de las trabajadoras sexuales”, recuerda Madrid.

“Las razias que se hacían eran para extorsionarlas o pagar altas multas o encarcelarlas 15 días, dejando muchas veces solos a sus hijos que vivían con ellas en los hoteles de la zona”.

Madrid recuerda: “Eran violadas en pleno día por ‘los de las camionetas’ y policías. También las obligaban a ir a un centro comunitario, el Abelardo Rodríguez, manejado desde la delegación Cuauhtémoc, donde madrotas y funcionarios sacaban provecho de ellas”.

Y lo peor: “Había más de seis asesinatos con saña al mes, y los padrotes abusaban de la mayoría de chicas; por eso decidimos quedarnos para cambiar lo que no nos gustaba y luchar junto con ellas”.

La más reciente desaparición y posterior muerte de dos prostitutas, Alma Josefina y Valeria del Carmen, de 29 y 24 años, sucedió la madrugada del pasado día 9 del presente mes, sobre la calzada de Tlalpan y la calle Segovia, delegación Benito Juárez, cuando fueron “levantadas” por tres individuos a bordo de autos. Una de ellas, Alma Josefina, había trabajado en La Merced, dice Elvira Madrid.

Jaime Montejo recuerda que cuando llegó a La Merced, hace más de 25 años, “traía todo el rollo de Francisco Gómezjara sobre el reconocimiento laboral de las trabajadoras sexuales, pero la realidad era diferente a como la pintaban las lideresas del talón de ese entonces”.

Fue cuando Brigada Callejera descubrió la existencia de la prostitución forzada y la presencia de adolescentes en la zona, presionadas por padrotes y madrotas.

Desde entonces, comenta Montejo, la postura de Brigada Callejera ha sido criticada por “los abolicionistas”, solo porque “planteamos el reconocimiento de los derechos laborales de las trabajadoras sexuales”.

Durante 27 años, recapitulan Madrid y Montejo, “la realidad nos señala que hay trabajo sexual de mujeres adultas libremente elegido y no siempre como única opción para ganarse la vida; también hay trata de personas y explotación sexual, que no son lo mismo”.

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Otro cliente fiel de "La Suspiros" fue "El Chino" –“él decía que lo había traicionado su mujer”, comenta Elvira –, quien durante 12 años solicitó sus servicios; y a veces solo iba a platicar un rato. Lo hacía cada semana.

"El Chino" le pagaba los exámenes médicos a "La Suspiros"; cada 1 de mayo, incluso, se unía al contingente de la Red Mexicana de Trabajo Sexual, con motivo del Día Internacional del Trabajo.

Hace tres años "La Suspiros" recibió la mala noticia de que su amigo "El Chino" había muerto de cáncer.

Otro caso fue el de un anciano, en 2012, que al percatarse de la muerte de "Cartolandia", una chica guapa que murió de VIH-Sida, preguntó en qué podía ayudar.

“Pues hazle un nichito, porque nosotros ya tenemos la caja y el hoyo en el panteón San Isidro”, le dijo Elvira, y enseguida preguntó por qué quería ayudar. “Por esos momentos de felicidad”, respondió el hombre de 75 años.

"Cartolandia" había aparecido por la zona. Tenía 15 años. La habían echado de su casa porque tuvo un niño, con el que durante un tiempo vivió en la plaza de La Soledad, donde se drogaba y dormía entre cartones.

“Ni su pareja, un barrendero, fue al entierro”, dice Madrid, quien tiene muchas historias qué contar, como la de una trans que también murió de VIH-Sida: en el panteón, ya de madrugada, apareció una elegante señora y sus dos hijos en carro de lujo. Eran madre y hermanos.

MSP