CRÓNICA | POR ÁNGELA ELIZABETH MÉNDEZ CARRILLO/ MILENIO DOMINICAL

Los defeños y sus besos chilangos

Una tijuanense sorprendida

Todo puede encontrarse en cualquier ciudad desarrollada... ¡Pero los besos! ¡Los besos del DF son únicos!


Besos de los defeños.
Besos de los defeños. (Juan Pablo Zamora/Cuartoscuro)

Ciudad de México

Concluyo: el corazón de México es cálido. El centro del país —el Distrito Federal— es un campo lleno de gente, autos y esmog. Todo esto puede encontrarse en cualquier ciudad desarrollada… ¡Pero los besos! ¡Los besos del DF son únicos!

Explico: encontrábame yo, tijuanense, perdida en el Metro de la Ciudad de México, recién llegada, aplastada, orillada, acorralada contra la pared de un vagón. Pensaba entonces en buscar una forma de acercarme a la puerta, de preguntar a alguien sobre las estaciones, de ver algún letrero y lograr ubicarme. Me fue imposible hacerlo; al lado al cual me volviera, sin importar la situación, me veía como intrusa, como inoportuna observadora de un romántico y —ahora lo sé— cotidiano momento durante el cual una pareja (sin importar el sexo) se besaba.

Por suerte logré llegar a mi destino. Cuando llegué, lo mismo: en cada esquina alguien besándose. Al principio creí que era un juego de mi mente, que mi solitaria existencia en esta ciudad me hacía ver esas escenas como algo que se repetía incesante, una y otra vez.

Más tarde desarrollé una teoría: quizá mi subconsciente añora un beso o un abrazo, pensé mientras me mantenía colgada de un brazo en el micro, entre jóvenes universitarios cansados que, como yo, iban de pie. Sonaba una cumbia. Frente a mí, una pareja de oficinistas se besaba; y además iban sentados. Un suspiro. Alcé la mirada para ver pasar los paisajes grises, el cielo nublado, los locales con rótulos viejos y sucios sobre el Eje 10… Y entonces, en las calles, lo mismo: gente besándose. Parejas de la edad de mis padres, de mis abuelos, de mis amigos.

Ha pasado ya bastante tiempo desde que resido en la capital del país; mi estado sentimental ha variado, pero los besos tan frecuentes en lugares públicos no han dejado de sorprenderme.

Ver besarse a unos defeños es algo, sin duda, especial: hay cierta desesperación, cierto placer, cierta ansia que solo se percibe aquí. He preguntado a otras personas de fuera sobre el hecho y todas responden lo mismo: esa forma de besarse no es normal en su tierra. Muchas de ellas se espantan. Yo, en cambio, he aprendido a disfrutar la situación. Me recuerda un fragmento de la novela de mi paisano Luis Humberto Crosthwaite: Aparta de mí este cáliz:


Besarla, de eso se trata. Poner mis labios junto a los suyos, ya sabe, presionar y moverlos por veredas húmedas de saliva (…) Besar con lengua y boca entera de largo y ancho. Besar hasta que no queden líquidos entre nosotros, hasta que me diga usted que ya (…) Lo haremos delante de niños y niñas que sonreirán entusiasmados. Lo haremos delante de adultos y adultas que nos odiarán por la repentina envidia. Lo haremos delante de perros que ladrarán toda la noche (…) El caso es besar. Besarla a usted.


“Besarla hasta que sea un acto obsceno”. Así también dice. En esa novela se presenta el besar como un acto subversivo. Salvador. Mesiánico. Supongo que a más de un lector ignorante o despistado, que no conoce los besos del Distrito Federal, le sorprende tanto como me sorprendió a mí el texto de Crosthwaite antes de mi vida en esta ciudad.

Hoy presiento que los defeños huyen del tedio besándose. Solo así son salvos. Pero... ¿salvos de qué?

Besos del Distrito Federal. ¿Cómo son, a qué saben y a quién salvan? Pregunto y nadie responde. Todos están ocupados. Besándose. Veo ya sin vergüenza a quienes se besan en la ciudad. Los observo de cerca y con toda intención. Temo y disfruto mi actitud voyerista. Soy una investigadora de campo.

Resultados: los besos en la Ciudad de México son apasionados. La gente besa como sangra, como respira: fluido. Lo mismo entre lágrimas que entre risas, en el tráfico o en el parque. A la hora de la comida o en el tianguis.

Los besos del Distrito Federal saben a tacos. A cerveza. Al chicle de menta para refrescar boca y garganta. Saben a ayuno. A leche y pan. A nada. A todo. A dulce. A sal. A café con leche, a margaritas, a naranja, a limón. A torta de tamal, a quesadillas. A tabaco. A pambazos. A agua fresca.

Los besos del Distrito Federal salvan a los sedientos, a los cansados, a los que tienen sueño. A los que tienen enfado, a los alegres y a los enojados. A los hartos del tráfico, a los hartos del jefe y de la servidora pública poco amable. A los que están por morir y a los que inician su vida.

Aquí se protesta con besos. Se hacen olimpiadas de besos. Fotógrafos distinguidos vienen a capturar los besos que aquí se dan. Hay besos escondidos en la arquitectura de la ciudad.

Miro y miro: hay algo de vampírico en el acto. Parece que los defeños algo se dan, algo se quitan, entre tanto intercambio de saliva. Acto osmótico, sin duda. Califico y anoto.

No es suficiente observar: habrá que salir a las calles a besarse. A buscar qué redención ganan, qué hastío pierden, de qué muerte se salvan: solo ellos saben. Quizá el ritmo tenso de vida les enseñó a besarse así: catárticamente.

Salgo a la calle, beso apasionadamente al primer individuo —un defeño, supongo— que se cruza en mi camino.

Concluyo: el corazón de México es cálido. El centro del país —el Distrito Federal— es un campo lleno de besos, de gente, y de autos. Todo esto puede encontrarse en cualquier ciudad desarrollada… ¡Pero los besos! ¡Los besos del Distrito Federal son únicos! ¡Disfruto!

Ver besarse a unos defeños es algo, sin duda, especial: hay cierta desesperación, cierto placer, cierta ansia que solo se percibe aquí.