“El barrio bravo, primero en dar la libertad de tatuarse”: 'El Chino de Tepito'

De ser una práctica marginal en las cárceles y los ámbitos de la delincuencia urbana, el “grabado” de piel se ha impuesto como moda y gusto personal desde los años noventa; este personaje narra su ...
Tattos
(Javier García)

Ciudad de México

En la Ciudad de México, Chino de Tepito es autoridad en materia de tatuajes. Tiene 35 años de práctica y es dueño de una colección de más de siete mil documentos que narran la evolución de esas imágenes que —desde la prehistoria— se estampan con tinta en la piel. Por si eso no fuera suficiente, es también precursor del estilo de tatuaje creado en el mundialmente conocido barrio capitalino.

No nació en Tepito, sino en la Merced, pero por mero gusto eligió crecer en ese barrio. “Ir con la banda, los cuates, estar conviviendo, platicando, bromeando, escuchando música, fumando”, confiesa. Su apodo (derivado de su melena y aún más popular que Heriberto Alcázar, su nombre) fue lo que lo diferenció de otros compas como Chino de Xochimilco, Chino de Tlalpan o Chino de Azcapotzalco. En su cuerpo hay muchos grabados aunque no todos se aprecian claramente, pues algunas tintas se borraron con el tiempo por no fijarse correctamente en la dermis.

“En México el tatuaje era un tabú desde hace más de 100 años, se practicaba solo en las cárceles, siempre prohibido, reprimido, oculto. En los ochenta se empezó a practicar de manera abierta ya como un oficio, después vino la demanda. De hecho no se decía me tatué, sino ‘me hice una rosa, me hice una cruz’. Y tampoco había expectativas de pago, solo era una experiencia”, relata Heriberto sentado sobre una pila de revistas que colecciona. Funcionan como silla porque en su pequeño departamento todo el espacio está ocupado con máscaras demoniacas, fotos, tarjetas, volantes, recortes de periódico, carpetas y libros relacionados con este tema que llena la mayor parte de su vida. Tanto, que de no haber elegido este oficio, ni él mismo sabe qué hubiera hecho.

Suma años de experimentación y creatividad desde su primer dibujo hecho a los 14 años a un amigo de la secundaria. Después usó de todo: máquinas caseras donde las agujas fueron adaptadas a tenedores y plumas Bic que a su vez estaban conectadas a pilas o baterías de rasuradora para obtener voltaje. Ensayó con todo tipo de tintas: para playera, imprenta o chinas. Luego los dibujos tomaron forma al gusto del cliente. Pero el resultado general, quedara como quedara, debía mantenerse invisible a la vista. “En esa época estaba prohibido tatuarse, era un buen pretexto para que la policía o los militares te agarraban para sacarte dinero. Hubo casos de tortura y golpes para muchas personas”, recuerda.

Antonio Serrano fue uno de aquellos detenidos por la “tira” ochentera, solo que él salió más listo que los “azules”. “Me di de alta en Hacienda para que no me molestaran, mi cédula fue la primera en este negocio; cuando la policía me detenía le decía, ‘¡ah, mira yo pago impuestos!’ y les mostraba el papel y entonces me soltaban”, cuenta entre risas el director del recién creado museo del tatuaje en la Zona Rosa.

Con el crecer de la clientela fue necesario encontrar un espacio de trabajo. Chino asegura que Tepito —siempre abierto a nuevas expresiones— fue el único lugar donde no les hicieron el feo y donde aceptaron rentarles, pues nadie los quería ni aunque pagaran. Serrano retoma la anécdota y la encuadra: “Esa fue la aportación más grande del barrio, dar esa libertad para tatuarse y tú podías elegir ahí con quién hacerlo: Mister Lee, El Socio, Chino, El Coreano, El Davidson, El Nieves, El Guango…” y un largo etcétera.

MÁS QUE UN DIBUJO

“El tatuaje tiene que decirte algo a ti mismo de quién eres, cómo eres, de quién quieres ser. Si no, no funciona, solo sería un dibujo ahí que ni sabes para qué lo traes”. Así define Chino su trabajo. “En el barrio los dibujos más buscados son el divino rostro, el Sagrado Corazón, Cristo crucificado, el Santo Señor de Chalma, la Virgen de Guadalupe, San Judas Tadeo, la Santa Muerte y demonios varios”, enlista. Pero también están los tatuajes nostálgicos de la familia, los muertos y encarcelados que quedaron perpetuados en frases, nombres o fotografías. “¡Pero ya no me preguntes a mí, saca a la bandaaaaa!”, pide Heriberto. En efecto, su clientela fiel está en el barrio que lo respeta porque siempre deja los dibujos tal y como se lo piden.

Reunidos en la segunda cerrada de Rivero, la banda se abre para enseñar la piel y un poco más:

José Guadalupe levanta la manga de su playera, de su hombro izquierdo asoma la perfecta cara de su hijo José Enrique a los 18 meses de edad. Sentado en sus piernas, el niño —hoy de cuatro años— se mira a sí mismo en ese hombre que parece su espejo. “Es lo que más quiero, lo más importante para mí, por eso quería plasmarlo”, presume el padre. Nacido en la calle Panaderos, José Guadalupe es un diablero de 25 años que desde niño se “tatuó”, sin permiso de mamá, con calcomanías de chicles y dibujos hechos con pluma. No fue el único.

“La mayoría de los tepiteños, yo creo que entre 90 y 95 por ciento, estamos tatuados”, afirma Daniel, quien lleva grabado en el antebrazo derecho una cruz con alas en memoria de su padre microbusero; en la pierna (bajo la bermuda) lleva un dibujo africano en honor a la santería, su religión. En grupo, la banda se desnuda de cuerpo y corazón. Es literal: enseñan cada grabado (hasta debajo del calzón) y cuentan su historia mientras planean el siguiente.

Sí, coinciden todos. El tatuaje es parte de la cultura tepiteña y solo puede entenderla quien pone atención a las frases que ellos mismos emplean para que otro les comprenda. “Aquí uno se tatúa porque le gusta, no porque sea ratero… Y cuando volteas ya estás todo tatuado. Mientras más tatuajes, más banda te conoce. Lo haces porque mucha gente de aquí es rebelde… Muchos se tatúan por sentirse malos. Yo soy aceptado como soy, como padre y esposo… Quiero tener más, es mi forma de sentirme libre”.

Chino cuenta que el barrio creó otro diseño peculiar con la mezcla de dibujos e imágenes que surgen del universo interno que cada quien lleva: sus fantasías, deseos, sueños, miedos y hasta sus viajes más pachecos. David Romero, vicepresidente del Club México Vespa y oriundo de Tepito, lo confirma con sus 23 dibujos, algunos de los cuales están mezclados entre sí. “Traigo galaxias, hongos alucinógenos, el nombre de mis hijos, el padre nuestro en hebreo, un dragón y un Quetzalcóatl”, enlista.

Pero nadie supera a K07, el hombre robusto de 41 años con 120 tatuajes quien además, en su vida como recluso y tatuador, fue respetado “porque traes el arte en tus manos”, le decían. ¿Cómo se verá de viejo, con su piel flácida llena de dibujos de colores? “No voy a llegar a viejo, lo sé, yo quiero morir joven”, predice.

LA “CHAMBA” EN COYOACÁN

Coyoacán en sábado. Heriberto espera en su cubículo al próximo cliente. No le gusta que lo manden, detesta que le digan cómo hacer su chamba; por eso cuando trabaja se relaja escuchando música: hoy tocó salsa (y si es de Héctor Lavoe mucho mejor). Atento escucha al cliente; en papel dibuja con rapidez y creatividad su deseo. Luego prepara la piel para empezar su obra, la vista fija en la aguja, su trazo y esas puntillas de sangre que cederán su lugar a la tinta.

“Cada persona que llega es un ser especial que trae un universo, cada tatuaje es diferente y al hacerlo disfrutamos de diferentes maneras”, dice reflexionando sobre esos 35 años de experiencia construidos con métodos empíricos, lecturas autodidactas y tips que intercambió con otros que como él, querían saber más. Como pudo, Heriberto Alcázar también conoció y platicó con colegas estadunidenses, canadienses y franceses que en los años noventa llegaron al barrio para ver qué hacían y cómo lo hacían ¿Y por qué no? Hasta para copiarse y aprender entre sí. Solo así garantizaron su evolución. “¡Pero ya no me preguntes más, saca a la bandaaa!”, insiste.

A la banda no le importa que sus esposas o madres les digan locos por querer tatuarse más, por encima de eso está la devoción con que sus hijos los miran pues aspiran a grabarse la piel, igual que sus padres. Por eso ellos buscan en su cuerpo más piel virgen donde puedan grabar un solo dibujo más. Contradictoriamente, cuando esos niños crezcan encontrarán a un padre que los medirá con la misma vara con que alguna vez los midió su madre. José Guadalupe habla por todos “¡Siiiiiiii, pueden tatuarse pero hasta cierta edad! Y solo si fuera algo que valiera la pena ¡No cualquier cosa!”.