Rastros

Siempre me han parecido tristes los circos, falsa alegría la de aquellos que han perdido la compasión hacia un elefante encadenado o un tigre de dientes limados; lo único real es el dolor.
Elefante
(Arturo Fonseca)

Ciudad de México

Lo único real duele en la piel, los músculos, huesos, ligamentos. Difícilmente podría dañarme alguien cortando a navajazos mi animus. Caída sin protección, estrellarme contra viejas penas mientras conduzco por Insurgentes recordando a un hombre de olor a madera y whisky que amó un perro, lloró recordando su muerte, hoy sé que su dolor me hizo alejarme de él aquella noche.

El ideal se fue al carajo, ¿dónde estaba la alegría? Los veía tristes, me negaba cada vez que se presentaba la oportunidad de asistir, cualquier pretexto “me duele el estómago” “me dejaron mucha tarea”.

En la escuela regalaban los pases para las funciones, nos llevaron como premio por el segundo lugar en el concurso de ortografía inter escolar de la zona, la primera vez que vi un mono con peluca, pintado de payaso, con ropa, supe que era más desgraciado que sus colegas humanos, vestidos de igual forma, amparados bajo el pensamiento racional.

Tristes, animales tristes, de ojos desesperados, nadie parecía notarlo, mi maestra aplaudía emocionada cuando salieron los equilibristas sobre caballos tan delgados que sus patas parecían quebrarse en cada salto, más tristes eran los otros animales vertebrados vivíparos evolucionados que observaban: humanos.

Estos sucesos no son molestos para personas que han crecido con esa tristeza atravesada por herencia de adultos con espíritu triste. El sufrimiento es algo que no puedes entender hasta que se descubre lo que nos ocultaron para protegernos, una noche saltará contra nosotros como un tigre furioso.

Esos animales entraron en mi imaginación, no haciendo trucos, no obedeciendo, esos tigres y leones domesticados a latigazos, destrozaban a su entrenador, los osos mataban a los espectadores de primera fila, los perritos que saltaban aros de fuego saltaban hacia la libertad no sin antes morder a todo aquél que se atravesara en su huída. Los caballos pisaban a los equilibristas que caían al piso debido a los monos que cortaban las cuerdas del trapecio.

Los instintos de los animales pueden ser satisfechos, los seres humanos jamás estarán conformes con nada. El atraso humanitario que padecemos hace posible la existencia de personas que creen que es natural encerrar en una jaula animales salvajes o vestirlos. No se conforman con ser ellos los que disfruten un horrendo y pobre espectáculo, después se dan a la tarea de parir hijos y llevarlos.

Nada más triste que el zoológico de Chapultepec o el de Aragón, nada más triste que ver a un elefante haciendo trucos. Fui a recoger un perro atropellado reportado, avenida Sierra Hermosa, nombre favorable para adornar la indescifrable avenida en Tecámac. “Un gobierno con rumbo”, la única luz sobre los baches que alguna vez fueron carretera: el circo. Me acerqué para comprobar si mis miedos infantiles seguían ahí, la función había comenzado, compré un sitio en la taquilla, rodeé la carpa, siempre quise ver cómo entraban a la carpa los integrantes del circo, el boleto lo deshice entre mis manos cuando en la obscuridad, cerca de un carro vi un tipo vestido de payaso golpeando a puño cerrado con saña a un mono que negaba montarse a un triciclo.

Caminé para regresar, me detuvo ahí la presencia de un elefante majestuoso, vi sus orejas, si algo deja la pasión por la biología es la observación, era africano ¿no están en peligro de extinción? Risas lejanas, payasos, sombras tristes que comentaban sobre los 50 pesos que ahora sí les iba a dar el patrón por haber ayudado a enterrar a Matías, nunca supe a quién se referían, me quedé en silencio escondida cerca de una jaula, cuando estuvo despejado caminé hacia el auto, llamó mi atención una camioneta que se estacionaba en la parte trasera del circo, bajaron dos hombres, nos cruzamos, uno de ellos me confundió con alguien: “Me firmas, ponle la hora porque la otra vez no nos querían pagar porque dizque los trajimos bien tarde, llevo prisa, te los voy a dejar acá, ya no me da tiempo de echarlos al tambo”

Mientras firmaba otro hombre arrastraba dos costales de harina que dejó cerca de las jaulas vacías, otro apareció con dos costales más, el primero ya venía de nuevo con otros dos. Se fueron, mi primera reacción fue gritar, después saqué mi celular para marcarle a la policía. Colgué, vi el papel “3 perros gds, 5 perros ch, 6 gatos gds”.

Mi firma estaba abajo, guardé el papel, el contenido de los costales quizás podría ser un humano destazado disfrazado de carne de otros animales, nunca lo supe, horrorizada me alejé.

Antes de subir hice una llamada a la policía, colgué, a lo lejos se escuchaba el clásico “Damas y caballeros...” Esa estupidez de: “Damas y caballeros, niños y niñas, el gran circo de los hermanos...” debería cambiarse por “Cretinos and cretinas, estúpidos e insensibles, tapados, obtusos, niños y niñas que sus padres no educaron, tienen tiempo de salirse de este repugnante bodrio llamado circo para no acabar como los idiotas de sus padres....”

No pude marcar nuevamente, revisé de nuevo el papel, aquel contenido de
los costales servía para alimentar a otros animales: los que pagan un boleto de circo, los que están en jaulas ignoran que están comiendo carne de animales asesinados, el papel decía “alimento entregado a” con letras chuecas, mi nombre a
modo de firma bajo la leyenda.

Como pude regresé a DF, no sin antes buscar al perro atropellado que nunca encontré. Dudé, Ministerio Público, suicidarme, ingresar a la policía o irme a emborrachar, elegí la tercera opción. La muerte de un animal querido fue mi muerte en múltiples ocasiones.

Fui al Ministerio Público de Victoria, esperé inútiles horas “¿Probable rastro clandestino de perros  cerca de Sierra Hermosa en Tecámac? es delito, pero no lo voy a castigar, no puedo aplicar la ley en favor de los animales, prefiero investigar la muertita que apareció hace poco por ahí, ¿te enteraste?” Me enteré, quizás alguno de los destazadores era el violador y asesino, quien violenta un animal violenta a un ser humano, es una cadena de violencia, se lo expliqué, fue inútil. Manejar, distraerse. Tristezas lejanas que nunca entenderé.

Manejé hasta Insurgentes, lucía desolado, estacioné el auto cerca del Parque Hundido, recordé cuando todo eran patinetas con mi hermano, quedarnos viendo el reloj por horas, recordé a Negro, mi primer perro que se perdió, algunas noches lloro por él. Siempre me han parecido tristes los circos, falsa alegría la de aquellos que han perdido la compasión hacia un elefante salvaje encadenado o un tigre de dientes limados.

Lo único real es el dolor, compré una botellita de whisky, caminé, pasé de largo por la calle donde alguna vez nos encontramos. Pensé en su perro muerto, en aquellos ojos inmensamente tristes llorando, la única mirada honesta que pudo darme. Pensé en mis perros muertos, los que he recogido atropellados en Insurgentes, en las batallas perdidas, en la muerte de mi padre: un hombre que amaba a los animales, a sus perros, su perro viejo de apariencia lobuna lo siguió apenas un par de meses más tarde cuando intuyó que él no volvería a cruzar la puerta donde lo esperó bajo sol, lluvia, tormentas eléctricas que tanto le asustaban.

El hombre es el peor amigo de los otros animales con los que comparte el horror del mundo, es capaz de tirarse a la novia de su mejor amigo, de lastimar, mentir, pisar a otros para escalar ¿Creen que un león de circo no es capaz de matar a su domador?

Los animales poseen una naturaleza asombrosa, instintiva, no matarían la mano que los alimenta, sobreviven, son leales, concepto humano que solo aplica a los otros animales. El ser humano se tropieza una y otra vez con las piedras que le dañan, parece ponerlas sobre las heridas. Pasé por esa calle esquina con Insurgentes para saber si sentía algo, seguramente mi perro Negro se negaría a pasar una vez más por ahí, si a un perro le atropellan en cierta esquina y queda vivo, evitará la esquina. Si me pidieran borrar una zona de la ciudad borraría Insurgentes, borraría esa risita cínica tuya, me quedo con el tipo llorando por el perro muerto, clavaba los dientes de forma instintiva, no era un perrito domesticado haciendo trucos.

*Escritora. Autora de la novela ‘Señorita Vodka’, Tusquets