Princess

Amplio y doloroso eje interior destrozado. Hombres y mujeres tatuados con viejas plegarias de miseria se hunden en cuartos húmedos de soledad con cucarachas, ladillas, jeringas, gritos, cucharas, ...
Princess.
Princess. (Especial)

El tiempo no puede salvarte, encadena. Si acaricias a un animal herido provocarás una herida queloide, las buenas compañías son balas expansivas dentro del cuerpo de un animal sin piel. Cuando nos conocimos éramos bestias sin piel, solos, heridos. Las personas aisladas pueden dañarse con cualquier caricia, la compañía es una navaja. No regresaré al Hotel Maya, mi dosis de gloria y la habitación 305 no existen; Manuel M. Flores, colonia Obrera: una sombra en mi vida. La mente envenenada de viejas pesadillas, la noche me traga, le temo al alba. Una turba cruel me despierta, son los adictos del cuarto 14, están gritando, golpeando la pared otra vez. Heroína, soledad y desesperación.

El Hotel Princess en República de Cuba número 55 parece más desolado que hace 19 años, escaleras torcidas, el olor a mariguana se expande en el pasillo, el recepcionista está leyendo, apenas me mira, pago, extiende un papel de baño hecho jirones. Lo que caminamos anoche ya no existe. El día no me pertenece, aprendí de memoria cómo olvidar los sucesos alegres antes de caer rendida ante la torcida sonrisa o las palabras amables pronunciadas la mañana siguiente, no te quitaste los zapatos, sí me quité los zapatos, no te los quitaste, me los quité. Sucias paredes color crema, salpicadas de orines, sangre, alcohol. La ruina en la que me he convertido, mi vida es un trago de ginebra Gibson's, un arponazo a las 8:07 de la mañana.

De la esperanza a la desolación. Soy una esquirla en la noche, la afilada punta de una caguama rota de piquera, la dolorosa vida. Pensé en ti antes de condenarme, antes de pagar por la realidad de una noche de 110 pesos en la habitación 15 del enchinchado Princess. Buceo entre fantasmas, me atraganto del recuerdo inexistente de nosotros en un auto, la carretera rumbo a Todos los Santos, otra vez me acecha un recuerdo que no existe. Amplio y doloroso eje interior destrozado. Hombres y mujeres tatuados con viejas plegarias de miseria se hunden en cuartos húmedos de soledad con cucarachas, ladillas, jeringas, gritos, cucharas, encendedores, veneno, muerte, odio. Soy una bestia sin piel, un animal solitario con dos obsesiones: la muerte y la duda. Bastó una breve caricia para recordarme que duele tener piel.

Al verte sentado y derrotado en la barra, pensé en todos esos perros que duermen abandonados en las calles, pensé en un perro callejero que persigue el amor que no tendrá, por eso me largué dejándote tres tragos pagados. Nuestro amor alguna noche fue un dios pagano, salvaje. Voy caminando por República de Cuba para conseguir una inyección. Da igual, he muerto asesinada miles de veces en bares sucios, ahogada en ginebra, sola; caminando sin rumbo en la noche, marcando teléfonos que jamás contestan, rodando como una propaganda que nadie lee. Voy saltando las bolsas de basura, he pateado una enorme para abrirme paso en la banqueta, no me gusta caminar en medio de la calle, es la autopista de carreras favorita de las ratas. El ruido de la bolsa crece, ha sonado como si cayera un muro roído por el tiempo. Un perro-cadáver aterrado, me mira desde su inmensa soledad; se levanta con gran dificultad; las patas parecen pequeñas ramas a punto de fracturarse, intenta caminar, después de varios intentos lo consigue, me arriesgo, lo sigo, lo rebaso, tengo suerte, ahora me sigue. Camino muy lentamente, es increíblemente flaco, no está tan resentido como para no seguirme, su lentitud mortal me recuerda que esta noche, el cansancio de mis manos trata de abrazarme para no suicidarme. Escucho los débiles pasos de ese perro, no te conté de aquella vez que me disparé en medio de los ojos para comprobar que estaba viva. No te conté de aquellas veces en las que no pude levantarme debido a múltiples disparos en la nuca, no me gusta causar lástima, me da tanto asco como la misericordia. Una mañana desperté sola en el Princess con una liga floja atada a mi brazo, la boca seca, vómito seco en el piso, huesos quebrados, las piernas temblando, el dolor de cabeza se extendía hasta la quijada, los músculos se contraían una y otra vez. El perro sigue caminando, sin rumbo por la noche, ahora soy yo quien lo sigue. Atravieso el callejón, escucho música que proviene de un sitio al que jamás he entrado de día, siempre de madrugada. Una mujer que está llorando en una mesa, sostiene su trago de manera heroica; nuestras miradas se enlazan por un momento, no quiero verla, las lágrimas jamás deben derramarse frente a extraños. No quiero ver a los tipos que están al fondo, son judiciales. Avanzo, una voz que no parece humana me invita a pasar, le explico que no vengo sola, lleva lentes, chamarra azul pálido, también el perro puede pasar.

—¿Tienes carne?

—¿Carne?

—Para mi amigo...

—Tengo algunas salchichas.

—Por favor.

—Claro.

—No tengo dinero.

—Nadie te está pidiendo dinero, la mujer en la mesa te está invitando

Alza el vaso, me doy cuenta que ese rostro lo he visto en algún lugar, podría ser yo reflejada en el espejo del local. El perro se esfumó, salgo a buscarlo mientras el hombre de los lentes deposita una caguama y un vaso en la mesa. Está echado afuera a un lado de la puerta, lo acaricio, regreso a la mesa, bebo a sorbos lentos, me traen las salchichas, me levanto, las dejó a un lado de su cuerpo esquelético. Pido más, cinco pequeños platos que significan vivir. La cerveza se ha terminado, no sé por qué te dejé en la barra, preferí lastimarte.

El perro ha entrado al lugar, se echa bajo la mesa, no me importan los judiciales, sé que estaría dispuesto a dar su vida, ¿cómo lo sé?, la noche que nos encontramos vagando en República de Cuba me llevaste al Princess, no tenía ningún lugar al cual ir. Desde esa noche algo se ha roto, es imposible saber qué. La música se va apagando poco a poco, la mujer que me ha invitado paga la cuenta, suplica que la acompañe, caminamos por el callejón hasta Amargura, vive ahí, en el edificio frente a la fuente, el perro camina alerta delante de nosotras. Mete la llave, entramos, subimos las escaleras en ruinas, nos cruzamos con dos niños que ríen mientras se incendian en crack.

Entramos, me siento en el piso, saca una botella de anís barato a la mitad, el perro permanece inmóvil en la puerta, lo deja pasar. Bebemos hasta terminar la botella, recuerdo que no tengo dinero, decido buscar algunas monedas, la plaza es un hervidero, salimos de ahí, un perro vivo y una mujer muerta por sus recuerdos. Camino a la tienda, me fían algunas noches, encuentro a Ofelia, una puta vieja sin dientes, está recargada en una de las paredes mirando a unos norteños que le están tocando a una pareja, lleva una falda verde esmeralda corta, saco morado, me saluda, la abrazo, le pido que me acompañe a la tienda. Nos están mirando, son más de cinco tipos, claramente vienen por ella, de paso por mi. Corremos, atravesamos Eje Central, se escucha un golpe seco, un auto frena colapsando el inmenso silencio, cierro los ojos. Confusión. La mujer está sentada esperando una botella de anís barato, la mujer cierra los ojos, grita.

Ofelia está hincada, el auto a toda velocidad se aleja. Abro los ojos, logro ver las letras de la placa. Está temblando, estamos hincadas en medio de la noche, los ojos de Ofelia se clavan en el piso. Los autos pasan muy cerca de nosotros, no se detienen, algunos mariachis y turistas curiosos nos ven desde los portales. Ningún auto se detiene, siento rabia. El aullido se ahoga entre sonidos de fiesta. Grito con todas mis fuerzas, no sé qué grito, no entiendo nada de lo que grito, no tiene traducción, rabia y el dolor salen expulsados desde algo dentro de mi que pensé muerto. Era color amarillo, un maldito auto amarillo, las placas, las recuerdo, ahora sé lo que busco, corro con todas mis fuerzas por el túnel, los autos pasan tan cerca, tocan el claxón, derrapan o avanzan, sigo corriendo. Tú estás en la barra, voy a encontrar el auto amarillo, voy a destrozar el rostro del conductor, le quitaré las llaves, regresaré por ti, sigo corriendo. Existiré pese a todo en noches que todavía no existen. No tengo miedo de nada, ni de los autos, ni de la rabia que se apodera de mi; detendré el auto, recibiré otra vez aquella risa como las última esperanza al final de la noche, una noche que nació muerta como nosotros. Sigo corriendo, no me detendré. Un perro vivo está tirado en el Eje Central.

* Escritora. Autora de la novela 'Señorita Vodka' (Tusquets)