Vestirse de charro, la consigna

“Van buscando algo para verse bien, llamar la atención, que los volteen a ver y digan: ‘¡mira, qué bonito traje, qué bien se ve!’, relata el sastre Javier Martínez.
No recuerda cuándo comenzó a trabajar en la confección de trajes de charro.
No recuerda cuándo comenzó a trabajar en la confección de trajes de charro. (Juan Carlos Bautista)

Ciudad de México

“Vestirse de charro es vestirse de México”, dice un popular refrán. Pero quienes participan en este deporte nacional asumen que no es una frase cualquiera, sino una consigna que deben seguir al pie de la letra. De ahí que la clientela exija a los sastres de charrería manufacturas y acabados artesanales que les permitan destacar entre sus oponentes, y ante las mujeres, claro.

“Van buscando algo para verse bien, llamar la atención, que los volteen a ver y digan: ‘¡mira, qué bonito traje, qué bien se ve!’, cuenta Javier Martínez, el sastre que desde hace 17 años diseña y confecciona trajes de charro en un pequeño local en el Lienzo de la Villa. “Empecé de la nada, no sé cuándo comencé a trabajar con otras personas que me enseñaron lo que hoy hago”, dice con modestia. “Sí, es algo pesado, porque todo es manual, se te cansa la vista, se te hacen callos en los dedos. Pero al que le gusta, ¡pues aquí andamos todavía haciendo este trabajo!”.

Conocedor de lo suyo, don Javier hace todo lo necesario para obtener un perfecto pantalón charro: entubado, con fondo de manta y ligera campana en el tobillo que cubre el botín del jinete, pues no es correcto mostrar el calcetín. “En cada cliente tomo medidas: largo, cintura, base, muslo, rodilla, pantorrilla y tobillo. Para la chaquetilla es el pecho, ancho de hombro, largo del brazo, manga, cuello, en fin”. Terminado el corte y la unión básica de algunas piezas, el sastre coloca adornos, grecas de gamuza y bordados básicos con los que el traje lucirá aún más.

El reto de una greca

Si piensa que las grecas que adornan puños y orillas de sacos, chalecos, así como los laterales del pantalón ya vienen hechas de fábrica y solo deben ser adheridas a la tela, pues se equivoca. A continuación el procedimiento que todo modisto debe seguir.

“El dibujo de la greca se hace en papel y se pega a la tela del pantalón con el fondo. Luego se pega la gamuza y toda la pieza se lleva a la máquina de coser, para que la aguja siga todas las líneas de las grecas y así queden marcadas sobre la tela. Terminada la greca con hilo, viene lo que llamamos calado, que es cortar con tijeras la orilla de las grecas —sobre la gamuza— para darles forma. Cuando ya se terminó, se arranca el papel”, detalla.

No es fácil, indica, pues los cortes deben ser con la punta de las tijeras, milimétricos, siguiendo el trazo de la línea que va en diversas direcciones y que da como resultado la figura decorativa. De ahí que el sastre advierta: si el corte no se hace bien hay riesgo de llevarse la tela del pantalón con todo y forro. “Y si eso pasa, hay que hacerlo de nuevo”, explica.

A los clientes de Sastrería Javier les gusta su catálogo con 500 tipos de grecas que pueden combinarse por formas (herraduras, espuelas o rameadas) y colores según el gusto del charro. “A veces ellos nos traen su propio dibujo y nosotros lo perfeccionamos buscando cómo quedaría mejor, si en forma de greca o mejor bordado con hilo o canutillo. Me han llegado también trajes antiguos, porque el cliente pide que haga otro igual, y les digo, pues a lo mejor no igual, porque algunas telas ya no existen, pero trato de hacerlo lo más parecido”.

Denisse Ledezma, además de ser la esposa del dueño, se convirtió también en su mejor alumna. Se encarga de asistirlo pegando botones, haciendo grecas, cosiendo chaparreras, moños, ojales y dobladillos artesanales que realcen el trabajo básico que se elaboró con máquina de coser. Si esto suena difícil, más lo es el planchado de la prenda para el cual Denisse utiliza una plancha antigua, metálica (hablamos de entre tres y cinco kilos de peso), con resistencia de cobre.

“Tiene que ser pesada, porque estamos planchando un traje grueso con varias capas de tela, de lo contrario quedará arrugado. La temperatura también es importante, pues si no se hace con cuidado quema la tela o achicharra la gamuza; entonces, la prenda se echa a perder”, dice tras haberse equivocado en varias ocasiones. “Yo nunca imaginé que este tipo de ropa se hacía así, se necesita mucha paciencia”.

La charrería tiene cuatro trajes tradicionales: de diario (liso, modelo básico); de faena (popularmente utilizado en charreadas, debe llevar grecas); de fiesta (regularmente negro y bordado, para bodas o eventos importantes) y de gala (con fajilla). Javier sabe confeccionarlos todos.

“Un traje liso de tres piezas lo puedo hacer en cuatro días, vale entre 3 mil 800 y 4 mil 500 pesos, según la calidad de la tela. Pero si es de faena, con gamuza, golpes de manga y grecas, vale aproximadamente 7 mil. De ahí para arriba si lleva bordado de canutillo, hilo de oro o plata, sube hasta 50 o 60 mil pesos. La botonadura puede ser de alpaca o plata, con diseños al gusto del cliente”. Un traje con botonadura de alpaca puede pesar seis kilos, pero si es con plata, pesará hasta diez.

—¿Económicamente es esto un problema para los charros deportistas del siglo XXI?

—No, la mayor parte de ellos proviene de familias acaudaladas, son ganaderos o desempeñan oficios bien remunerados que les permiten adquirir uno o varios trajes de estas características. Los usan para jinetear caballos propios (pura sangre o cuarto de milla) con los que participan en exposiciones y rodeos, haciendo diversas suertes en el ruedo.

Sin sombrero no hay charro

Los hay de palma (con valor de mil pesos) hasta otros con pelo de conejo o liebre (que pueden valer hasta 30 mil). “El chiste es hacer el sombrero bien centrado, entre la nariz y las pedradas que lleva arriba, pues de eso depende el bordado.”