La Purificación

La tranquilidad en República de Cuba, Callejón del 57 y Allende, no existe desde que tengo memoria. Tom Raworth, poeta inglés, vivió durante los años 70 aquí; me contó que desde entonces es una de ...


Decidir tu propia muerte no es fácil, no significa nada cuando no la planeas. Caminar la calle equivocada: un acto decisivo aunque carezca de voluntad. El hombre que hablaba por celular en el Callejón del 57 la madrugada del 7 de enero de 2016, está muerto, ¿servirá la remodelación?, policías en la zona, cámaras de vigilancia, luz, nada de eso detuvo al asesino. Un hombre, un charco de sangre, un cuchillo, la policía intervino después para capturar al criminal que se escondió en el Hotel Sonora, ubicado en Perú casi esquina con Ignacio Allende, junto a la cantina La Esperanza, han apuñalado y asaltado a varias personas en esa esquina desde hace mucho tiempo. La muerte de ese hombre me lleva al recuerdo de otro asesinato en Callejón de Héroes del 57 en agosto de 2015, las cámaras siguieron al matón hasta Eje Central casi esquina con Perú, lo detuvieron cerca del Bar Wawis. La tranquilidad en República de Cuba, Callejón del 57 y Allende, no existe desde que tengo memoria. El callejón siempre ha estado rodeado de violencia silenciosa. Tom Raworth, poeta inglés, vivió durante los años 70 aquí, me contó que desde entonces es una de las calles consideradas de las más peligrosas. Desde que llegó la policía e instaló el control de mando, empezó el caos, los autos en doble fila, los policías apartando lugares, son prepotentes, con la remodelación impiden a veces a los vecinos y turistas mexicanos (porque al güero hasta lo escoltan) pasar por la calle del 57, el arquitecto a cargo no es muy amable, han perjudicado en cuestión de ventas a los locatarios de la calle. Los policías tienen caras de criminales, por las noches acechan las dos esquinas sin intervenir en las peleas callejeras de los borrachos, ajenos, distantes, parecen más una amenaza que protectores de los ciudadanos, la noche anterior el 57 estaba como todas las noches de fin de semana, un desfile de frenéticos, muchos bultos drogados, pedos, vomitones, necios que apenas pueden caminar y andan buscando más fiesta, "¿a quién cuidan, a los rateros, a los pinches violadores verdad?", es una vecina increpando a un policía de rasgos agresivos que muy divertido está mirando cómo manosean a una jovencita ebria un par de tipos en la cortina de un bar.

La vecina interviene, la chavita está noqueada, le preguntamos dónde vive y cómo se llama, solo alcanza a decir que vive en Neza, le pregunto si conoce a los tipos con los que estaba, "no, los acabo de conocer", llamo a un taxi seguro, la vecina la sostiene, una de las "amigas" se acerca, no está sobria, al menos puede hablar, le pido que la acompañe a su casa, me da las gracias, "es que ya no teníamos dinero para regresarnos", esperamos el taxi, uno de los ruquitos me dice que para qué las cuido, nos tachan de metiches, argumentan que ellos las están cuidando, la que está más sobria dice que ella no quería estar con ellos, que lo hicieron para sacarles las chelas nada más, que se le perdió la amiga en el bar, salió a buscarla por eso. El más necio de los tipos sujeta mi mano con fuerza, me empuja, dan ganas de cerrarle de un manazo el hocico, me contengo, es un pobre borrachito al que seguramente ya lo está esperando una familia y su abnegada mujer, en lugar de pegarle empiezo a reírme, enfurecido intenta darme una cachetada, detengo el golpe, uno de los franeleros interviene, "órale, ¿qué traes?, ya vete a tu casa, párale a tu carro, son niñas, son mujeres, pinche puto, ¿qué...no puedes con una de tu edad?", los tipos se alejan, la vecina estaba muy enojada, platicamos, la noche avanzaba, nos comemos una quesadilla del puesto nocturno del 57, la encamino a su casa sorteando bultos oligofrénicos que aúllan, malos borrachos, son cómicos.

Desperté con ganas de un caldo caliente, es una mañana confusa, helada. Camino desde Perú hasta las orillas de La Merced, Fray Servando es un hervidero matutino. Es temprano, tomo el Metro elevado, todos tratan de ganar un sitio en los vagones de Metro, la pesadilla recurrente es un vagón varado cuando todos llevan prisa. El tubo es un fogón humano, son las 8:04 de la mañana, se apretujan unos contra otros, me obligan a formar parte de esa masa sin rostro. Ida, vuelta que parece infinita, los berridos de un bebé me distraen, decido bajarme en el Metro Bondojito para comer caldo de gallina y sopes, el Metro elevado es un mirador, otra ventana, un hombre va caminando por Congreso de la Unión a la altura del Metro Canal del Norte, camina con una pistola que apunta al frente. Camina muy rápido, grita algo, no puedo escucharlo debido a la distancia, los vidrios, al ruido del tránsito. La pistola ocupa una de sus manos, en la otra sostiene un vestido femenino,se pierde de vista, la bestia metálica avanza, ¿tendría valor para bajarme del Metro y detenerlo?, no, mala idea, mis puños no son los mismos de hace 10 años. Respetar la vida o la muerte ajena es lo único que los seres humanos jamás aprendemos, por eso no me bajé, trato de aprender.Es un Metro limpio, el barrio tiene fama de marginal y peligroso, los que nunca han estado aquí lo imaginan como un inmundo cinturón de miseria, vaya idea equivocada de los torpes prejuicios. Los que no conocen la colonia Bondojito estigmatizan de inmediato a sus habitantes, es una colonia limpia, de casas bien pintadas, se come bien, se vive bien. Bajo por las escaleras, Congreso de la Unión es una vena importante, los Caldos de Gallina Arellano han estado ahí desde que tengo memoria, aquí se reunían hace muchos años los boxeadores del barrio y de otros barrios a comer, la cerveza de barril es buena, el sope grande, bien dorado, hace el paro para llenar el hueco con poco dinero. Una pareja pone canciones en la caja de música, la vida pasa delante de todos, nada regresa, se besan, la vida les permite estar enamorados. El caldo caliente me reconforta, pido una orden de sopes, es demasiado temprano para una cerveza, pago, regreso al Metro, los vagones están más despejados. Bajo en Candelaria, camino hasta la salida sur de la Línea 1. Me recibe un olor a drenaje, un montón de chácharas están regadas en la entrada del Metro, los vendedores platican, una mujer tirada, la acompaña un perro pardo, viejo, un perro que no duerme, parece cuidar el sueño liviano, ella habita un vestido rojo con manchas de lodo y mierda, no lleva zapatos, ¿cómo saber qué le pasó?, imposible. Un teporocho canta junto a otros dos una canción, son oaxaqueños. Aquí ya no existe la laguna, no hay patos ni gansos, el barrio no ha cambiado tanto, probablemente la primera ciudad perdida se asentó aquí. Lucha Reyes vivió en una vecindad de La Candelaria de Los Patos, la voz y las letras son cercanas al ambiente de sus habitantes, a las vivencias, el sonido de arrabal siempre me ha parecido hermoso. El fotógrafo Henri Cartier-Bressony el poeta Langston, vivieron cerca de aquí también.

He regresado a La Candelaria de los Patos a recordarme. De odio en odio fui diluyéndome en aquellas noches en ese diminuto cuarto de la calle Emiliano Zapata. Personas aborrecible, jetas detestables, olor a miseria inundándolo todo. Necesito de la rabia para soportar todo lo que me rodea. Pese a los años perros, no me amargué, simplemente entendí que a veces, convertirse en nada, es mejor. Vago por La Candelaria, un viejo afuera de una vecindad, está sentado apaciblemente en un banco, un "buenos días, ¿oiga, usted sabe algo de la fábrica de cerveza que existió por acá?", se convierte en una plática de casi una hora, me cuenta lo que sabe sobre la fábrica de cerveza, su voz es intensa, hago un comentario acerca de sus manos, boxeaba, nací en la calle de Panaderos, mi padre también boxeaba, hizo todo por su familia. Nos mudamos acá cuando era niño. Mi padre nos sacó adelante, dos hijos que mantener, mi madre, mi mamá Lichita, estaba inválida, no pude ir a la escuela, mi hermano el más chico sí, salí bueno para los fregadazos, no, no me quiero ir de aquí, me gusta vivir aquí, ¿dónde dices que vives?, sí, conozco la calle en la que vives, a ver si regresas a visitarme, aprieta mi mano, ese hombre tiene mucha fuerza, me despido. Regreso al Metro. No me dan miedo los "chineros" de la zona, ¿qué me pueden quitar?, dejé mi dinero en los caldos Arellano, ¿la vida?, esa la tengo empeñada, nunca regresé por ella. La Ciudad de México parece próspera, a lo lejos están las calles remodeladas, el Centro turístico, voy a bajarme en Martín Carrera, queda tiempo para vagar un poco, desde el Metro elevado puedo ver la Torre Latinoamericana, símbolo del año 1972, también puedo ver la profunda miseria que la falsa modernidad siempre ha tratado de esconder, tinacos, vecindades, perros famélicos y sucios de azotea, cuartuchos miserables, desempleados, suicidas, existe belleza en el caos. Nada logra esconder la pequeña ciudad perdida que es la orilla de La Candelaria, justo detrás de La Merced. La ciudad es más grande, somos muchas ciudades, el pedacito de ciudad en el que vivimos es apenas nada.

* Escritora. Autora de la novela 'Señorita Vodka' (Tusquets)