¿Cómo aguantar la nostalgia?

La mancha tan negra que es la pobreza lo movió. Tapicero de oficio, a sus 75 años aún tiene ganas de volver a su pueblo hñähñu. Sabe que vivir allá es difícil: sin agua, sin tierras ni animales.
Tapicero.
(Eduardo Salgado)

La jornada concluyó. El patio de su casa en Nezayork funciona como taller de tapicería y en él trabajan sus dos hijas, su hijo y tocayo, su yerno y en sus ratos libres apoyan los nietos y nietas. Pese a los pesares, don Fernando Galindo es un hombre cariñoso, consentidor, acomedido, amoroso. Si cae trabajo, todos le entran con fe. Consuelo, su esposa (Chelito), apoya con la costura.

Hijo de madre otomi, hñähñu del estado de Hidalgo, don Fer nació en el DF (calle de Yucatán, colonia Roma) donde Hilaria, su madre, y Cayetana, su tía, trabajaban como sirvientas. Pasaba el día atado al pie de la escalera hasta que ellas se desocupaban y le brindaban atención.

—Pero un día tía Tana aconsejó a mi mamacita: "Mira, Yaya, este muchachito está descolorido y flaco; te lo llevas al pueblo o se nos muere aquí. Será bueno que le dé el aire y ande el campo." Y me encargaron con mis abuelitos. Ya más grandecito los ayudaba a cuidar dos vacas, a ordeñar: diario me daban mi jarro de leche bien espumosa, sabrosa, no como la de aquí, que es pura harina.

Don Fer se mira nuevamente escuincle; en compañía de sus abuelos participa en la ordeña, va y viene con los animales: del campo al corral y del corral al campo; limpia el estiércol, colabora en la elaboración del queso, en el cuidado de la milpa todas las mañanas, y vuelve a casa con ejotes, chilacayotes, flor de calabaza, chayotes, ejotes, todo fresco, según la temporada...

—A falta de burros, nosotros cargábamos la cosecha: de maíz, frijol, haba, arbejón, ayocote; en el cerro hacía mis atados de zacate, de leña, porque no se conocía el petróleo, menos el gas. Más crecidito trabajé en la hacienda de La Manga. Con tío Modesto, tío Agapito, barbechábamos, haciamos zanjas para el riego; no tuvimos yunta, pero conozco el arado, el yugo, la coyunda, la reja. El abuelito era mediero, con su parcela: al cosechar todo es por mitad, dos surcos de cosecha para el de la parcela y dos para el que la trabaja. También se vive de la cal; hay quienes tienen horno y la cuecen para venderla por arroba: una son 11 kilos y medio. Los domingos venden en Huichapan, la cabecera municipal, o truequean por chiles, tomates, todo lo necesario en la cocina.

Jonacapa lleva por nombre el pueblo al que sueña regresar don Fer: aunque poco, se habla el otomí: "Yo lo aprendí con las tías, los tíos. Cómo se dice víbora en otomí, decían, y les contestaba en la lengua; y que cómo se dice agua, piedra, ¡pulque! Allá se acostumbra el pulque, todo el estado de Hidalgo es pulquero, me crié allá en el pueblo: con pulque, tortillas con chile, aguamiel, memelas, queso. Ya grandecito entré a la escuela. Hasta el tercer año. Lo más bonito para mí son las fiestas. Como mi mamá estaba en México, llegaba el 3 de mayo o el 14 de julio: celebran a San Buenaventura, Semana Santa.Traía arroz, frijol, azúcar, ropa, pan duro blanco y de dulce, cosas que era difícil comprar: allá en vez que matar un pollo, lo agarraban y llevaban a Huichapan a la venta para comprar el maíz... Cuando me comía un huevo, me lo daban bien sabroso asado en el comal".

Las fiestas. Si algo extraña don Fer son las fiestas: "Bien bonitas, con bandas de música. El día de la Santa Cruz se va uno al cerro, sube la banda, todos los que vienen del DF llevan comida, y allá la pasa uno suave, hasta la tarde; en la noche vemos la quema del castillo, del torito, y al otro día a la misa. En las fiestas que los que iban de México llevaban cosas y ayudaba a llevar los bultos a su casa y me daban dinero. Y le platicaba a mi mamáy a mi abuelita también. '¿Pues cuánto te hiciste?' Como cuatro pesos, y mi mamá me daba diez pesos para golosinas. Escuchó mi abuelita y dijo: 'No le des dinero, se acostumbra a tener dinero sin trabajar.' Sentí feo".

Ante la carencia, Nando se decidió a trabajar. Como tlachiquero, a los diez años de edad: raspaba unos 70 magueyes. "Es difícil, y más cuando llueve. Se inundan los cuencos de los magueyes. Con el acocote sacaba el aguamiel y llenaba el cuero, la bota que me colgaba a la espalda con un ayate, porque el burro era yo: yo tenía que cargar. Si no atinas a la bota para vaciar el acocote lleno, te mojas el lomo y te enguishas, da comezón. Enflaqué de tanto sorber con el acocote. Mejor me fui a otro lado: a desazolvar canales, como peón. Así fui creciendo".

Cada 12 de diciembre sus familiares y él asistían a las festividades en honor a la virgen en la Villa de Guadalupe. Yayita, su madre, seguía de sirvienta, ahora en la calle de Homero, Polanco. "Enfrente trabajaban unas chamacas, las fui conociendo, y como cada año venía me encariñé con ellas y decidí venirme a México a la edad de 15 años. Me pareció bonito, como que todo era más fácil. Y no: mucha gente, muchos carros; allá en el rancho puros burros, vacas... Salía con el esposo de mi hermana, vivían por el rumbo de Tacuba. Íbamos atravesando la calle y ¡zaz!, que me avienta una bicicleta. N'hombre, mejor me devuelvo a mi pueblo. Extrañaba las tortillas calientitas de mi abuelita, mi salsa, mi pulque, las gorditas redonditas llenas con frijol y salsa y un atole bien caliente que, con el frío y las heladas de allá, sabía bien rico.

"Un día le dije a mi cuñado, que siempre fue buena persona: consígueme una chambita. Sí, cómo no. Entré a un taller de carpintería en Tacuba. En el pueblo qué sabes de carpintería: me pusieron a pulir una charola, y que la quemo, ¡yyy que me regaña el maestro! Me sentía muy mal. Mi cuñado me llevó a otro taller del rumbo, en Mar Mediterráneo. Hacían de todo: barniz, tapicería, carpintería, herrería. Me pusieron a rellenar unas fundas con algodón, y de ahí en adelante: aprender la tapicería de muebles finos. Duré mucho tiempo en el taller, hasta que me liquidaron y comencé a trabajar en mi casa".

Al paso del tiempo se hizo novio de la bella Consuelo, una de las chamacas que trabajaban en Homero. Yayita aconsejó: "Si quiere echar raíces en la ciudad, empieza a hacerte de algo". Su hermana ya vivía en el ex vaso de Texcoco. "Dijo mi mamacita: compra un terreno, y me pagó el enganche. A estirones y jalones me hice de él. Poco a poco fui pagando, me casé, formamos el hogar, tuvimos a Fer, a Pati, a Lourdes. Con compromisos, ¿cómo regresas al pueblo? Cuando me visitan familiares y paisanos, pregunto cómo están todos por allá y me dicen que todos bien y ¿qué tú, Nando, ya no sabes hablar el otomí o qué? ¡Cómo de que no! Y a plática y plática en la lengua, el dialecto que le dicen, pasamos el rato con un pulquito de por medio, del que me mandan del rancho. Pulquito otomí, hñähñu. Y pues si no, ¿cómo aguantar la nostalgia?"

*Escritor. Cronista de Neza