Todo iba bien hasta que llegaron los encapuchados

Muy temprano, llegaron, y luego se retiraron los sindicatos; más tarde, el grupo de embozados hizo de las suyas.
Un hombre duerme en el pavimento, antes de iniciar la marcha.
Un hombre duerme en el pavimento, antes de iniciar la marcha. (René Soto)

México

Esta vez parecía un desfile de modorra, pero al final saltaría la liebre del anarquismo, cuyos integrantes, mientras tanto, aguardaban lejos del Zócalo, aunque hubo una avanzada de ocho, quizás para reconocer el terreno, y un infiltrado en las filas de los electricistas, quienes lo detectaron a tiempo y como lección le dieron una tunda, algo que debió alertar a sus camaradas y los hizo entender de que no son bien vistos entre las huestes de Martín Esparza.

Primero, muy temprano, llegaron, y luego se retiraron, los llamados sindicatos oficialistas con sus uniformes nuevos, pancartas y gallardetes que desechaban con desgano en el camino, ya de vuelta del Zócalo, donde muy cerca de Palacio Nacional habían colocado un letrero que rezaba: "La unidad es la fuerza de los trabajadores de México". Más de 3 mil 500 policías uniformados desviaban el tránsito en los alrededores del Centro Histórico, pero ninguno se acercaría al lugar de los destrozos.

Los sindicalizados llegaban más fragmentados que otros años en la conmemoración del Día del Trabajo. Cerca del mediodía aparecieron los agrupados a la UNT, quienes cambiaron el letrero de los burócratas por el de "Unidad en rechazo a las reformas estructurales". Una de sus primeras consignas fue la de "Napoleón (Gómez Urrutia) no se vende" y añadían: "La gente se pregunta y esos quiénes son, son los obreros, que están con Napoleón".

En el templete, Francisco Hernández Juárez, líder telefonista, quien contemplaba el desfile, y otros dirigentes, como Agustín Rodríguez —"los universitarios, por más salario y dignidad laboral"— y los agrupados en la Asociación Sindical de Pilotos Aviadores, que se distinguían por su indumentaria que consistía en pantalón negro, camisa blanca y sus cachuchas ribeteadas.

Atrás venían los integrantes del esmé, esmé, como coreaba la mayoría, izando el puño, y otros como la Alianza de Tranviarios y el Frente Popular Francisco Villa Independeiente, que anunciaron "una nueva central de trabajadores, que se escuche fuerte y combativa", según el orador del momento, que pasaría la estafeta a Esparza.

Y fue ahí, en ese foro, donde Esparza enfocó sus baterías contra "la burguesía enquistada en el gobierno" y recordó que su agrupación cumplirá 100 años en diciembre próximo, y reconoció que "el gobierno de la transición", dijo irónicamente, "nos dividió", pues 29 mil sindicalistas "huyeron", así lo dijo, de modo que alertó: "hay que prepararse para que la zanahoria no provoque divisiones".

Enseguida llegó el MPI y taxistas del Estado de México. Y hubo un momento en que el Zócalo quedó limpio, pero no muy lejos de ahí, en el Monumento a la Revolución, los anarcos, la mayoría embozados —"¡muerte al Estado, que viva la anarquía!"—, calentaban motores y enfilaban por Avenida Juárez y luego, torcieron sobre 5 de Mayo y arremetieron contra comercios.

En el Zócalo aparecieron unos 50 individuos con playeras blancas y letreros que los identificaba como policías de Investigación. Vigilaban. Los anarquistas no resistieron una granizada y corrieron a guarecerse en los portales de la Jefatura de Gobierno.

Enfilaron hacia la estación Pino Suárez, salieron en Balderas e intentaron protestar frente a Televisa, pero ya iban disminuidos.