"Parecían disparos. Mi mamá y yo vimos el helicóptero"

Gustavo vive en San Bartolo Ameyalco. Ayer no fue a la escuela, la SSPDF tenía bloqueados los accesos al pueblo. Aunque no lo dijeron, era una especie de toque de queda.

Ciudad de México

A las ocho de la mañana Gustavo se alistaba para salir a la escuela cuando sobre la avenida comenzaron a pasar camiones con granaderos.

Su mamá tenía que atravesar el pueblo, San Bartolo Ameyalco, para ir por su sobrina. Gustavo decidió acompañarla porque recordaba el enfrentamiento del 14 de febrero cuando la gente del pueblo se enfrentó a los granaderos para proteger el manantial.

Al salir vieron pasar a habitantes del pueblo, algunos armados con piedras y palos. Se apresuraron a llegar por la niña, un helicóptero comenzó a sobrevolar el pueblo. Al pasar por el centro del pueblo -donde están las llaves de agua del manantial- notaron que había mucha gente reunida.

Escucharon estallidos. "Parecían disparos. Mi mamá y yo vimos el helicóptero. Había como un toque de queda. Así que no salimos", cuenta Gustavo.

Eran las diez de la mañana. Para ese momento casi mil granaderos cubrían las entradas de San Bartolo Ameyalco, y algunas de sus calles. El primer enfrentamiento fue en la calle Francisco I. Madero, allí los vecinos y los policías se liaron a golpes.

Pasaron al menos dos horas antes de que se calmara el ambiente. Entre vecinos comenzaron a llamarse por teléfono, se avisaban cómo estaba la situación en sus calles, si entre sus familiares y conocidos había heridos.

Gustavo salió de su casa. Su tío había sido herido en la trifulca, iba pasando por la calle cuando la gresca comenzó. Al ir a buscarlo, Gustavo pasó nuevamente por el centro del pueblo, allí había un grupo de personas reunidas en torno a las llaves de agua.

Cuando parecía que todo se había calmado, se dio cuenta que más granaderos estaban llegando al pueblo. Alrededor de las cuatro de la tarde caminó hasta el Centro de Salud porque escuchó que había heridos.

Eran al menos siete habitantes del pueblo y tres policías, estaban golpeados y cubiertos de sangre. "Muy, muy heridos, la verdad. Sí estaban muy mal. Y bueno, las únicas ambulancias que dejaban pasar eran para llevarse a los granaderos", recuerda.

La ambulancia salió del Centro de Salud con los policías. Entre el tumulto, una persona comenzó a dar teléfonos para denunciar que la gente no era atendida. Gustavo recuerda que se identificó solamente como un militante priista. Los teléfonos se activaron nuevamente, las personas llamaban a los números que el hombre había proporcionado. La demanda: ambulancias para los habitantes heridos.

"Después de las llamadas llegó una ambulancia. Pero sólo se llevó a un señor, que tenía las costillas rotas, y a su hijo, que dicen tenía un balazo en el cuello. A los descalabrados y golpeados los atendían en el Centro de Salud."

A las cuatro de la tarde, entrar o salir de Ameyalco era prácticamente imposible. Había que pasar por varios cercos de seguridad de la Secretaría de Seguridad Pública del DF. En algunas calles todavía había grupos de granaderos, reportaban los vecinos a través del teléfono. La gente de Ameyalco comenzó a publicar fotos y videos en Twitter y Facebook.

Al Centro de Salud comenzaron a llegar habitantes con vendas y alcohol, mertiolate, gasas.

A las cuatro y cuarto, 800 granaderos llegaron al Centro de Salud. Comenzaron a discutir con los pobladores, que mantenían a varios granaderos retenidos en la subdelegación. Un hombre se alzó entre la multitud y trató de mediar en la negociación. Gustavo, que permanecía frente al Centro de Salud, observó como la negociación duró poco y se dio un nuevo enfrentamiento.

A diez metros del lugar de la trifulca hay una escuela, los golpes comenzaron justo cuando las señoras iban pasando con los niños, recuerda Gustavo. En medio del caos, la gente corría. Algunas mujeres tomaron a sus niños y buscaron refugio dentro de la iglesia; otros fueron acogidos por vecinos que abrían las puertas de su casa.

"Un señor que vive allí nos dejó pasar a varios. Así nos abrió la puerta. Estuvo cañón. Luego nos dejó salir por la parte de atrás de su casa. Entonces me fui a mi casa", cuenta Gustavo. Otra vez las llamadas entre los vecinos: había que tener cuidado en la calle de Cafeteros y en las entradas del pueblo, allí se estaban concentrando los policías.

Dos helicópteros sobrevolaban la zona. La alarma creció entre los pobladores cuando notaron un punto rojo, como un láser, que provenía del helicóptero. En el teléfono, el mensaje era claro: "Tengan cuidado, traen francotiradores", decía la gente.

Gustavo se asomó para ver si era cierto, alcanzó a ver a varios policías asomados en los costados de los helicópteros, vio el punto rojo y decidió que era momento de guarecerse otra vez. Vio pasar más granaderos, ya no tenían macanas, ahora portaban armas, asegura.

Su papá llegó antes de las siete de la noche, venía de regreso del trabajo. Cuando se acercaba a las entradas del pueblo descubrió los cercos. Los policías les pedían a las personas identificaciones, celulares. Los registraban en un cuaderno. "Mi papá tuvo que dar una mordida para que lo dejaran pasar."

Con la familia completa en casa, Gustavo ya no salió más. Durante algunas horas y hasta entrada la noche escuchó patrullas, camiones con granaderos y helicópteros sobrevolando el pueblo. El teléfono no paró de sonar.