Pura psicología, y mis clientas: convencidazas

Creo que más que lencería vendí vitaminas para la autoestima. A la semana siguiente me encontraba a las clientas y hasta chapitas lucían. Qué jodido que no se den su lugar, que se afodonguen, que ...
Pura psicología, y mis  clientas: convencidazas
Pura psicología, y mis clientas: convencidazas (Luis Miguel Morales)

Tengo dos hermanos. Pero soy la mayor. Y fui la consentida del Señor Agonías, mi papá. Estando bien con él, mi mamá fue cero a la izquierda. Eso me hizo ser como soy. Sin vejigas para nadar. Confiada en mí. Sin esperar al sapo que, con un beso mío, se convirtiera en mi estorbo y al que además debía atender: lavando su ropita, preparando su comidita, cuidando a sus hijitos, atendiendo a que me tronara los dedos para de volada correr y decirle: "Qué se te ofrece, papito; dime, mi amor; ¿se te ofrece algo, rey?; estaba en el baño, pero ya estoy aquí, tesoro".

Ser la consen de mi papito me evitó ser esclava. Dejé la escuela a temprana edad, me gustó el comercio, me fui a vender a los tianguis ajos, cajetillas de cerillos, chicles para el mal aliento de a tres por uno, dos por cinco varitos; rollitos de canela para el arroz con leche; pomadas contra el dolor, con diclofenaco y naproxeno: de a diez.

Luego, intenté con la lencería: primero entre las vecinas, luego en el tianguis. Aunque estuvieran gordotas-gordotas como barril pulquero, o tilicas-anémicas, talla de menos tres bajo cero; chingona me fui haciendo para levantarles la moral, la autoestima: manita, si yo tuviera tu cuerpo no andaría dando lástimas; estás pobre porque quieres; mira, lleva esta tanguita y verás que tu bombón estará como un pajarito comiendo alpiste de tu manita; me cae, manita. Pero no se lo des así, de sopetón: prepáralo, hazle cariñitos, date a desear; ¡pues si estás para escoger, no para arrebatar! Eso sí, que ya los chamacos estén bien dormidos o te echan a perder la inversión y la diversión. Este de encaje blanco te sienta bien, resalta tus líneas, es elegante pero sobre todo caaachorrooo.

Pura psicología, y mis clientas se iban convencidazas, dispuestas a reconquistar la atención del garañón desvalagado.

Con las flacas era más fácil: dile a tu marido que, ¿qué anda perdiendo el tiempo con sus lonjudas nalgonas? Presume tu liviandad, cariño; dile: conmigo nada de que muévete; pues primero bájate. Nada de eso. Eres como una plumita, flotas entre las sábanas, no chorreas grasa a cada movimiento; lo tuyo es flotar: como el aire, como pelusa entre sus brazoootes toscos; enséñale que vales la pena, que nadie como tú; convéncelo de qué anda buscando manteca cuando en su casa tiene pura ¡carniiitaaaa, m'hijita! Animal, pues qué no ve. Pero verás: te recomiendo el babydoll transparente, en negro para que contraste con tu piel blanca: verás si te vuelve a decir ¡piel-de-pollooo! Y en satín, talla ajustable para no errarle. Méndigo: te juro que sus ojotes de ternero amodorrado serán todos para ti, reinita. Y primero: presúmele estos shorts vaqueros con apertura al frente. No falla.

Creo que más que lencería vendí vitaminas para la autoestima. A la semanas siguiente me encontraba a las clientas y hasta chapitas coloradas lucían en los cachetes. Qué jodido que no se den su lugar, que se afodonguen, que los pellejos o la lonja las invadan. Ay, me daban ganas de llorar con ellas de alegría. La fodonguez te hace nada.

Quizá hubiera sido más fácil decirles que se alesbianaran, pero si lo suyo era la maciza, las hice zapatistas: "La maciza es de quien la trabaja, no de brujeres que solo ven al marido como proveedor o verdugo". Digo, deveras que apliqué pura psicología. Si supieran, ellos me los agradecerían.

Pero se me ocurrió cambiar de giro. Para que mis clientas expandieran su imaginación: juguetería sexual. Mala inversión. En primera: ventas por catálogo, para ir a lo seguro. Y no es lo mismo en foto que de cuerpo presente. Escogían un dildo oscuro, creían que medianón. Pero cuando se los llevaba se espantaban. Ay no, mi viejo va a decir que la que hambre tiene, en pan piensa. ¿Qué: tan miserable está la dosis en tu casa?

Gordas y flacas se ofendían. Les ofrecí pomadas, anillos vibradores, tés intensificadores para ella y para él; feromonas sintéticas, y hasta aditamentos para que ellas cabalgaran para él y estimularan su punto G y las paredes de todo su ser y de pilón el frijolito que todas tenemos, con diferentes niveles de vibración.

Se me espantaron las señitos. Que eran capaces ellos de cambiarlas por los juguetes, y no lo dudo: me dio mucho coraje. Fue mala elección de mi nicho de negocios: ni modo de sacar la mercancía al aire libre y meroliquear como el de la bolita, la bolita, ¿dónde quedó la bolita?

Tache. Pérdidas. Fracaso en mi récord de emprendedora.

Recordaba a mi pa. El Señor Agonías. Me quiso mucho. Me dijo: no te dejes mangonear por los pendejos. Tú tienes un don que a los hombres nos encanta. Dosifícalo. Es tu mejor arma. Demuéstrale que lo quieres, que no lo buscaste para que te mantenga. Que no le demandarás pensión alimenticia como cualquier muerta de hambre. Que vales por ti misma. Estaba harto de mi madre. Lloriqueaba, ella. Que el gasto no me alcanza. Que los niños necesitan, que la despensa se acabó. Que no me despiertes para tus cochinadas. Que dame para la cooperación de la escuela.

Y mi padre, el Señor Agonías, agonizaba de impotencia. Porque aunque se chingara el lomo 12 horas al día, no acabalaba para todas las necesidades de la familia. Y mi madre, con su cara de mártir, presionaba, y las ubres de la vaca Señor Agonías estaban resecas. Quizá pensaba que las pondría a reventar con tres guamas. Nomás terminaba pedo y se dormía.

Yo lo miraba triste. Roncaba sobre la mesa del comedor. Babeaba. Despertaba de mal humor. Mandaba por tres caguamas más. Y así le amanecía el lunes, de madrugaba hacía la parada a la pecerda y de nuevo se iba a la chinga. Mi mamá se lanzaba al mercado antes del mediodía, hacía sus compras y se plantaba frente a la escuela primaria esperando a mis hermanos.

El Alien estaba afuerita, veía salir a mi mamá, tocaba y yo le abría. Ufff, hasta la una era de mete y saca, mete y saca, mete y saca. Hazte unos wevitos refritos, antes que llegue la domadora de tu apá. Ah chingá: háztelos tú, si tanta hambre tienes; y ve a comprarlos, aquí no abundan, le decía yo y El Alien se encabritaba.

Así empezó nuestra relación. Quedé embarazada. Mi mamá insistió en que nos casaran. Ah chingá, y como para qué: dije yo. Para que no termines de puta. Dijo mi mamá. Mi papá, el Señor Agonías, nada más movió la cabeza y en cortito me dijo: tú lo que creas que debes hacer.

Al año mandé a El Alien a la chingada. Y comencé a valerme por mí misma. Y no me volví tortillera. El Alien dijo: pero me haz de pedir que te ayude. Yo le contesté: mira qué pendeja te la encontraste. Y decidí valerme por mí misma. Y aquí me tienes. Y si quiero un buen taco de maciza, hasta lo pago. Sin compromiso. Pendejo.

Sigo vendiendo en los tianguis. Ahora: productos para bajar de peso, y también para subirlo. Buen negocio: las flacas quieren aumentar nalga, crecer chichi, incrementar bíceps, lucir buena pierna; las gordas, en principio: pegarle a la llanta, borrar estrías, afianzar tejido, que no cuelgue el pellejo desocupado por la manteca.

¡Quiere milagros todo el mundo, chingao! Y yo vendo promesas, ilusiones. Y me las pagan. Ni quién se queje. No me va mal.