Quihúbole, ¿qué transas?

Se acoda en la ventana apenas el sol pardea al horizonte. Lo mira llegar a la esquina. Ahí está su hermano el Menor. Y escucha al Mayor que dice: otra vez vienes pedo.
Carpinteros
(Luis M. Morales)

Ciudad de México

El Menor escucha pero insiste en saludar:

—Quihúbole, putito, ¿qué transas? —Es su modo de saludar, así ha sido siempre. Parece que te reta, pero no. Así saluda. Tiene ojos de tigre, enorme panza, renquea con la pierna derecha.

—Camínale, ahí te alcanzo, dile a tu Jefa que no tardo.

De los dos carpinteros, él salió bueno para el trabajo en el taller. El Mayor destacó en la obra, encabezaba grupos de colocadores, armadores, chalanes, oficiales y medios oficiales y gozaba su trabajo. Le gustaba que el Menor viera que ya escaseaba material y arreara a su gente para que nada faltara a los de la obra: hotel, residencia, bungalows, tienda de autoservicio. Desde las máquinas se habilitaban las piezas que, armadas en la obra, serían el clóset, las molduras, ventanas, la barra del bar y sus accesorios, piernas y chambranas para el marco de la puerta, el vestidor, la cocina, los cuartos de la servidumbre...

Ambos se forjaron al lado del maestro Toyín, desde que barrían el taller hasta que se convirtieron en su brazo derecho: Los Bebés.

Los Bebés se van para Acapulco, a Las Brisas, luego al Acapulco Princess. Allá amacizaron, conocieron de la vida y sus placeres: premio por los días en la obra, a pleno sol, cabuleando, en el torbellino de la chamba, a las vivas porque los otros equipos tienen sus gandallas: los macuarros, los eléctricos, los tablarocas, los y las del aseo, los barnices, yeseros, arquis, maistros, llaveros, plomizos, pintores y tantos con los que hay que andar a las vivas.

—Otra vez vienes pedo —insiste el Mayor.

—Presta pa’ la guama, yo la traigo —dice el Menor. Ora, pa que dejes de estar chingando.

El Mayor le tiende un billete.

—Tráete dos…

El Menor es como su hijo. Desde que terminó la escuela primaria. Ya no quiso ir a la secundaria. Y el padre se opuso, mejor que trabaje. Pero cuando menos que estudie otro poco. ¿Tú lo vas a mantener? Ya casi mantenía la casa. Calibró la responsabilidad. Apoyaba al que estaba en el bachillerato. Y a las dos de primaria. Y cada sábado tenía un regalo para la más pequeña: chambrita, zapatitos blancos, un vestidito. El padre aportaba, muy poco.

La solución la dio el Menor con tremenda briaga. Con el hermano bachiller lo rescataron de la zanja donde, perdido, dormía. Llévatelo, dijo la madre: aquí se nos hecha a perder entre tanto vago malviviente y vicioso. A sus 12 años despertó en Acapulco, incorporado al equipo del maestro Toyín.

El Menor vuelve con los dos frascos. Helada la cerveza, refresca en la caliginosa noche. El taquero encendió sus luces, los pollos se rostizan a fuego lento. En la iglesia del padre barbudo y regañón tañe las campanas.

El Menor le mete muelas a la corcholata y destapa una, las dos guamas. 60, cumplió el Mayor; 49 años, el Menor.

—¿Cómo te fue en la chamba?

—Bien —contesta el Menor y bebe a pico de botella. Pchtchaaa, chasquea los labios y retira con el antebrazo la espuma que vibra en los canos bigotes.

—¿No quieres armar un grupo? Se van a Vallarta el viernes. Tienes una semana.

—¿Cuánto pagan?

Por el tono del Mayor, por enésima vez su negativa. Su taller lo volvió salón para fiestas, luego estacionamiento, fábrica de empaques de cartón. La entrada de China y Brasil al mercado mexicano echaron los precios de la mano de obra al suelo, saturaron con la producción en serie. Los carpinteros armadores devinieron en colocadores. El taller paró. Los maquinistas se quedaron sin chamba: Todo llegaba armado. Las herramientas se renovaron: casi bastaban taladros, atornilladores, sierras, brocas, taquetes y tornillos. Y eso casi cualquiera lo maneja.

—Pinches hambreadores. Mejor sigo sacando y metiendo coches.

—Mejor —dice el Menor—. Ya no habrá tiempos mejores. Chúpale que me voy a cenar.

El Mayor mira a lo lejos. La diabetes le ha debilitado la vista. Cuando sube la presión arterial los ojos se le tuercen. Va al ojista para que se los enderece. El tlapalero baja la cortina del changarro. En la vulcanizadora los talacheros juegan pocarín.

El Mayor y el Menor saben que los escuchan, pero no les importa. Si huelen el cigarro, miran hacia arriba y el Menor dice como enojado:

—Ya valió madres, nomás no te vayas a sentir el Popo y me eches la ceniza en la cabeza porque te corro a rocazos —y suelta la carcajada.

—Avienta uno para echar humo —dice el Mayor—. Va.

—Chúpale y me voy, si no mi vieja me madrea —dice el Menor…

El Menor se casó primero. Tiene una hija educadora y dos carpinteros. El Mayor casó después: una administradora de empresas y una peinadora son su orgullo. Al hijo le sostiene la carrera de administrador en el Poli al que siempre deseó entrar, fracasó y se consuela usando chamarras y playeras guinda y blanco con su burrito estampado.

Juntos crecieron en el oficio, recorrieron el país en las obras, se casaron, construyeron su casa y procrearon. Ambos son diabéticos, pero el Menor es quien más se aferra al trago.

—Te estás matando. Otra vez pedo.

—Pero con mi dinero, güey.

El Menor ya no chupa como antes. Ahora, a la tercer guama cuelga el pico. Y le ha dado por la hablatura automática. El Mayor aprovecha para sopear al hermano, hijo adoptivo. Le pregunta y el Menor responde entre sueños, atirantado sobre la banqueta con los brazos cruzados sobre la enorme barriga y los ojos fuertemente cerrados. En automático se queja de los sueldos, la chinga cotidiana, la familia, el hijo más chico que se le casa, el Hoy no Circula que lo manda a pie y cargando herramientas en peseras y Metro.

Ambos juraron que nunca se dedicarían a otra cosa que a los palos, como llaman a su oficio de donde ha salido para comida y vivienda, vestido y estudios a los que quisieron, diversión y cura de enfermedades, fiestas y coperachas para los velorios del padre y la madre…

—Que no mamen, yo no regalo mi trabajo: allá tú, por güey. Exigen todo y pagan una mierda…

—Es tu pedo. Yo si no chambeo me muero. ¡Que le chupes, te digo, que me voy a cenar! Viene mi vieja y la arma de pedo.

—Salú —dice el Mayor—. Pasan los patrulleron mirando con fiereza las botellas de cerveza.

—Escóndelas, verás que se retachan.

—Los mandamos a chingar a su madre: no le hacemos nada a nadie.

La torreta de la patrulla lanza destellos en azul y rojo. Se detiene en la esquina, el copiloto asoma la cabeza:

—Jóvenes, ya métanse y no estén chupando, que todavía circulan familias por aquí.

¡Adió! ¿A poco? —increpa desde la banqueta el Menor.

El tira lo mira. El Mayor agrega:

—Ai vamos, poli. Buena noche.

—Buena nocheee —remeda el poli—. Circulan a vuelta de rueda. Se entretienen con los vendedores de coca.

—Ya métete, orejón —dice el Mayor y levanta la vista. Ambos caminan y desde el expendio de pan se despiden del taquero.

De tanto estar acodado los brazos se entumecieron. Mañana, el Mayor, como siempre, esperará al Menor.

—Quihúbole, putito, ¿qué transas? —saludará el Menor.

*Escritor. Cronista de ‘Neza’.