Puentes del diablo

Todas las promesas que te hice en los puentes de División del Norte están rotas, no somos los mismos de hace años, nunca lo seremos, decidiste tragar todo el rencor, no escupirlo. La última mirada ...
Perdido en la ciudad.
Perdido en la ciudad. (Luis M. Morales)

México

Perdido en la ciudad. División del Norte, sus puentes del diablo por los que ya no cruzan perros. Al primer ser que besé fue a la luna, una noche mientras por la ventana escuchaba los gatos en celo de la cuadra. En mi piel su luz muerta parecía decirme algo, besé su inmensa luz tan fría. El pacto fáustico no me servirá de nada. Un puente al año 1996. Alguna vez conduje un Mustang por la carretera a Todos Santos sin saber nada de autos, camino a mi libertad atropellé a muchas personas que amaba, al final encontré un motel barato, sin cucarachas, el olor penetrante de tabaco, sexo y desinfectante me sedujo. Mi casa no era más limpia. Con mucho whisky en las heridas empecé una nueva vida. No creía en lo sobrenatural hasta que leí algunas partituras de Paganini, me obsesioné por pedirle al diablo todas las noches un puente para conocerlo, que construyera un puente para sentir sus fusas furiosas. Mi madre afirmaba que cuando estaba embarazada soñaba al diablo. En una de las esquinas de la cocina le pedía que le sirviera vasos triples de whisky, así que cuando a los siete años me descubrió bebiendo whisky en la cocina dijo: "Sabía que morirías de ese veneno, el diablo me lo dijo una y otra vez, me advirtió todo lo que ahora está ocurriendo", mi madre era una adicta a la piedra, murió escuchando un disco de Lou Reed, mientras la abuela me llevaba al zoológico en domingo, ella odiaba los sábados, decía que las personas eran demasiado alegres y tontas en sábado, You're the kind of person that I've been dreaming of, You're the kind of person that I always wanted to love. ¿Qué hago encerrado en mi cuarto?, es Año Nuevo, las personas afuera celebran.

Soñaba con un violín de cuerdas de tripa, uno que pudiera arrojar el trémolo perfecto. El diablo no es real, tampoco el anhelo de conseguir un amor barato que me distraiga de lo que me consume. Si lo piensas bien, todo lo que piensas podría desaparecer, si no piensas en eso: desaparece. En mis secretos más extraños conservo el olor de las manos de mi abuela, siempre olían a yerbabuena, llevaba un ramito, un pequeño atado en la bolsa, frecuentemente me enfermaba de cualquier cosa, entonces ella, con sus manos, me ofrecía las hojas, me pedía que las masticara, las ganas de vomitar o la fiebre desaparecían. Camino a casa siempre se aparecía el vértigo, la duda, el dolor de una madre que cerraba la puerta todos los días del año mientras su hijo investigaba sobre la soledad. Aquí no está tu recuerdo, todas las promesas que te hice en los puentes de División del Norte están rotas, no somos los mismos de hace años, nunca lo seremos, decidiste tragar todo el rencor, no escupirlo. La última mirada que me dedicaste estaba sucia, triste, resentida. Me recordaste a la enorme pantera del zoológico, parda de tan sucia, tan miserable y delgada. Esa pantera que se paseaba repetidas veces junto a su cárcel, el sonido de las barras contra su piel. Ese glisser tan desgastado de su salvaje naturaleza muerta, asesinada por sus captores. Su mirada no atrapaba nada, se había mimetizado con las barras. Sus extremidades antes flexibles, denotaban una extinta fuerza. Ella giraba una y otra vez en ese inmundo ciclo de su muerte, bailaba para la nada, trataba de que me mirara, alguna vez lo logré, lo que estaba ahí no me gustó. Así que esa última mirada tuya sin voluntad, me regresa a esa danza.

Ustedes eligieron el odio, todos mis muertos eligieron envenenarse, elegí golpear la madera, no existe nada más armonioso que golpearla suavemente hasta producir un ruido blanco. No me preocupa gastar mi arco, no me detiene nada cuando estoy golpeando suavemente. La frecuencia del sonido es la frecuencia de mis recuerdos, si nada estaba sonando de fondo: no te recuerdo. El Capricho 24 suena, me conduce a una estación de trenes cerca del Hudson. Esperé a la mujer alemana sentado en una banca roja. El otoño era visible, recorría el aire con ese pasmoso acierto que anunciaba la cadencia de la caída de las hojas. En Grand Central me sentí ajeno, el concierto resultó otra noche, el duelo una deuda impagable. Corrí para no perder el tren, no lo logré, me subí sin ticket, mi violín me acompañaba. Verrazzano también observó este helado río, de mareas tormentosas, fuertes. ¿Sabes que el Hudson es un estuario?, la desembocadura se abre al mar. Su corriente natural furiosa me situaba en la infancia una y otra vez. Los días apacibles pueden morirse de aburrimiento, el carácter duro de mi abuela forjó un hombre solo, uno al que no le pesa la natural inclinación a encerrarse por semanas. ¿Y qué hay ahí afuera?, cuéntame, me gustaría saber qué demonios existe allá afuera que es tan atractivo, ¿la compañía de personas repulsivas que no dudarán en traicionarte o condicionarte? No me interesa investigar sobre las miserias ajenas, un hombre solo no necesita de errores continuos para forjarse de hierro ante los que gozan con verle derribado.

Los pensamientos de las personas corren en muchas direcciones, tienen distintos ritmos, desembocan todo el tiempo en sitios disímiles. El caudal es lo más común, personas cuyas cabezas torpes giran en enormes cantidades de porquería y estupidez. Otros se pierden entre la afluencia y confluencia, ponen empeño en el curso de sus pensamientos. Lo que me interesa es la desembocadura, esa fue la razón por la que tomé un tren para recorrer el Hudson. No me interesa desembocar en delta o ese accidente geomorfológico llamado ría, no me gusta someterme a la acción de las mareas. Huyó de las personas fiordo, sus fisuras son tan hondas que es imposible seguirles. Siempre quise ver de cerca un estuario, ser uno. Ese río profundo que por fin se desata embravecido en otro sitio. En invierno las personas que se acercan al Hudson portan abrigos, de otra forma su frialdad es insoportable, nos parecemos. Si te acercas en días brillantes tendrás suerte, si por error te cruzas en un día amargo, siempre voy a decepcionarte. Tenemos dos sitios: derrumbe y construcción. Jamás elegí el primero. Mi madre era muy parecida a un glaciar, su línea de equilibrio era inexistente, un glaciar subpolar, frío en el borde, por dentro permanecía temperado. Ese cuerpo permanente un día se deshizo por la presión del exterior, solo así puedo explicar que ella decidiera irse. Las capas más profundas de la existencia de mi madre, eran hielo. Ella no me educó para la obediencia.

El año está muriéndose, como las esperanzas de los que lo han perdido todo. Pienso en una noche específica. Las elecciones equivocadas son las que más duelen. Eres polvo, una ceniza, mis muertos son ceniza, los tuyos son pesados cuerpos podridos que desentierras cuando te sientes sola. Quizá nunca podré saber si lo sobrenatural existe, quizá nunca podré acariciar ese viento ficticio de otra existencia lejana a mi habitación a las 11:42 del año viejo. Es imposible regresar sobre nuestras miradas, la pantera está muerta, tú también, es imposible regresar de aquellos pactos falsos pactos fáusticos en que se jura eternidad o lealtad, matamos siempre al otro, a veces nos creamos un paisaje falso, creemos que podemos continuar, los otros siempre avanzan. Hace mucho tiempo que elegí dejarles avanzar, porque huir jamás fue una opción, los hombres solos no podemos escapar, no estamos posibilitados.

La débil luz nublada me acompaña. Tantas mañanas entré con la luz de las nueve de la mañana, arrastrándome de cansancio tras una noche de farra. Una y otra vez tuve que apiadarme del miserable que había tirado el dinero en whisky. En los vértices del tiempo anidan furiosos ríos. Harto de contemplar mareas, busqué otro ángulo, llegaron apacibles lagos que como espejos dejaron otros vértices. Como te dije: las elecciones no son correctas siempre. Una noche el diablo me concedió el puente. Estaba ahogado en vasos triples de whisky en Calzada de Tlalpan. Salí caminando de ese bar. Una vez más recordé ese viejo deseo mientras metía mi mano al abrigo para buscar dinero y subirme a un taxi. Fueron unos segundos, como los faros de un auto en la niebla. Ahí estaba. No crucé, a lo lejos un perro electrizado ante la figura de un hombre de aspecto desmelenado, dedos como varas raquíticas de cerezos en invierno, saliendo de un abrigo roto y oscuro. Ese perro pagó mi capricho. Un pobre perro con el lomo erizado desapareció entre el despunte de la madrugada y mis ojos rabiosos de tanto llorar ante el romance de dos personas que jamás van a conocerse.

*Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets)