Quería trabajar y fue esclavizada

Alejandra permanecía encadenada; casi no dormía, no comía y era forzada a laborar 12 horas en una planchaduría; era vejada por sus patrones.
maltrato y secuestro
(Especial)

Ciudad de México

Las cicatrices son tangibles en cuello, orejas, espalda y manos. Fueron golpes, quemaduras, torturas y abusos que Alejandra vivió desde hace dos años.

Su historia llegó por casualidad a la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal el domingo pasado. Ella, ansiosa de querer terminar con el encierro en el que la tenían los dueños de una planchaduría, aprovechó que tenían una fiesta para huir.

Lo hizo con las pocas fuerzas que le dejaban los trabajos por más de 12 horas, el malcomer una vez al día, dormir apenas lo necesario y recibir diariamente golpes con objetos pesados.

Aquel 19 de abril Alejandra se dio cuenta de que la cadena con la que siempre la ataban estaba floja y la puerta entreabierta. Así salió de la casa ubicada en la calle Izamal, anzana 134, lote 22, colonia Lomas de Padierna, delegación Tlalpan.

A su paso encontró a un policía, quien la ayudó a llegar al Ministerio Público donde declaró que hace seis años, cuando era adolescente, conoció a Leticia Molina Ochoa y le ofreció empleo.

Alejandra renunció al poco tiempo y regresó al lado de su mamá en Tamaulipas, pero en febrero de 2013 nuevamente tocó la puerta de la planchaduría para conseguir trabajo y un lugar donde vivir.

Dice que en un principio el trato fue bueno, trabajaba planchando la ropa y haciendo labores domésticas, recibía su salario y descansos semanales.

Sin embargo, todo cambió cuando la incriminaron en supuestos robos. Leticia y su hermana Fany Molina le advirtieron que ya no tenía derecho a salir ni tampoco a dejar de trabajar.

A estos maltratos también se sumaron José de Jesús Sánchez Vera, el esposo de una de ellas, así como Ivette y Jannet Hernández Molina.

La fiscal de trata de personas, Juana Camila Bautista, dijo que Alejandra vivía encadenada y para que no dejara de laborar la golpeaban hasta que sangraba. El maltrato se agudizó y el dolor también cuando las heridas iban cicatrizando, porque le arrancaban las costras para que sangrara nuevamente.

Para mitigar su hambre masticaba el plástico con el que cubría las prendas de vestir que planchaba y cuando pretendía apoyarse para descansar un poco, era golpeada con una llave stilson, una mano de molcajete, un lazo y hasta con alicatas.

Fueron dos años de asentir con la cabeza cualquier orden, cualquier regaño, de admitir culpas y recibir golpes que cada miembro de la familia Molina lo avalaba. Ninguno se oponía a que Alejandra también fuera quemada en la espalda con la plancha caliente. El testimonio de la mujer que tiene 22 años, pero que por su aspecto físico refleja ser una adolescente de 14 años, con cuerpo desgastado de una persona de 81 años es único en la Ciudad de México.

Al menos así lo advirtió la fiscal antitrata de la Procuraduría capitalina, cuando recordó que los exámenes médicos practicados a Alejandra determinaron que "sus órganos internos y funciones de los mismos representan a una persona de 81 años, debido al daño que se le causó durante su cautiverio".

Ahora, los agresores de Alejandra enfrentarán una acusación penal por el delito de trata de personas, en su modalidad de trabajos forzados presos en el Reclusorio Oriente y el Centro Femenil de Reinserción Social de Santa Martha Acatitla.

En tanto que la víctima ya recibe atención médica y psicológica.