Dos caídas de tres: la lucha por la vida

La vida no vale nada y hay que ganársela como sea, ofertando billetes de lotería o boleadas de a diez varitos; paraguas para la temporada de lluvias que ya llegó, o calcetines para esos pies que ...
dos caidas de tres.
(Arturo Fonseca)

Ciudad de México

Vivir en la gran Monstruópolis es gran riesgo para la sobrevivencia; trabajar en ella lo incrementa. Peor es robar y que lo atrapen, dice el dicho. Para qué exponerse: mejor intégrese a la gran especialidad de milusos, si quiere seguir ejerciendo la mala costumbre de comer. No hay de otra.

Los tiempos modernos: por los barrios populares pasa el afilador en busca de aceros que devanar, o el vendedor de varitas: manzanas o perones agrios ensartados en un palito y recubiertos con caramelo carmesí, ¡ay sí! Pasa el comprador de ¡cerdos que vendan! Y el de las ¡botellas, colchones, fierro viejo que vendan! Y el tamalero con los de chile verde, mole rojo y de dulce. Y el camotero con su tablita rebosante de tubérculos enmielados que ladino pregona: “Señito, ya llegó el qué rico, qué sabroso, calientito está el camotiií”.

Aún subsiste el hombre de la hornilla, la barra de estaño, la pasta y el cautín pidiendo ¡ollas, tinas, cubetas que soldarrr! Y soldados quedan los trebejos, rehabilitados...

Pasa casa por casa: la vendedora de obleas con su olla de acero inoxidable y un triángulo que suena para que la chiquillada acuda y digiera grandes hostias adornadas con pepita pelada y teñidas con colores netamente mecsicans.

¿A qué oficio, luego del despido, podemos integrarnos? Por la crisis global, no faltan quienes echan a caminar aquel viejo proyecto de hacer donas espolvoreadas con canela y azúcar, para venderlas entre los vecinos o a la entrada de las escuelas primarias, para endulzarles el alma a los chiquillos y sacar pa’l chivo.

Mexicano: si el cinturón aprieta y no puedes salir del país y tienes vocación para el comercio, dedícate a chacharear en los mercados o tianguis, ofreciendo trebejos inservibles... Y ahí te ves ofertando entrañas de compus, impresoras, televisores de úsese y tírese, teclados, bocinas... Si llegaste del campo, decide y elige un oficio: todavía se puede ser afilador de cuchillos, tijeras y machetes de Atenco; o abonero: requieres sangre y malentraña para hostigar a las vecinas cada ocho días; o vendedor de dulces a la puertas de tu casa, aunque digas que te falta edad...

Manejar una combi, como que no te late: se necesitan agallas y malos modos para tratar al pasajero. Quizá puedas dedicarte a la venta de calcetines en el Metro, o de chocolates de marca extranjera, o cds pirata; o calcomanías para los cuadernos de los chiquillos o cintas métricas o tornillos para ménsulas, quizá...

Quién sabe si tengas habilidades, y si no, aprende y ocúpate como herrero, carpintero, panadero, globero, chicharronero, vendedor de merengues-merengues... O de transa que oculta la bolita y pregunta a los incautos: dónde quedó, dónde quedó la bolita...

Palabras que alguna vez designaron un oficio, un modo de ganarse la vida, una alegría, una posibilidad de ser, ahora representan el ejercicio de una actividad para no colgar los tenis con la barriga vacía: te haces barrendero y pides propina de casa en casa, ofreces lazos pa’ tendedero, tierra para las macetas; coopere pa’l velador; ahí está el señor pulquero, aquí su globero, nevero, chicharronero, pepitero, sillero, cobijero, pan de Acámbaro, vigas y polines para los tejabanes; el verdulero, el que en un bote de lata con hielo pregona pescado fresco o tripas de carnero... ¡Colchones, trapo, ropa vieja que vendaaa!, técnico en máquinas de coser, cerrajero, vendedor de nopalitos compuestos, de fresas, alegrías, algodones de dulce, tejedor de sillas de palma y mimbre…

Puede que usted aún tiene ánimo en esta vida urbana como para levantar la vista y clavarse en las alturas, mirando aquel semejante que se columpia en las alturas armado, con un jalador, cubeta y trapos para el secado de los cristales...

Usted se sorprenderá diciendo:

—Que cuate, se va a dar en toditita...

—De menso le entraría a trabajar de limpiavidrios— diría su interlocutor...

Pero no: más bien para que no sea así: darse en toditita, tiene que balancearse en las alturas, haciéndose a la idea que más cornadas da el hambre, así que, ¿qué tanto es tantito? A exponer el pellejo para que aquellos que se pasan la vida tras aquellas cristalizadas oficinas, tengan una vista menos peor y se hagan a la idea de que eso, donde ellos mueren en las alturas, es vida.

Para exponer el pellejo no es necesario andar al aire libre y tan alto. Lo primero es subsistir, aunque de por medio vaya la vida. La figura del tragafuegos, apostada en alguno de los cruceros de nuestra capital, quizá sea una de las más dramáticas; se consume a fuego rápido expelido por la boca, previo trago de gasofia para aclararse la voz y obtener ese extraordinario flamazo, que por desgracia sorprende poco a los presurosos urbanitas que cruzan hechos la raya rumbo a quién sabe que sitios para ganarse el pan nuestro de cada día, apenas con tiempo suficiente para no ser tatemados o salpicados por este hombre que extiende la mano a los automovilistas, a la espera de alguna moneda…

Todos los oficios que requiere el ramo de la construcción tienen algo de suicida, pero el armador de trabes que sostendrán edificios monumentales no se mide. Trepado entre las varillas y anillos desafía a cada instante el peligro, pero se da el gusto de silbar alguna melodía de moda mientras gana lo del gasto diario.

Vale recordar que en las cantinas uno se siente a salvo del mundo, de la realidad, de todos aquellos acontecimientos que lastiman la condición humana. Una época hubo en que las cantinas eran refugio para los machitos de ley; otra, en que se abrieron las puertas a las mujeres, y entonces todo fue diferente y los vendedores dieron un giro a su especialidad y, como por arte de magia, desaparecieron aquellos que ofrecían artesanías eróticas u obscenas, según las buenas conciencias.

Vendedores en las cantinas: nadie los puede evitar. Lo mismo le llegan con el trompo luminoso que con pantimedias para la señora (ándele, anímese, son baras), que con un trajecito de Tía Canuta: norteño, con barbitas, dizque de piel de antílope —para los chavitos—, que con un juego de plumas (para que escriba las cartas a la mujer amada o para que se las regale al jefe), que con figurillas de porcelana o bronce mal forjado: ranas, elefantes, efigies del Quijote, bustos de Beethoven, escenas ecuestres, carritos de pilas...

También llegan artesanos de la dulcería hogareña y ofrecen figuras de animalitos coladas en moldes de hojalata, hechas con azúcar y leche de cabra urbana trashumante, o revendedores del Mercado de los Dulces de la Merced que acarrean en sus tablas acitrones, calabazate, limones, higos y naranjas cristalizadas, y no falta el de la cajita de toques, no mágicos pero sí capaces de calmarle la taquicardia o menguar los efectos de la cruda...

La vida no vale nada y hay que ganársela como sea, ofertando billetes de lotería o boleadas de a diez varitos; paraguas para la temporada de lluvias que ya llegaron, ya están aquí, o calcetines para esos pies que ya rugen a jiedentina. No hay de otra.

 

*Escritor. Cronista de Neza