"Unamerican Dog"

Hombre enloquecido mata a su perro. Un animal amado con gran instinto de protección. Mató a dos niños que saltaron las rejas para entrar al jardín del hombre que coleccionaba escopetas, los mordió ...
Unamerican Dog.
(Especial)

Le vendí mi alma a una escopeta, al brillo helado de su cuerpo, al gesto cetrino de mi rostro después de cuatro noches de apuestas sobre mesas de juego. Si deseas amar al que es distinto: eres antiamericano. Si no tienes miedo a los que son distintos, si no odias: antiamericano. Los verdaderos héroes sacrifican los domingos de comidas familiares para beber whisky en bancas de iglesias abandonadas. Dispararte en Año Nuevo es demasiado americano. El asco codicioso del disparo en la frente, el pensamiento más constante. Las manos decididas, pulsiones de muerte. ¿Dónde estará la escopeta de Hemingway?, ¿alguien limpiará su ardiente boca?, me engaño, muchas preguntas solo sirven para engañarnos. Nadie la acompaña, destruida tras el suicidio, double-barreled. La palabra shotgun tiene significados diversos en mi historia familiar. W. & C. Scott & Son, compañía que fabricó aquella gloriosa escopeta que lo siguió en el safari por África, le ayudó a cazar patos en Italia, en Cuba peleó dignamente en competencias de tiro.

Durante muchos años me aficioné a comprar armas y libros de fotografía, conocí a un fotógrafo desempleado, vendía sus tesoros cerca de la avenida Jalisco, encontré uno muy extraño sobre las fotografías de infancia de Hemingway, la más sorprendente: un niño sonriente, rubio, de pantalones largos, camisa abotonada hasta el cuello, botines, sombrero pardo, posa orgulloso, de pie en la cornisa de un bote flotando en el Wallon Lake en Michigan, es 1904, sostiene una escopeta alineada a su cuerpo, la longitud del arma es del tamaño de una de sus piernas, sin duda, ahí comenzó todo para él. La distancia del disparo: homicidio o suicidio.

Tuve un tiempo de flamethrower, lo admito con un poco de lástima autocomplaciente, vender seguros de vida no resultó, me dediqué a la venta ilegal de armas, herencia de mi padre. Las primeras que vendí pertenecieron al hombre que arruinó el Año Nuevo. Camino por las calles pensando en los fusilados y la Guerra de Reforma, liberales contra conservadores, conservadores contra liberales. Ganaron los conservadores que parecen tener seguidores en el barrio, una apacible calma gobierna aunque en la oscuridad se agita violentamente la sombra de los despóticos matones. Las matanzas de Tacubaya, el escritor Francisco Zarco define con gran belleza la reacción asesina de hipócritas tiranos en defensa de la religión, "hoy nadie cree que una turba de sicarios, de verdugos y de asesinos puedan defender la religión sublime de amor y piedad, traída al mundo por el Mártir del Calvario", no ha cambiado actualmente la hipocresía de las luchas religiosas por el poder. Los médicos no huyeron pese a los tiros, el olor a carne quemada, los gritos, las advertencias. Manuel Sánchez, médico militar no huyó, seguía operando a un caído, mostrando un instrumento quirúrgico gritó al que le pedía abandonar al enfermo: "No puedo abandonarlo", los soldados arrancaban a los abatidos de las manos de médicos y estudiantes. Rivero, Duval, Portugal, los dos Sánchez, uno de ellos estudiante, Covarrubias, Abad, Mateos, Esquivel, Kisser, Dervis, Becerril, Jáuregui, Tellechea, Ramírez, López, Lozano, los Smith que pasaban por ahí, nadie huyó, faltan apellidos por nombrar.

Zarco podría ser uno de los hombres más valientes que documentó la guerra, ¿cuándo se convierte en periodista el escritor?, quiero saber. En vano intentan borrar la voz de esos mártires con misas. Juan Díaz Covarrubias tenía 19 años, escribía novelas, también poesía, pidió despedirse de su hermano, le dijeron que no había tiempo, tampoco para el confesor que suplicó lo asistiera, pidió tiempo para escribir algo a su familia, se lo negaron. Regaló su reloj al oficial que coordinaba su ejecución, repartió el dinero que llevaba y la ropa a los soldados que lo asesinarían, solo dos de ellos dispararon, los otros con lágrimas en los ojos se negaron a tirar. Dos balas atravesaron el cuerpo, lo arrojaron en una pila de cadáveres, agonizaba, con las culatas del fusil lo remataron reventando la cabeza. En las guerras se vive todo el horror posible, la guerra es el lago más turbio de la condición humana, en aquella guerra arrancaron a los enfermos de las manos de los médicos para matarlos. La historia de la humanidad, penosa, ambigua, estúpida. Víctimas que olvidan y perdonan a ofensores y asesinos, las víctimas temblando por los siglos de los siglos en el cuarto de rezos de casas habitadas por viejos que espían detrás de las puertas; los verdugos murieron y mueren serenos, perdonados, olvidados, borrados sus nombres. La noche en Tacubaya: agota, me persiguen muertos sin nombre.

¿Qué podré hacer conmigo?, los muertos sin caja deberíamos exigir sepultura como regalo en cualquier cena de Año Nuevo. El desorden de una vida gastada. Parece que todos están muertos, algunos van caminando a casa con regalos y botellas de sidra barata. Mi padre se disparó en la soledad inmortal de un garage americano. Parece que todos han muerto, soy un hombre solitario en la barra del Ardalio, abre los domingos, taxonomía quimeriforme la del sitio que abre en día siete. Tacubaya de los Mártires, José María Vigil número 57, espejos que me escupen, ¿adónde se fueron los norteños?, solían acodarse en las mesas del olvidado tapanco, ayer sirvió como cama, nadie me molestó, he ganado la amistad del mesero que permitió que durmiera ahí. Por la mañana bajé, echándome agua en los ojos pedí el primer vodka tónic desde el baño. Habas con chile, vodka, desayuno unamerican. Las canciones mentales disparan contra un pobre hombre que solo posee el recuerdo de un perro. El mesero podría ser un holocéfalo, somos parecidos, tenemos agallas recubiertas por una fina capa de piel, extiende la bebida con delicadeza sobre la mesa. Parece que todo se ha detenido, el primer trago me da esa sensación. Un viejo podrido cuenta monedas sobre la mesa mientras pide otro ron con agua mineral. Es mi padre, hijo: debo contarte algo, vas a matar lo que más amas, hijo, no pude despedirme de tu madre, tienes fiebre porque la lluvia jodió tu vida, escúchame: no ardas sin motivos, invítame un ron, no reces... lleva una cicatriz en la cara, un hueco, es mi padre, ¿por qué no vino antes?, ¿por qué lo dice ahora?, la muerte debería preocuparme, el sonido de las monedas al deslizarse en la superficie es igual al sonido de la tierra sobre los ataúdes de encino. El entierro de mi padre, el ataúd de encino, un árbol que puede vivir de 200 a mil 600 años, protegen contra los huracanes, vaya simbolismo de las cajas de muertos. Lo vi cerca de nosotros, como un aviso, antes de disparar, mi padre nos miraba con su único ojo. Algo muy turbio sacude las vísceras, pido otro vodka tónic, "Hombre enloquecido mata a su perro, raza: unamerican pitbull de siete años. Le disparó con una escopeta W. & C. Scott & Son, un perro amado que comía tuétano los viernes, un perro fuerte con gran instinto de protección. Mató a dos niños que saltaron las rejas para entrar al jardín del hombre que coleccionaba escopetas con las que cazaba osos, los mordió destrozándoles el cráneo. Los vecinos llamaron al antirrábico, amenazaron durante más de cuatro horas frente a su puerta, le sacaremos los ojos, venderemos su piel, vamos a matarlo con nuestras manos, patearemos su cuerpo hasta destrozarlo, no saldrá vivo, lo quemaremos, acabaremos con él, pediremos que lo electrocuten. Lo acarició, besó el hocico lleno de sangre, acarició su frente, con las manos tapó aquellos inocentes ojos. Los vecinos gritaron al escuchar el disparo. El cuerpo del perro fue arrebatado de las manos del hombre por el vecino del número 63-106 de José María Vigil, un anciano católico que intentó desmembrar al perro con sus manos. La policía acudió a petición de los padres de los menores, el hombre huyó con la escopeta tomando rumbo desconocido, nadie se atrevió a detenerlo, lo buscan desde hace dos días", el periódico de ayer, me tambaleo, ¡el periódico de ayer!, Santiago, el viejo, personaje de Hemingway, me conoce, lee igual que yo una y otra vez el periódico de ayer. Desde la guerra de Reforma, en estas calles, curar a los hombres heridos es un delito grave. Tengo vodka para olvidarme del dolor de la fractura vertical del premolar. Dispárame, hazlo, no lo pienses. Dispárame, ciudad maldita. Alguna vez fui la persona más alegre del barrio, del mundo, de las avenidas oscuras, de las carreteras, tuve un perro negro, antiamericano, igual que yo, el hombre más alegre, mucho más que aquella mujer de las escaleras en la salida de Parque Lira, metro Tacubaya, esa vieja inmunda y apacible, con inmenso amor envolvía en un chal gris un perrito muerto, le cantaba como a un hijo muerto en la guerra. El agua tónica helada se mezcla armoniosamente con vodka. Pido uno más. Subo al tapanco, pienso en la escopeta que tengo debajo del sillón, parece un buen sitio para quedarse siempre.

* Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets).