Retro pero no obsoleto

El Museo de Arte Moderno celebra 50 años de existencia. Su directora hace un recuento de sus momentos emblemáticos y reafirma su vocación de punto de encuentro entre la tradición y las vanguardias.
 Sylvia Navarrete.
Sylvia Navarrete. (Especial)

Ciudad de México

El 20 de septiembre de 1964, último año del gobierno del presidente Adolfo López Mateos, se inauguró el Museo de Arte Moderno (MAM) con una gran exposición de Rufino Tamayo. Desde entonces ha ido consolidando una colección que sintetiza la historia del arte mexicano en el siglo XX.

En entrevista, la directora del MAM, Sylvia Navarrete, habla de la vocación de este museo, que une tradición y vanguardia y, lo que es más, a través del estudio de las vanguardias explora lo que ocurre en el arte contemporáneo, facilitando su comprensión. Se refiere, desde luego, a la extraordinaria colección que incluye a creadores como Tamayo, Siqueiros, Rivera, Orozco, Frida, así como a la generación de la Ruptura y otras posteriores en las que se encuentran Julio Galán, los Castro Leñero, Daniel Lezama y Beatriz Ezban. Comenta también su decisión de mantener las puertas del museo abiertas a la mayor cantidad posible de visitantes para que disfruten de un patrimonio que es de todos los mexicanos.


Tres momentos inolvidables del MAM

El Museo se inaugura el 20 de septiembre de 1964 con una gran exposición de Rufino Tamayo, quien de esta manera regresa de su autoexilio, primero en Estados Unidos y luego en Francia, porque aquí no encontraba las condiciones para realizar su trabajo. La presencia de Tamayo en el MAM es una especie de manifiesto, una forma de desmarcarse del muralismo y de la Escuela Mexicana de Pintura para abrir brecha a las nuevas generaciones, que se identificaban más con él que con los muralistas.

En febrero de 1965 se organiza en el MAM el Salón Esso, que provoca un escándalo porque el ganador del primer lugar es Fernando García Ponce (por Pintura 1–63, óleo sobre tela), y su hermano Juan formaba parte del jurado.

Otro momento inolvidable del MAM, que tiene que ver con la libertad de expresión, ocurre el 23 de enero de 1988 cuando un grupo de alrededor de 2 mil personas encabezadas por Pro–Vida, consigue cerrar la instalación de Rolando de la Rosa en el Salón de Espacios Alternativos, debido a que había una virgen con el rostro de Marilyn Monroe y un Jesucristo con el de Pedro Infante. La protesta ocasiona la destitución de Jorge Alberto Manrique como director del Museo. Fue un gran golpe percibido por la gente del medio como una enorme injusticia y una muestra de debilidad de la institución.

El MAM ha sido escenario de muchas discusiones que no solo han sacudido el ambiente sino que han hecho avanzar las ideas, que derribaron prejuicios y contribuyeron a terminar con el tabú de que hay símbolos y figuras que no se pueden tocar. Todo eso, por fortuna, ha quedado atrás. Ahora es importante mantener la fuerza que ha caracterizado al Museo. A los 50 años se alcanza la madurez, pero puede conservarse la rebeldía.


Tradición y vanguardia

La imagen del Museo está muy ligada a su colección permanente; es un gran peso simbólico. Tener cuadros de Frida Kahlo es una responsabilidad y una ventaja. Es la artista con la que la mayoría del público nacional e internacional se identifica. Mucha gente viene aquí específicamente a ver los cuadros de Frida y obras de la Escuela Mexicana de Pintura. Pero, a la vez, es una colección que está muy asimilada a la juventud, a todas las corrientes, a generaciones como la Ruptura.

Desde el principio, en el MAM hay exposiciones de jóvenes. Los primeros perfomances, happenings y videoarte tuvieron lugar aquí, en el jardín. Éste es uno de los pocos museos que están vinculados tanto a la tradición como a las vanguardias, a las tradiciones modernas, a la genealogía del arte contemporáneo.

Por eso también hemos seguido haciendo exposiciones sobre los orígenes del arte contemporáneo: qué querían decir los artistas cuando salían a la calle, cuando ya no querían estar en la academia porque les aburría, les hartaba. No encontraban en ella nada que aprender y se iban a la calle con sus acciones, con sus esténciles.

Nos preocupa recuperar lo sucedido con las generaciones de los años sesenta, setenta, ochenta, no descuidar la memoria reciente, pero al mismo tiempo tenemos que darle un lugar importante a la colección para que la gente sepa que aquí hay un patrimonio que es suyo. No es una frase demagógica. El público debe saber que aquí hay alrededor de 2 mil 600 obras, de las mejores que se han hecho en México, que son de todos nosotros.


Fotografía y arte contemporáneo

Aunque este no es un museo dedicado al arte contemporáneo, no es su vocación, por supuesto que tiene que abrirse a las nuevas generaciones haciendo una programación coherente. Una manera de atraer públicos diferenciados de todas las edades y todas las procedencias es la fotografía. Tenemos un acervo real de fotografía, y es un lenguaje familiar que llama mucho la atención. Es también una manera de hacer exposiciones internacionales. Es más barato traer fotografías que cuadros, aunque los autores icónicos de la fotografía moderna cobran derechos muy altos.

Por otra parte, incitamos a la gente a reflexionar sobre el arte contemporáneo, no exhibiéndolo en las salas sino mostrando su genealogía, que tiene que ver con la contracultura de los sesenta, con el movimiento estudiantil, con el rock, con la liberación sexual. Ahí está el origen de lo que vemos en el arte contemporáneo. Quizá mucho de lo que se hace ahora se fue por un lado muy conceptual, muy cerebral, o se fue por el chascarrillo, por la frivolidad, pero sus orígenes están en lo que se vivió en los años sesenta. Entonces, revelar los antecedentes, las fuentes del arte contemporáneo y volver la mirada al pasado reciente, es también una manera de hacer sensible al público de lo que se hace ahora y comprenderlo mejor.


Puertas abiertas

Una de mis primeras decisiones al llegar al MAM fue abrir la puerta que da al Metro Chapultepec, que estaba cerrada. Me pareció una pena no facilitar el acceso a tanta gente que circula por ahí todos los días (el domingo pasado tuvimos 4 mil visitantes; es difícil controlar a tantos porque tenemos un número limitado de custodios). Por otra parte, tenía una preocupación de equilibrio en la programación. Quería que la colección estuviera siempre bien representada en las salas, pero que tuviera una equivalencia con otras épocas, que hubiera ecos entre las cuatro salas del Museo para que formaran un discurso coherente y dieran un panorama completo de todas las épocas relevantes del siglo XX. Esta fue mi mayor preocupación desde el punto de vista histórico, didáctico.


Conservación

Hasta ahora no he tenido que renunciar a ningún proyecto de exposición por razones internas. Por razones externas, sí. Quería hacer la exposición de un fotógrafo que estuvo en México y al que conoce mucha gente, pero por exigencias del curador no pudo hacerse. Por lo demás, hasta ahora todo se ha hecho en los tiempos planeados.

El jardín es una de las dificultades que encuentro. Este es el único museo con un jardín en la Ciudad de México. Es una gran ventaja para el visitante pero para nosotros es complicado. Tenemos ochenta esculturas que forman parte de la colección y requieren mantenimiento porque son obras que están a la intemperie.


Espíritu retro

La arquitectura del MAM está fechada en los años sesenta: circular, con vidrios en lugar de paredes. Es muy retro, lo cual no quiere decir que sea obsoleto. El museo no ha envejecido y pretender cambiarle la fisonomía sería desnaturalizarlo.

Por lo demás, tenemos el archivo de María Izquierdo y con la Universidad Iberoamericana estamos haciendo un proyecto para catalogarlo. Con la Fonoteca Nacional estamos formando el archivo audiovisual con las conferencias de Mathias Goeritz, Salvador Elizondo, Octavio Paz, con las mesas redondas que organizamos para saber qué pensaban los intelectuales del arte hace cuarenta años.