Tengo más deudas que hambre

Quien lo dijera: que Radamés 'El Suavecito' viera mejores tiempos gracias a la desgracia ajena. Fue aprendiz de todo y oficial... Pasó por la albañilería, la carpintería.
Vago
(Luis M.Morales)

Ciudad de México

Dice que anduvo de mojado, aunque lo cabuleaban: “Pues nomás de los pantalones, por las briagas que te ponías”.

En el otro lado, decía Radamés El Suavecito, le hizo a la jardinería, a la cerrajería y se sintió artista talabartero, pero lo suyo-lo suyo era la contemplación, las caminatas, una plática de lo que fuera, y comer y dormir. Si había oportunidad, le entraba a las cervatanas y al güisquilucan, pero las crudelias le aterraban, pues le entraba la depre, y en una de ellas decidió volver al terruño, al “como México no hay dos”. Se volvió francote para eso de la gorreada: tengo más deudas que hambre, pero si me invitas no me hago del rogar... Acompáñame a la chamba y a la salida comemos. Te espero, para no hacer mala obra: tengo que ver a mi jefita, anda medio agripada; ai te encargo un taco cuando regreses...

Y escabullía el bulto, entraba a la vivienda y se atirantaba en el catre. Porque lo suyo-lo suyo, era la contemplación.

Su padre, don Macabeo, fue empleado del servicio de limpia; al morir, doña Gliseria (su esposa) fue beneficiaria de la exigua pensión; cubría sus sobrias necesidades y alcanzaba para el pago de la renta y la manutención de Radamés El Suavecito, así apodado por la  vocecita con que la naturaleza lo dotó. Y suavecito era para todo, hasta la exasperación: fue sinónimo de lento, meticuloso, pausado, sosegado, laaánguido, pues; aunque para muchos, en síntesis: güevonazo.

Gliseria le heredó el carácter. Enrebozada y nagualuda, pasaba como persona víctima de la tiricia (dícese de la enferma que sobrevivió a un susto, a una muina o a la pérdida del ser amado, y quedó inapetente, desguanguilada, con desgano). Sus medias de lana embutidas en los zapatos forrados con peluche blanco, acrecentaban su imagen de enferma crónica.

Radamés más bien pasaba como Hermano Lelo avispado. Aunque con nadie se metía, lo agarraban de bajada los chamacos: en parvada lo azorrillaban con bromas y pesadeces que al más ecuánime enloquecerían. Él solo decía: “Ténse quietos, no se manchen”, sin perder la apenas dibujada sonrisa, desganada a perpetuidad.

A la escuela asistió gracias a las mujeres del vecindario, que le hicieron ver a Gliseria la necesidad de que aprendiera las primeras letras. “Así cuando menos le servirá de algo su chamaco, o será un completito bueno-para-nada. No lo eche a perder más de lo que ya de por sí …”

Gliseria no dijo ni sí, ni no. Fue interpretado “como todo lo contrario”, y las vecinas lo incorporaron a la parvada que por las mañanas revoloteaba rumbo a la Guadalupe Victoria, primaria federal donde concluyó el sexto grado sin pareja de vals: ninguna chiquilla aceptó bailar con él.

Chuchín El Sardo dice que lo llevó al otro lado por pura maldad; en cuanto pudo lo dejó a su suerte. De puro milagro, como los perros y gatos abandonados, retornó al barrio. “Seguro andabas como siempre, y lo botaste en la esquina”, afirmaban los cuates entre chupada y chupada al cigarrillo de Etiqueta Verde. El Sardo los ignoraba, y mandaba a Radamés a la tienda: “Un six y te quedas con el cambio”.

Radamés descubrió que lo suyo-lo suyo era la contemplación. Una vez, en el calorón de mayo, sopló una brisa que le acarició los cabellos. Tuvo escalofrío, advirtió que giraba suave, muy suave,  una veleta-garza, afianzada a la antena del televisor de la tienda. Fijó en ella su mirada horas, horas, y más horas, hasta que Chuchín El Sardo llegó del trabajo, fue a la esquina; fumaron y cabulearon hasta la medianoche. Radamés seguía la veleta, tenía los cachetes helados y tiritaba. Lo sacudieron, embromaron y en vilo llegó al dispensario médico de la iglesia. Un ataque de epilepsia, dijo el doc: necesito un electro y una tomografía; traen las placas para medicarlo. Mientras, que tome estas cápsulas a diario.

Lo entregaron a Gliseria con todo y  receta. ¿Le hicieron los estudios? Quién sabe. Con mayor frecuencia Radamés decía: pasó un ángel, y se alelaba. Así lo vio Janet Yvonne, el culito de la cuadra: llevaba trastos viejos y dos desgarradas mochilas al basurero; decidió colgarlas al cuello del contemplativo, acomodar los trastos de aluminio a su alrededor, y con su teléfono celular tomar fotos y mostrarlas a Chuchín El Sardo y su palomilla de fumarolas; se carcajearon, idos-idos como estaban.

Vieron los fumarolas pasar a una vecina, detenerse y examinar dos pocillos. ¿Cuánto quieres por el par? Radamés pestañeó, alzó las manos asustado, con los dedos extendidos. Están muy caros, dijo la marchanta: te doy cinco y di que te fue bien. Depositó una moneda en la abollada cacerola que fuera comedero de algún perro y se fue. Los ruidosos testigos se doblaban de risa. Se desperdigaron, volvieron  con más basura y casi sepultan a Radamés El Suavecito.

Mochilas, zapatos, cucharas, tapetes, fruteros, cubiertos, herramientas inservibles, vasos de licuadora, imanes, lámparas sin  focos, plumeros, ceniceros de cobre o de cristal despostillado; botas vaqueras con tacones a ras de suela, carriolas, juguetes electrónicos, celulares de primera generación, teclados y monitores; televisores blanco y negro, patinetas… Como si fuera el centro de un campo magnético, Radamés atraía más y más desperdicios y, en ocasiones, clientela: seres necesitados a quienes la necesidad orillaba a adquirir por unos pesos algún artículo.

Radamés apartó una valija que alguien, a la pasada, arrojó a sus pies. Contenía una tienda de campaña. Chuchín El Sardo y sus secuaces se acomidieron y la armaron sobre el camellón donde pasa las horas el contemplador, sentado sobre una grasienta colchoneta, rodeado de cojines despanzurrados, mirando sin ver un televisor que alguien conectó para proyectar rayas y rayas y en ocasiones alguna imagen del Canal de las Estrellas.

Hasta la tienda de campaña llegaba Gliseria con una bolsa de manta con el logo del SME, sacaba una lonchera de plástico y una servilleta floreada con tortillas. Acariciaba la rala cabellera de Radamés y se marchaba, de vuelta a la vecindad. Así fue durante tres años, hasta que las nuevas autoridades decidieron hacer de la avenida y su camellón una especie de malecón, con palmeras salvajes, despeinadas, y bancas que nadie ocupa, orientadas hacia una mar inexistente.

Dicen que Radamés halló una veleta en otra colonia. Que en un carromato echó sus triques y la tienda. Que el carromato era de Goyo, el de “botellas, colchones, fierro viejo que venda”. Que su mamá aún lleva la bolsa con la lonchera, y las tortillas en la servilleta floreada. Dicen que Radamés ya no vuelve de la contemplación, y que no le faltan clientes que, como en el autoservicio, se despachan, arrojan monedas a la cacerola y se marchan, sin que Radamés El Suavecito quite la vista de la veleta en turno.

*Escritor. Cronista de ‘Neza’