Tragedia y solidaridad en Cuajimalpa

Ni el clima adverso ni el cansancio frenan a los vecinos y familias que llegan de varias colonias con alimentos; traen guisados en cazuelas y otros utensilios quienes trabajan.
Desde las cinco de la mañana no paran de servir.
Desde las cinco de la mañana no paran de servir. (Jorge Carballo)

Ciudad de México

Primero, la tragedia; luego, la solidaridad. Adentro, donde se alzó el Hospital Materno Infantil Cuajimalpa, maquinaria pesada remueve y apila escombros; afuera, policías, la mayoría locales y algunos federales, y rescatistas que aguardan mantienen un escrupuloso control; varios vecinos, entre ellos integrantes de familias enteras, como los Torres, reparten alimentos. Un ejército de la Secretaría de Desarrollo Social del DF, identificados con chalecos, ofrece apoyo.

Algunas personas, pocas, lloriquean y esperan noticias; lo mismo hacen locatarios del mercado contiguo, cuya estructura fue dañada por la explosión de antier por la mañana en esta zona, donde los nativos sintieron continuas sacudidas, para luego percatarse de la tragedia que hirió a la capital. Empleados, entre éstos de Protección Civil, van y vienen alrededor del área bardada, cuyas puertas permanecen protegidas por policías.

Todo esto es un hormiguero. La gente sube y baja. Un puñado de reporteros espera noticias. Trabajadores de una empresa privada, coordinados por funcionarios del Gobierno del DF, descansan sobre la banqueta, ataviados con uniformes de faena, como si acabaran de salir de entre escombros. Denotan fatiga. La reverberación del sol invernal golpea rostros; la sombra de los árboles, en cambio, producen escalofrío. Pero ni el clima adverso ni el cansancio molestan a la gente solidaria que ha venido de diversas colonias con alimentos.

Del lado derecho de la puerta está el centro de acopio, con ayuda de los gobiernos local o federal, y también de vecinos, varios de los cuales traen guisados en cazuelas y otros utensilios, dispuestos a repartirlos entre quienes han trabajado desde el jueves, cuando el estallido causó daños en 70 por ciento del hospital y dejó tres muertos, así como 72 lesionados.

Y aquí está la familia Torres, en el patio de una casa, con sus cacerolas de arroz y huevos cocidos y tortillas y salsa. Platos y cucharas de plástico. Sonríen y bromean entre ellos, que comen al final, porque primero son los demás, dicen, los que desde muy temprano comenzaron a trabajar.

La familia Torres ha demostrado solidaridad desde el día jueves, ya por la noche, la mañana y la tarde de ayer. Son veinte integrantes.

Entre otros, que ya estuvieron antes, están Arlette, Carla, Rick, Alma, Luis e Itzel, y también Óscar Sánchez Negrete, Rodrigo Rubio y Fabiola. Vienen de las colonias Contadero y Veracruz.

Luis Torres es uno de los patriarcas. Frisa los 76 años. Forma parte de una familia de nueve hermanos. Y reunidos aquí hay primos, sobrinos y nietos. La misma sangre. "Somos de aquí, de Contadero, calle Prolongación 16 de Septiembre, ahí tiene su casa", dice este hombre, sin jactancia pero orgulloso.

Los acompañan Lupita Moctezuma y Andrea Livette Ramírez. También vecinas solidarias que se suman. La gente hace cola frente a las cacerolas. Arroz rojo con huevos cocidos.

—¿Desde el jueves?

—Sí, desde el jueves, como a las siete; pensamos que iba a haber necesidad de darles café y pan, y por eso venimos.

—¿No hubo problemas?

—Al principio no dejaban, pero les dijimos que íbamos a ayudar a los trabajadores y nos dijeron "adelante".

***

Eran las 07:15, recuerda Luis Torres, cuando oyeron una explosión. "Se sintió muy fuerte y pensamos que había sido un transformador, pero no, porque era tan fuerte que nos empezamos a alarmar", dice el hombre.

—¿Y qué pasó en sus casas?

—Con la explosión se empezaron a romper los vidrios de las ventanas. La agente estaba asustada.

—¿Y luego?

—Empezamos a preguntarnos entre nosotros qué podía haber pasado —recuerda el señor Torres, mientras una de sus hijas le ofrece un taco—, y entonces fue cuando supimos que había sido una explosión.

—Y qué hicieron.

—Empezamos a reunirnos y a preguntarnos, todos asustados, hasta que nos dimos cuenta de la realidad, porque empezaron a llegar patrullas, ambulancias, bomberos. Y esperamos el momento de que informaran. Después nos enteramos de que había heridos —relata el señor Torres, quien explica que su colonia se llama Contadero porque era un lugar donde contaban ganado que trasladaban a Toluca.

—Y se organizaron.

—Platicamos con los vecinos de lo que podíamos hacer para ayudar a los trabajadores, que son los de la friega, y así fue como nos organizamos; dimos frijol, arroz, café, pan, todo lo que se podía. Nos acostamos a las cinco de la mañana; dormimos un rato y volvimos a venir.

Y el señor Torres, junto a su familia, se va con las cazuelas vacías, satisfechos de su labor.

***

Pocos después de pasar la entrada principal, bajo un cobertizo, están inquilinos de la unidad habitacional Huizachito, la mayoría mujeres, quienes se apuran a servir chuletas en salsa roja, huevos con chile morita y bistec a la mexicana.

Forman parte de las familias Templos y Trujillo. También Beatriz y Mairem Reyes. Están desde las cinco de la mañana. No paran de servir.

Ni tiempo tienen para platicar.

—¿Contentas?

—Satisfechas.

Y sonríen.