Pinto mi calavera, quiero mi jalogüín

Desde anoche, en el barrio, los chamacos andan alborotados: se disfrazarán para salir a la calle, al pardear la tarde, a pedir “su calavera”; tocarán de puerta en puerta y en hogares y tienditas ...
Calabaza
(Luis M.Morales)

Las mamás saben que hoy toca: apurarse a los quehaceres domésticos, hacer de tripas corazón y habilitar el disfraz elegido por el chamaco, que va desde la simple cara decorada como calaca, hasta exquisiteces como La Catrina, El Diablo, El Dandy o los derivados del sincretismo tipo calaveras de Posada y de las popularizadas por las pelis de Luis Kelly (Calacán) y Tim Burton: El extraño mundo de Jack.

Los chamacos van y vienen de la papelería: con papel de china, celofán, crepé; con económicos estuches de cremas variopintas para maquillarse, y las mamás completan con productos de su cosmetiquera: bilé, delineador, polvos para chapitas coloradas-coyoyayas, rímel para endurecer las pestañas…

De entre las herramientas hogareñas salen la pala del Enterrador, el tridente del Diablo, complementos para El Hombre Manos de Tijera, el globo para hacer alguna máscara de papel maché con periódico y engrudo, pinturas acrílicas, pinceles…

Y ya pardeando la tarde, cuando las luces del alumbrado público amenazan con encenderse, comienzan a salir de sus casas los horrorosísimos seres del horrorosísimo barrio que horrorizarán a su horrorosísima sociedad horrorizada por los hórridos crímenes en todo el país; harán sonar sus botes de lata o sus plásticas calabazas, habilitadas como alcancías y  farolas, por si algún transeúnte decide despojarse de unos pesos; intentarán abalanzarse sobre miembros del vecindario echando las garras por delante y haciendo gestos de grrr-grrr-grrr, a que te confundo mundo y te muerdo-muerdo-muerdo si no me das para mi calavera, para mi jalogüín.

Los bebés pintarrajeados se llevan los aplausos, y las mamaces, muy orondas, brindan santo y seña del trabajal que les costó habilitar la pijama de osito para complacer al papá (viene en camino, fue a chambear), que quiere ver al orgullo de su nepotismo como Winnie Pooh rechoncho y rostro de calaca obesa y berrinchuda, porque ya quiere su mamila: él no sabe de festejos a los muertos, ni de perros ixcuintli que acompañarán al fallecido por el inframundo hasta la orillas del río, para que lo cruce e incorpore con los Fieles Difuntos.

—Quiero mi jalogüín-quiero mi jalogüín-quiero mi jalogüín —berrean los escuincles y desesperan para ver quién llega primero hasta la casa del vecino, llama a la puerta y extiende la mano para recibir chiclosos, miguelitos, Pelón pelorricos, caramelos agridulces…

—¿Me da mi calaverita? —solicitan las chiquillas, muy modositas ellas con su atuendo de catrinas, de Morticia Addams, o ya en plena pobreza imaginativa, de ¡Mueeerrrta Viviennnteee!

La abuela se incorpora a la comitiva de doñas jovenazas, que con sus críos toman por asalto calles y banquetas. No quiso quedarse en casa, colabora cuidando a los más pequeñines e intenta que la escuchen decir cómo era en sus tiempos esta celebración, Todos Santos, sin desfiguros como ahora, porque los muertitos llegaban desde la última noche de octubre, y ya de mañanita se les invitaba a la ofrenda, al desayuno; escuchabas las campanas de la iglesia, a eso del mediodía, y sabías que es cuando ellos (los difuntitos) le dicen adiós a los que somos de este mundo; entonces ya se quitan las flores blancas de la ofrenda, porque ya vienen en camino los difuntos grandes: se ponían las flores amarillas, de cempasúchil, y se agregaban las fotos de los mayores que ya no están con nosotros, y la ofrenda para ellos, con la comida que les gustaba; con su trago, si eso les gustaba; sus cigarritos, las comidas que preferían, frutas y postres de su antojo…

Por las puertas del vecindario que se entreabren, se ven algunas ofrendas. Y la abuela insiste en que, un día como hoy, el altar de los angelitos se adornaba con papel crepé y sobre ella lucían velitas, velas y veladoras blancas, porque almas blancas y puras son las de los ñiñitos y en la ofrenda había  dulcecitos, caramelos y juguetitos de colores chillones, para que se entretuvieran en este su día…

Y no para de recordar la abuela enrebozada, y dice que en los panteones los escuincles  tronaban cuetes chifladores, chinampinas, cañones, luciérnagas y otras pirotecnias, sobre las tumbas de los niños difuntos, requete adornadas con papel picado, papel de colores, juguetes y golosinas; el día 2 de noviembre tocaba y toca el turno del festejo a los adultos, tanto en casa como en el panteón, en sus tumbas.

Mañana es para los madrugadores, sentencia la abuela, porque no es enchílame la otra y ya estuvo. Nones: hay que encaminarse al panteón con cubeta para acarrear el agua y regar las flores, pala para remover la tierra, tijeras para desbrozar la yerbamala. Otros irán al mercado por nubes, margaritas, azucenas, y en casa alistan la mesa donde irá el altar con las ofrendas; hay que guiar a las almas para que no se desorienten en su vuelta a casa: para eso sirven las velas y veladores encendidas; los alimentos que gustaba el o la difunta requieren tiempo de preparación, nada de al ai se va: y se barre la estancia apuntando de norte a sur, de este a oeste, con mucho esmero y un mazo de hierba fresca, aromática, como si fuera a venir tu suegra y que no cretique; hay que colgar el papel picado de colores; poner agua y sal y las fotos de quienes nos visitan: primerito el principal, don Sera, y la abuela Yaya; de este lado el cromo del abuelo Pablo, junto a la tía Tanita; acá la del Rodrigo: chamaco latoso éste, cómo te moriste tan chiquito; acá doña Tere, la mera mera de la casa, y la del consuegro, don Beto, junto al tío Viviano, y acá…

—Eran otros tiempos, no que ahora…

—Ahora es ahora, abuela, con su cachito de hoy, como la materia: no se crea ni se destruye, se transforma.

Pese al embate de la globalización, persiste la tradición, con adecuaciones o decostrucciones, dirían el ociólogos. Pinto mi calavera, quiero mi jalogüín. He ahí a los adolescentes: no se cuecen al primer hervor, salen de la infancia y desde el salón de clases preparan una fiesta de Halloween, una Noche de Brujas, con disfraces; buscan quién obtenga permiso para hacer la pachanga en su casa y ya en la sede, y a escondidas, le entrarán a los tragos iniciáticos, a la fumadera (de cigarrillos o de Etiqueta Verde) y se darán valor para danzar a ritmo de reguetón y ejercitarse en el lúbrico perreo, bailongo que tanto escandaliza a madres y paterfamilias, angustiados por las machacantes voces (tacatacataca-tacataca-tacatá) de Daddy Yankee, Wisin y Yandel, Don Omar, Tito el Bambino o ya de perdis la del gabacho Arcángel, con atuendo poco o muy chaka… tacatacataca-tacataca-tacatá:

Yo soy su gato, ella es mi gata en celo,

Quiere buscar rebuleo del bueno,

Quiere fingir que no les gusta el blin-blineo,

Y cuando canto hasta bajo con mi perreo…

—Ora es ahora, abuela: pinto mi calavera, quiero mi jalogüín.

*Escritor. Cronista de ‘Neza’.