Los borrachos son ustedes

La invitó al cine. Ella aceptó con la esperanza de que le cumpliera. La vez anterior la dejó plantada. Unas cáscaras de tequila se le atravesaron y nisiquiera se disculpó.
El ebrio.
(Luis M. Morales)

Es sábado. Sin obligación de acompañar a los chiquillos a la escuela. Hoy no debe levantarse tan temprano a preparar desayunos, supervisar mochilas y emprender la caminata hasta el plantel y cerciorarse de que ingresaron sin toparse a los malillas que les arrebatan el celular o el dinero que llevan para comprarse algo durante el recreo.

Mejor apresuró al par de bodoques para que le ayudaran a levantar la casa; los conminó a que adelantaran algo de las tareas escolares, se bañaran y atendieran a sus mascotas (un enclenque perro Chihuahua mal nutrido, y un periquito australiano). A cambio, permanecerían en casa hasta que ella volviera, jugarían con la consola de juegos adquirida en incómodas mensualidades y por la noche los llevaría a la plaza comercial vecina y les compraría su helado de crema predilecto.

—No te preocupes, mamá: no haremos travesuras. Que te diviertas, pero no te tardes mucho.

Delia concluyó sus quehaceres, salió de la regadera y más que otras veces se esmeró en su arreglo. Egidio, su ex y padre de Marián y Joselo, salió un día de casa para no volver. Mediante una nota sentenció: “Ya no te soporto. Allá tú, a ver cómo te las arreglas”. “Como siempre”, aceptó ella y arrugó el papel antes de echarlo a la basura: “Trabajando para mí y para mis hijos”. Porque Egidio del billar no salía más que para conseguir dinero que le permitiera seguir jugando.

Un día conoció a Leonel, le dijo que era divorciado, sin compromisos, que aceptara salir con él. Ella hizo mutis, una semana después le sonrió y por fin accedió a tomarse un café tras sus labores como empleada en una zapatería de la plaza comercial. Le simpatizó. Volvieron al café en otras ocasiones hasta que surgió la invitación para ir al cine… “y luego a ver qué”.

Ella está que no se halla. “Luego a ver qué”, era una frase interesante. Desde que Egidio se marchó “a ver qué”, se borró de su mente. A fuerza de quehaceres dominó su cuerpo, el deseo, las punzaditas en el bajo vientre. Se sometió a la necesidad de acariciar y ser acariciada. Su trabajo y sus hijos fueron su anestesia. Hasta que Leonel apareció. Conserje de la escuela a la que asisten sus vástagos, pensó en las ventajas de tener un conocido que viera por ellos y los librara de abusos y cuotas impuestas por grandulones malentraña.

Son las nueve de la noche y él dijo que estaría a las seis y media de la tarde para entrar a la función holgadamente y ver la película desde el principio. Ella se encargó de ponerse muy pipiris nais, escogió lo mejor de entre sus trapos elegantes, encargó con la vecina a los chiquillos (“nomás échales un ojito, no son latosos”), y se fue a buena hora porque con el Metro nunca se sabe, sobre todo en tiempo de lluvias: un recorrido normal se vuelve pesadilla y ocupa el doble de tiempo.

—Pero no llega, Dios mío, quién quita y no le haya pasado nada, con esto de que los ratas ya ni a los hombres santos respetan.

Cuantimenos a él, Leonel, que cuando anda con dos tres tragos entre pecho y espalda le sale lo bravucón o redentor y se anda metiendo en cada problema que diosito guarde la hora. Claro que Delia no lo sabe. Piensa que de vez en cuando se da un gustito.

Piensa que puede proponerle algo más que un sábado disipado, de cine y acostón, que no está mal, pero, ¿si me propusiera vivir juntos? ¿Se amoldaría a mis hijos, y ellos a él? Bah, nada pierdo con probar y conocerlo. Todavía estoy para escoger, no para arrebatar…

Por fin Delia se desespera. Mira el reloj del andén. Decenas de convoyes han pasado y Leonel no desciende. Pasajeros van y vienen. Siente que los policías la miran con recelo. “Me siento engentada y este hombre que no llega. Y es demasiado. Otra vez me la hizo, qué poca...”

Mira al fondo del andén. Elige el vagón menos atestado y entra con desánimo.

Leonel no está para nadie. Se encuentra feliz de la vida: es fin de semana y qué más da que sirvan las otras, que se agoten las botanas y vuelvan a llenar los vasos. Él lo sabe y ante los cuates no niega la cruz de su parroquia: más que bebedor es un borrachote. Apenas ingiere el tercer trago y ya se siente Juan Camaney, al que todas las chavas del abrevadero le lanzan los canes.

—Nomás lica cómo se me queda viendo aquella de negro, sí, la de la minifalda...

—Oh que la... Ya vas a empezar. Siéntate, mano. Mejor ponte a jugar unas dominadas y pide unos tacos o una tortas. Apenas empezamos y ya se te empiezan a subir los rones...

—El ron ya no me pasa. Mejor voy a pedir un tequilazo y unas bohemias...

—Te vas a poner una que mañana no te aguantarás la crudota —advierte uno de sus compas.

—Huy: ya estás peor que mis viejas, mano. Por eso las manda uno al carajo, socio: quieren todo el control, les vale que toda la semana te partas el lomo en el trabajo…

—Ya se está poniendo necio este wey, pa’ variar. ¿Pues no que ya tenías nueva domadora?

—De wey que te la crees, mano. Solito, mejor solito que con la soga al cuello… Yo pongo las otras, pero a ver, ¿quién me presta el varo? El lunes le pago…

Todos ignoran a Leonel, que vuelve del baño con la entrepierna húmeda. De pie, trastabilla, coge su copa y la levanta: “Ya saca esa mula de seises”, exclama impertinente.

—Siéntate, ya estás pedocles; te está saliendo lo malaleche…

—Niii máiz… Apenas toy agarrando vuelo… A ti se te van las cabras con todo y mulas; ya sácalas, wey…

—¡Que te sientes, cabrón, que me echas el trago encima!

—Sírveme otro —pide Leonel—. L’otra y ya… Mira cómo lanza el calzonazo la morra…

El mesero vuelve. Pero una es la otra y la que viene, más las que faltan.

Sus compañeros lo ignoran cuando Leonel levanta el vaso y cree que la muchacha de negro corresponde al brindis.

Ya dejó en paz al mesero, al que siempre le encuentra parecido con el chavo aquel que en su lejana adolescencia le echó la bronca porque le bajó a una noviecita.

—Que ya te dije que nunca viví en esa colonia... ¿quieres un caldito para que se te baje el cuete?

—Caldito el que me echo con tu hermana, babosssooo… Llévale un trago a la morra de negro… Quiero lo suyo, lo suyitooo…

—Sírvele l’otra, pero ya sabes cómo pa’ que se aplaque. Yo la pago —indica uno de sus cuates y guiña el ojo al mesero.

Toño vuelve con una mezcla de ron, tequila y brandi. “Hasta’l fondo, ¿va, un cruzadito?”, pide Leonel. Va que va, corresponde el aludido. Glu-glu-glu-glu-glu. El rostro de Leonel enrojece. Intenta sentarse, pero la silla se le escurre y queda en cuclillas, con los brazos entrecruzados sobre las rodillas. Los compas de farra le ayudan a sentarse. Toñito le recuerda: “Quedaste de ver a una tal Delia en el Metro Balderas, ¿te consigo un taxi?”

—A buena hora la recuerdas, pinchi Toñito. Orita no reconoce ni a su madre, caón. Así está bien, que nos deje jugar en paz.

Entre sueños y ronquidos Leonel rezonga: “Los borrachos son ustedes, ustedes”.

Escritor. Cronista de ‘Neza’