"Piratas" sueltos en el Centro Histórico

Los fines de semana circulan unidades con tarifas exageradas, pues algunas llegan a cobrar hasta siete veces más.
Servicio de la Ciudad de México.
Servicio de la Ciudad de México. (Octavio Hoyos)

México

Es sábado. La pareja  de adultos necesita un taxi. Le urge. La mujer, recién operada de la vesícula, quiere salir del Centro Histórico de la Ciudad de México, pues sufre dolencias. Pasan unidades. Unos tras otros. Libres. Sobre Uruguay e Isabel la Católica. El marido extiende las manos en señal de que frenen. Nada.

Más personas, entre éstas algunos turistas, andan desesperadas en busca de taxis, algunos de los cuales, sin pasajeros, dan vueltas y vueltas, y a veces se detienen frente a usuarios; entonces, los conductores escrutan, preguntan, discuten, incluso manotean frente al pasaje, y se van de filo.

—¡Abusivo! —grita una mujer.

El taxista mete el acelerador y enfila hacia el Zócalo, al mismo tiempo que echa la mano derecha hacia atrás, signo de una mentada para la usuaria, quien patalea sobre la banqueta y corre otra vez.

La mujer comenta la situación a dos patrulleros y le sugieren algo que la usuaria ya sabe: que no le cobren más de lo que marca el taxímetro. Los uniformados continúan a bordo de la patrulla, como si a su alrededor no ocurriera más que esa fiesta en el primer cuadro de la ciudad, como sucede los fines de semana, donde paseantes se divierten en cervecerías, antros y banquetas, mientras otros intentan vislumbrar taxis, cuyos conductores más bien andan a la caza de incautos.

Y los hay.

Algunos taxistas frenan y se alejan después de escrutar a la ansiosa pareja; otros preguntan, escuchan y mueven la cabeza; otros, dicen que el banderazo es de 50 pesos a la colonia Juárez, un viaje por el que en realidad pagan entre 21 y 24 pesos; otros, que no van por el rumbo.

La pareja está desesperada. Los taxistas ponen un sinfín de pretextos o aumentan tres, cuatro o hasta cinco veces la tarifa.

Una joven, tras la cual desfilan cinco turistas, tres hombres y una mujer, hace la parada a un taxi sobre la calle 5 de Mayo. Le dicen que van hacia Atizapán, Estado de México. El conductor responde que cobrará 450 pesos y que en un momento vuelve, pero la guía le dice que le han cobrado 250.

El taxista acelera.

La pareja piensa como alternativa en subirse al Metro, para hacerlo tendría que caminar a las estaciones Allende o Bellas Artes, lo que, además, resultaría  prolongar el martirio, pues la mujer sufre dolencias y le urge ingerir su medicina, mientras que al marido le urge ir al baño.

Faltan 15 minutos para las ocho de la noche. Por fin pasa un auto largo, mismo que la pareja aborda.  Está cómodo. El banderazo es de 50 pesos, algo que sorprende al esposo, pero no dice nada. Mentalmente suma lo que normalmente le cobran: 24 pesos. Pero mientras el vehículo avanza sobre Hidalgo y luego Reforma, el taxímetro corre a mil por hora. El taxi gira a la izquierda y enfila sobre la calle Versalles y llega a Berlín, donde el taxímetro ya marca 150 pesos.

—¡Es usted un arbitrario!

—Le pido que me respete; le dije desde que me abordó el cobro del banderazo; además, voy a Polanco.

Y la pareja baja con su rabia.