A cielo abierto

Entre la basura existen rangos, no sacan lo mismo de la zona de San Ángel que de San Miguel Teotongo, Iztapalapa. En 1982 existían siete tiraderos, Santa Cruz Meyehualco era uno de los más ...
La desmemoriada sociedad civil olvidó los desalojos violentos cuando le tocó gobernar a Cárdenas el GDF, Rosario Robles tampoco se salvó.
La desmemoriada sociedad civil olvidó los desalojos violentos cuando le tocó gobernar a Cárdenas el GDF, Rosario Robles tampoco se salvó. (Luis M. Morales)

Distrito Federal

La basura es hermosa, pregúntenle a los que diseñaron la otra Santa Fe. Desmemoriados, ignorantes “en el sentido de no tener conocimiento sobre un asunto”, la ignorancia por falta de instrucción académica no debería representar problema para nadie En los basureros encontré personas que no sabían leer ni escribir, valiosas como cualquiera que presuma un grado académico. No estoy segura de aprobar el taxón de “analfabeta funcional”, simplemente algunas personas están discapacitadas para la vida, cretinos.

Taxi a Santa Fe, hace unos minutos la marea de los malditos escupió algunos  tripulantes a la altura de Auditorio. Expulsados por la puerta trasera, 2 amotinados en las escaleras, los otros dos con medio cuerpo encaramado al tubo tratando de no asfixiarse, salimos disparados con la presión de los cuerpos. Establecemos plan de emergencia, nos olvidamos del secuestro, desconfianza, la soledad de las grandes ciudades, el horror de una ciudad en la que aparecen torsos, unimos 30 pesos cada uno, tomamos un taxi, platicamos, me acompañan un trabajador de restaurante de Patio Santa Fe, demostradora de tienda departamental, oficinista promedio. Entre los “¿trabajas desde hace mucho por acá?, ¿conoces bien Santa Fe?, ¿de dónde eres?, ¿en dónde trabajas?”, surge una palabrita: “Soy godi”, ni de broma llamaría “godinez” a una persona, el chavo-ruco suelta un alegre “eso soy, no me da pena”, sale a comer de 2-3, amplia sonrisa, zapato bien boleado, implacable gel, no lleva lonchera de viandas, “hoy le toca llevar comida a Nat”, pregunto sobre un buen sitio para comer, recomiendan un food truck de tecolotas.

Todo es contradictorio. Reforma me parece una polarización agresiva para los miles de trabajadores que como insectos en medio del fin del mundo atiborran los camiones KM 13, Auditorio, Centro Santa Fe, más de cuatro horas diarias es el tiempo que muchos trabajadores invierten en trasladarse. No es uno, son cientos los que se suman a la esclavitud pasiva, “la inconformidad cava la zanja entre los malditos y los guadalupanos obedientes”, decía Rancio, no existe mejor antropología que la de la calle. Los policías no registran a personas vestidas de negro con pantalones de tubo, ya no nos golpean.

El desalojo es una figura que detesto. Nadie, bajo ninguna circunstancia o poder debería tener derecho a desalojar a otro, ¿en qué nos convertimos como especie?, desalmados entes. La desmemoriada sociedad civil olvidó los desalojos violentos cuando le tocó gobernar a Cárdenas el GDF, Rosario Robles tampoco se salvó. No se me olvidan, seguimos igual que en 1998, las jefaturas de gobierno no abandonan el gorilato, todas con oscuros episodios.

Entre la basura existen rangos, no sacan lo mismo de la zona de San Ángel que de la recolecta en San Miguel Teotongo, Iztapalapa. En 1982 existían siete tiraderos a cielo abierto, Santa Cruz Meyehualco era uno de los más importantes en extensión, complejo social indescifrable. En 1985 la ciudad-basura de San Lorenzo Tezonco fue clausurada, en 1987 se prohíben los tiraderos a cielo abierto. A Polonia lo borraron de los mapas alemanes varios años, al tiradero de Tlayapaca también lo borraron, nunca existió en mapas oficiales. A finales de 1998 la ciudad perdida albergaba más de 100 familias.

Durante la década de los 80 algunos se hicieron ricos con la basura, igual que en estos tiempos. El legado del imperio del zar de la basura: Rafael Gutiérrez Moreno está vigente. La Mina, abreviatura de Guillermina, esposa del zar, controlaba la vida de más de la mitad de los basureros existentes en la década de los 80 y 90, gobernó con la ley del garrote. Nadie ajeno a los tiraderos podía ingresar. Una mujer capaz de movilizar a más de 3 mil pepenadores armados con palos, tubos, varillas, feroces perros y piedras, dispuestos a todo, cumplían las órdenes de la mujer que conquistó al zar. Pese al decreto de prohibición de tiraderos a cielo abierto, controló hasta 1996 el tiradero de Santa Catarina, cuyas ganancias millonarias al margen de la ley crecían. Nadie ajeno a su reino podía entrar, personas armadas custodiaban las entradas. Rubia, cejas muy bien delineadas y pintadas, unas manos fieras, de mirada perturbadora, repartía regalos el día de las madres a las pepenadoras. Familias enteras trabajando, los niños sin tiempo de escuela. Las casas dentro del basurero hechas de material reciclado, una vida dura. Perdió el dominio del tiradero de Santa Fe, sitio al que entré casi por error.

Finales de los 90, tras una tocada de punk, Los (Tacu) Bayos, una pandilla radical, me invitaron al basurero. El Tío, pariente de uno de los bayos, vivía ahí. Caminamos mucho después de la última parada del camión, sorteamos el acceso ruinoso. A las puertas del basurero los zopilotes impusieron respeto, también los perros bravos y enormes. Toneladas de basura rodeaban todo lo que la vista pudiera abarcar. Fuera del lugar, esa es la sensación que me acompañó durante las primeras horas. Cuando caía la noche, el aguardiente y la caguama empezaron a rolar, la sensación se disipó, El Tío preguntó de dónde venía, “nos visitas de la civilización”, empezó a cargarme la piñata. Había luz en el tiradero, una vieja grabadora tocaba cintas del Haragán, Liran´roll, combinadas con Misfits, The Clash, Síndrome, Iggy Pop, una que otra de F2F. Nunca imaginaría que esa ciudad-basura valdría más de 600 dólares por metro cuadrado a finales de aquellos años 90. Nadie de los que bailábamos entre la basura esa noche imaginamos que de verdad construirían el TEC, pensábamos imposible levantar otra ciudad en ese pedazo sucio, marginal.

Los desalojaron, con granaderos, fuego, agua a presión, excavadoras, golpes. Barrieron con todo, los perros que nadie reclamó acabaron asesinados. Dicen que llegó un tanque del Ejército. Las promesas de una vida mejor para los habitantes de Tlayapaca estaban rotas, solo en la imaginación de aquellos gobiernos se cumplieron. No encuentro nada del pasado, todo es un paisaje nuevo. Nadie de mis acompañantes en el taxi conoció el tiradero. Voy trazando un mapa imaginario en mi cabeza, después en papel, tengo una cita con Pablo Martínez Zárate, un tipo inteligente y generoso, documentó a los diableros de La Merced. Lo encuentro, tomamos un chocolate, hablamos del proceso de destrucción de las ciudades, hablamos sobre los riesgos del oficio documental. Nos despedimos. Tomo un camión hasta la última parada, desde ahí me detengo en algún punto desconocido en medio de la nada, es imposible moverse caminando. Tras casi 20 minutos de espera pasa un micro con la palabra Tacubaya en letras rosas. Subo, encuentro un asiento disponible cerca de la puerta, “oiga: pura calidá la banda, pura calidá, no llegue con el coscorrón al peque, chocolates, tres por cinco pesos, los traemos congelados para que se refresque, no le pegue, llegue con una bonita sorpresa, tres por cinco, no están caducados, no son piratones, pura calidá la banda de a tres por cinco”, su apariencia es de más de 45, los tatuajes quemados lo delatan: pandillas o ex punkarro. Compro dos promociones, al cobrarme, toca la calavera de mi anillo, se persigna “¿eres de la flaca?”, no respondo, se aleja haciéndome una señal aprobatoria con la cabeza. Tras varios minutos de trayecto, las luces de la ciudad estallan en la oscura y sinuosa avenida Vasco de Quiroga, el conductor mete pata, vamos escuchando al Liran´roll “has perdido media vida, entre bares, hoteles y el rock and roll… has perdido el trabajo”, la voz me golpea desde el pasado proterozoico que a veces dejo escapar en alguna canción o caguama nocturna. Observo a los perros tristes con los que comparto hasta 45 minutos de trayecto, casi todos llevan un gafete, nunca tuve un gafete, recuerdo el trabajo en el que querían uniformarnos con camisetas baratas y ridículas, renuncié. Arribamos a Tacubaya, antes de subirme al apestoso tubo compro unas papas fritas de 10 pesos, Valentina rebajada, limón artificial, sal. Una rata olisquea la esquina del puesto, la chava me cobra, suelta una risita “es que imagínate, también ellas sufren, pobres, a mí no me dan miedo, me dan más miedo las ratas de dos patas”, una mujer con uniforme del Burger King pide unas, ¿cuál es la razón por la que alguien compra papas si en su trabajo puede comer o pedirlas?, no quiero imaginarme nada extra. Apresuro mis pasos, el Metro es más sórdido que el infierno que plantea Sartre, no cabe nadie en las escaleras, salgo, encuentro una tienda cerca de avenida Jalisco, compro una caguama, recuerdo cuando me sentaba cerca de aquí a beber, en un arranque decido tomar otro camión de vuelta a Santa Fe, ¿y si queda algo?, ¿y si el presente es por un momento una broma y no existe?, quiero ver las luces de la ciudad desde allá, deseo saber si queda algo de mí en aquellas barrancas, bailar slam de cinturones en el tiradero con una caguama en la mano.

 

*Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka” (Tusquets)