La Guardiana de la Santa Muerte

El primer altar de este culto levantado en el DF está en la calle Alfarería del barrio de Tepito, y fue Doña Queta quien colocó ahí la figura en 2001.

Ciudad de México

Doña Queta entra a un consultorio del Hospital General. Cierra la puerta. Se apura en alcanzar la silla delante del escritorio. Se sienta. De sus brazos cuelga un sobre blanco como la cabeza de una paloma muerta. En su interior hay dos placas de su tórax.

Frente a ella está la doctora que la ha atendido desde hace unas semanas. Se saludan. La luz amarillenta que se filtra por las persianas flota sobre el aire frío de la mañana. De acuerdo al calendario que reposa en el escritorio hoy es 2 de marzo de 2012.

La doctora toma el sobre, extrae las radiografías y las mira a contraluz. Los pulmones se dibujan sobre las placas como las imágenes que surgen en un papel fotográfico sumergido en químico revelador. Una sombra sobreexpuesta aparece en su pulmón izquierdo.

Después de verificar que las placas tengan escrito el nombre de su paciente ––Enriqueta Romero–– la doctora le dice:

––Usted tiene un tumor en su pulmón… Y puede ser maligno.

Doña Queta, quien se fumó su primer cigarro en 1955, a los 10 años, se queda en silencio. Algo le dice que su tumor es cancerígeno. Siente, de pronto, que empieza a respirar de otra forma, como si algo dentro de ella se agitara, como si tuviera dentro de sus pulmones todo el humo producido por un derrumbe repentino.

Doña Queta, la mujer que desde hace 13 años tiene un altar de la Santa Muerte en la calle de Alfarería 12, en el barrio de Tepito, tiene miedo. La muerte, a la que le rinde tributo todos los días, por primera vez en 67 años, después de siete hijos, 57 nietos y 34 bisnietos, ha tocado a su puerta.


***

“Yo soy la señora Queta. Soy igual a cualquiera. Miento madres, y digo groserías: soy un ser humano. Y soy devota de la Santa Muerte desde antes de que el culto fuera popular. En esa época el culto era muy personal, una cosa muy íntima que se hacía dentro de las casas.

“Crecí en el barrio de Tepito. Y hace 57 años, una tía, que tiene como 30 años de morida, me enseñó una imagen pequeña de lo que yo creía que era una virgen. Ella le rezaba todas las noches. Era un papelito en donde la muerte aparecía vestida toda de rosa, con unos detallitos en azul y unas estrellitas. Por ella conocí a mi ‘flaquita’. Yo la veía y en mi inocencia me decía: ‘Está rebonita la virgencita’. Al crecer me di cuenta de que no era una virgen, sino la muerte…

“Yo veo muy normal que la gente hable mal de la Santa Muerte. Además, si no hubiera chisme, no habría noticias, ¿a poco no? ¡Pues eso es puro chismerío!

“Lo más triste de todos nosotros, y lo digo parejo, es que no sabemos respetar en lo que cree la gente. ¡Déjala vivir! Han venido personas de otras religiones a decirnos que todos los que somos devotos de la Santísima vamos a andar en el limbo, dando vueltas y vueltas. ¡Pus que me dejen bailar sabroso en el limbo! A ellos qué. Cuando yo me muera, a esas personitas tan lindas y metiches yo no les voy a decir: ‘¿Sabes qué? Chíngate la mitad de mis pecados, ¿no?’. Yo me voy a ir con todos mis pecados y yo solita me los voy a chingar. Entonces, déjenme ser. Cuando yo me muera, la ‘flaquita’ no me va a llevar. No me va a decir: ‘Vámonos’. ¿Sabes quién me va a llevar? Dios. Él le va a decir a la flaquita: ‘¿Sabes qué? Tráeme a doña Queta que ya nos hace falta acá’”.


***

Septiembre 7 de 2001. Cae la tarde. Llueve. Doña Queta camina a paso rápido por la calle de Alfarería. En la entrada de su casa se encuentra con su marido.

––Te trajeron un regalo.

Doña Queta se sorprende al ver una figura de la Santa Muerte de aproximadamente 1.70 metros de altura.

––¡Ah, cabrón!, ¿quién la trajo?

––Te la mandó tu hijo... Marcos

––¡Hijo de la chingada!... ¿Y ahora en dónde la voy a poner?

Días después, doña Queta le pide a su esposo que le fabrique un altar. Su intención es sacar la figura a las calles, mostrarla. A su esposo no le convence la idea, pero accede.

Doña Queta no sabe, no puede saber, el fenómeno de devoción que provocará el altar. No sabe que tendrá que lidiar con cinco mil visitantes cada mes. No sabe que su altar se convertirá en el primero de su tipo en toda la Ciudad de México. No sabe, no puede saber, que le apodarán la Guardiana de la Santa Muerte.


***

Alfonso Hernández, director del Centro de Estudios Tepiteños, cronista de barrio, organiza el Safari Tepiteño, un recorrido por los lugares más emblemáticos del llamado barrio bravo.

“El Centro de Estudios se creó en 1984 y nos hemos dedicado a recopilar toda la historia del barrio desde la época prehispánica hasta nuestros días, lo cual nos ha llevado a hallazgos impresionantes y a valorar muchos lugares y espacios de Tepito que no están registrados en la historia oficial”, dice Hernández mientras camina por la calle de Florida, acompañado de un grupo de alrededor de 10 “turistas”.

La intención de este recorrido, afirma Hernández, es superar los estereotipos y mostrar el carisma barrial por encima del estigma de la inseguridad.

En este perímetro de 48 manzanas, en el que habitan 50 mil personas, uno de los puntos a visitar es el altar de la Santa Muerte. El grupo de turistas que acompaña a Hernández atraviesa el Eje 1 Oriente y gira a la derecha en la calle de Alfarería. En las banquetas se forma una fila de personas que colocan sus imágenes de la Santísima sobre el piso. Algunos las “bañan” echándoles el humo de un churro de mota.

“Hay un intercambio: la gente regala rosas, manzanas. Hay gente que la purea; es decir, la limpian con mariguana o con habanos. Otros les echan mezcal. La gente es generosa, pues la Santísima ya le hizo un paro, por eso le regalan cosas. Significa que la cosa vale más regalada que comprada. Traes una bolsa de dulces y los empiezas a dejar”, explica Hernández.

El grupo de “turistas” se acerca a donde se ubica el altar de la Santa Muerte. Hernández saluda a doña Queta y le dice: “Venimos a saludar a las dos jefas”.

“Quetita es la Guardiana de la imagen de la Santa Muerte y la que cuida que el culto sea apropiado”, explica Hernández. Y agrega: “La gente que está sentada en las banquetas, ahí se queda. Llueva, tiemble o relampaguee no se mueve de su lugar hasta que se acaba el rosario”.

Los devotos avanzan a paso lento hacía una capilla con techo de lámina en donde colocan una vela sobre el piso. Después se persignan frente al altar y salen. A través del cristal se dibuja la silueta de La Santa Muerte, que sostiene un globo terráqueo en su mano izquierda. Alrededor de ella hay diversas figuras, como un búho, una corte celestial y una ofrenda compuesta de manzanas, puros, tequila y fajos de billetes. Hoy la “Santísima” lleva una túnica color azul. A la Santa Muerte se le celebra entre la madrugada del 31 de octubre y el 1 de noviembre. Además se realiza un rosario el día primero de cada mes.

“Yo la atiendo y la cuido porque me nace. Verla a ella me infla. Ver a la gente me infla. ¡A mí nunca me va a castigar la muerte, nunca! Dios le va a decir a ella que me lleve y me voy a ir”, dice doña Queta. Y agrega: “Además, ya sobreviví al cáncer”.

––Y aquí sigue de cabrona –interrumpe Hernández.

Estallan las risas.


***

Katia Perdigón, doctora en Antropología Social y autora de La Santa Muerte, protectora de los hombres (INAH, 2008), afirma que el culto a La Niña Blanca no está relacionado con la cosmogonía prehispánica.

“La Santa Muerte no tiene nada que ver con lo prehispánico, a pesar de que los mexicanistas afirmen lo contrario. En el mundo prehispánico, la muerte es un asunto de continuidad; en la tradición judeocristiana, es un castigo”.

En sus investigaciones, Perdigón halló documentos de los siglos XVII y XVIII, en los que los indígenas evocan a la muerte para hacer curaciones y rezarle.

“Los frailes les decían a la población indígena, a quienes estaban catequizando: ‘Te tienes que portar bien para que tengas una buena y santa muerte’. ¿Qué les estaban diciendo con eso? Pues es que la muerte es una santa. En ese lapso, entre aprender y definir, quedó el aura de santidad de la muerte en el imaginario”.

La doctora Perdigón documentó tres casos en los que la Santa Inquisición castigó a los indígenas que le rezaban a la muerte. Uno de ellos ocurrió en el pueblo de San Luis de la Paz, Guanajuato, en el año de 1797. El expediente de la Inquisición describe un ritual que consistía en amarrar y azotar a una figura llamada Santa Muerte, con el fin de que les cumpliera algún milagro.

 “Y, desde ese momento, le llamaban Santa Muerte. Le rezaban a un esqueleto con guadaña. Le rezaban lo que les habían enseñado los cristianos”, afirma.

Las esculturas más antiguas de la Santa Muerte, que la doctora Perdigón encontró, son la Yanhuitlán, Oaxaca, a la cual todavía le rezaban en los años sesenta y setenta, y salía en procesión de viernes santo; la de Chiapas, que se le identifica como San Pascual Bailón, una figura esquelética a la que se le rinde culto desde el siglo XVII, y la de Tepatepec, Hidalgo.

En la Ciudad de México, las primeras imágenes de la Santa Muerte, estampitas que se vendían en el Mercado de Sonora, datan de los años sesenta.

“En las oraciones dirigidas a la Santa Muerte te puedes percatar que le piden permiso a Dios, a los Ángeles y a Jesús”, dice la doctora Perdigón mientras busca una oración que ella registró en las páginas de su libro. Lee:

“Señor, ante tu divina presencia Dios, todopoderoso, padre, hijo y espíritu santo te pido permiso para invocar a la santísima muerte, mi niña blanca…”.

Lo anterior, afirma, es una prueba de que hay una influencia católica en el culto a la Santa Muerte. Por esa razón, sostiene, la mayoría de las personas que le rezan a la figura de la Santa Muerte son católicos que profesan devoción por el niño Jesús, la Virgen de Guadalupe y el cristo de Chalma.

“Cada quien le reza como quiere y a la manera que está acostumbrado. Por eso la devoción se ha acrecentado. Es tan libre que tú le puedes agregar a la Santa Muerte lo que quieras, con el fin de hacerla más eficaz, más potente”.

En sus 10 años de estudios y análisis sobre el culto a la Santa Muerte, la doctora Perdigón ha visitado en muchas ocasiones el altar de doña Queta, quien, incluso, la acompañó en la presentación de su libro en el Museo Nacional de Antropología e Historia.

“Ella fue la primera en sacar el culto a la calle. Su altar fue el primero de más de mil 500 que hay ahora desperdigados por toda la ciudad. Si uno va a las misas de doña Queta se encuentra con familias enteras, niños, viejitos, adultos, mamás y profesionistas. Entre los devotos de la Santa Muerte hay de todo, no solo El mochaorejas, como cree la mayoría de la gente”, concluye.


***

¿Pueden apagar la grabadora?, nos dice Doña Queta. Un hombre se acerca y le pide que le dé la bendición. Doña Queta se levanta. Persigna al hombre. Susurra una oración.

––Servido, mi niño.

––Gracias. Qué le vaya muy bien, Quetita.

Doña Queta es una mujer de respuestas tajantes, pero de trato amable. Su vocabulario oscila entre la tosquedad de un “jijodelachingada” y el cariñoso “mi niño”.

––Cuando se enteró de su enfermedad, ¿no le dieron ganas de insultar a la Santa Muerte?

Doña Queta alza las cejas, dos curvas trazadas con lápiz, y dice con su voz aguardentosa:

––¡Nooo! Cuando me dijeron que tenía un tumor en el pulmón izquierdo, me dije: ¡Ay, en la madre! ¿Con qué voy a respirar?

Después de extirparle el pulmón izquierdo, los doctores le prescribieron 17 sesiones de quimioterapia. Al principio, se angustió; más tarde ––dice–– confió en “su flaca”.

“Me le cuadré y le dije: ‘Estoy a punto de cumplir 70 años… ¡No mames! No sé lo que es una quimio, pero a los que se las han aplicado se los lleva la chingada. ¡ai tú sabes, eh!’”.

Cuando llegó al consultorio, decidida a recibir el tratamiento, el médico le comentó que no le iba a realizar la quimioterapia. Doña Queta no sabía qué decir.

“Usted ya no tiene cáncer… Quizá tiene una misión en esta vida”, le dijo el doctor.

“Todos tenemos una misión, pero eso que me pasó es cuestión de fe… Y, pues, aquí estoy”. Y agrega: “¿Qué es morir? Hay gente muy joven que tiene miedo a morirse. Hay gente vieja y pendeja, igual a mí, que tiene miedo a morirse. La gente piensa que tú vas a hacer algo malo y la muerte te va a llevar. ¡Vil mentira! Si todos somos una bola de pecadores, y si fuera cierto que la muerte se cobra nuestras malas acciones ya nos habría cargado la chingada a todos. ¿Por qué? Porque todos somos una bola de cabrones. Y cuando me muera, Dios me va a pedir cuentas y cuando vea que no debo nada, me va a decir: ‘Ya pásate, güey, ya vas pa’ adentro’”.