No somos nada

Hace meses que me despierto deseando escapar a la playa, sentir la tibieza del sol de la una de la tarde en la piel mojada, atravesar las olas del mar de Acapulco...
Voladores.
(Luis M. Morales)

Ciudad de México

Despierto, sigo aquí, no han derrumbado mi casa, solo fue una pesadilla. Soñé que entraban a desalojarnos al predio. Los ruidos de los autos han cesado, la noche se extiende, es silenciosa e hiriente. Sigo aquí, Eje Central es una masa de luces que puedo ver desde mi ventana. Me levanto a tomar agua, noto que estoy sudando frío, tomo una aspirina, mi cabeza estalla, llevo días sintiendo un miedo inexplicable que me está destrozando. Hace meses que me despierto deseando escapar a la playa, sentir la tibieza del sol de la una de la tarde en la piel mojada, atravesar las olas del mar de Acapulco o irme a Tecpan de Galeana, no puedo ir allá. La ciudad esta noche me parece hostil, rápida, sucia, cómplice de la barbarie. No regresé a la ciudad a pedir nada, a veces creo que esta ciudad ya no tiene nada para mí, guardo mi petición de justicia, ese grito lo escucho desde que tengo memoria, la justicia no existe para los pobres, el pobre no puede pagar un abogado, el abogado se vende al rico. La justicia es una adicta al crack, no tiene remedio.

Pensé en tomar un avión a San Francisco, empaquetar mi memoria,  jamás volver, lavar platos nunca me pesó, uno puede lavarlos aquí o allá, la mente juega malas pasadas en todos lados, Frisco al final sería México. ¿Cuál justicia? ¿Para quién justicia? ¿Para sus conciencias?,  justicia, para que puedan llenarse la boca, el resto de la semana odian a los que les rodean. ¿Qué le puedo pedir a una ciudad que jamás ha tenido nada para los realmente jodidos? Solo regateo cuando llegan a vender cosechas y mercancías cerca de La Merced o de La Viga. Veo asco en algunos rostros cuando los (y nos) miran con desprecio por ser prietos, de rasgos fuertes. Ahí están, tragados por la miseria, sus manos duras, surcadas por cicatrices. Existen, sí, esos que encuentran placer en pisar a las personas más indefensas. Mexicanos matando mexicanos. Canadá, California, Chicago, Italia, París ninguna ciudad considera al campesino ni al obrero para sus planes de progreso, los considera como mano de obra barata, explotable y desechable. Uno de mis tíos más queridos era obrero, perdió la mano en una guillotina.

La idea de progreso de la ciudad no es la misma que la idea de progreso del campo. Los habitantes de la ciudad son diametralmente opuestos al campesino. El obrero resiste en la ciudad por necesidad extrema. Los campesinos vienen buscando algo que comer, la extrema pobreza de sus regiones los lanza a la voraz ciudad que no tiene nada más para ellos, solo trabajo de lavabaños o sirvientes o prostitutas. La exclusión social parte de una idea primitiva y cruel. Proletariado rural, capas cochambrosas que las buenas personas no han logrado borrar, no se equivoquen: un campesino conoce profundamente la condición humana, la sabe, la padece, la intuye, el intelectual de escritorio es un teórico de la miseria.

El Metrobús a reventar, no cabe nadie más, cada vez que se abre la puerta los empujones frenéticos violentan el espacio. Salgo expulsada en la estación Hidalgo, tengo suerte, debo transbordar justo ahí, ¿de qué sirve el falso “progreso” del transporte público en la ciudad? Decido esperar en el andén, vamos como sardinas. Obreras, con uniforme, de rostros cetrinos y cansados. Secretarias, telemarketing, recamaristas, servicio de limpieza, meseras, sirvientas. ¿Podrían ser las próximas?, ¿nosotros?, ¿quién sigue? Pienso insistentemente en los obreros de Río Blanco, que se amotinaron en la tienda de raya. Las fuerzas federales dispararon sobre la multitud de niños, mujeres, ancianos, hasta ahora no conocemos la cifra exacta de la masacre de la huelga de Río Blanco. Los obreros no iniciaron la huelga, los dueños de la fábrica cerraron tras los asesinatos. Don Porfirio, un indio avergonzado de ser indio, cambió la manta por los trajes afrancesados, ofreció un banquete a los empresarios y dueños afectados, esas formas nos han gobernado desde tiempos ancestrales: un banquete ante la desgracia, una máscara.

Hace dos días estaba en un barrio mexicano en Chicago, fui a un sitio clandestino de tacos, cerveza y una rockola de 15 canciones por 15 dólares. Un güero pedía cumbia, un mexicano de Aguascalientes, visiblemente de origen campesino, se quedó dormido sobre la mesa con su cerveza en la mano. Dos norteños nos invitaron cervezas y la reina de la noche, Hilda, bailaba El son de la negra con un tequila en la mano, sus compañeros, unos chicos rubios y hermosos intentaban bailar sin lograrlo, solo aquel chicano llamado Joseph, de bellos ojos y porte magonista, lograba bailar con ritmo, igual el marica venezolano que me pidió que le llamara así de cariño, también el mejor amigo de Hilda bailaba armónicamente. Joseph en algún momento de la noche me dijo no me gusta mi nombre, quiero llamarme José. Bebimos, comimos tacos recordando México, amaneció, una ciudad helada, los pájaros atascaban el cielo de un azul brillante, huían del invierno, con ellos me fui. Hilda me explicó la vida de Hyde Park, ella me llevó la mañana siguiente a un merendero donde los negros son meseros, la mesera negra era amable, más amable que los negros del downtown que quisieron venderme algo saliendo de un Walgreens. Conocí a Laura y Tommy, increíbles personas incapaces de dañar, con una enorme responsabilidad ética para vivir, con un amor inmenso hacia los animales humanos y no humanos.

Al regresar a México, en la fila de migración, inevitablemente pensé en una adolescente pringosa que le reclamaba a su madre que la obligara a ir en la fila de mexicanos, pero yo soy de Chicago mom, yo no soy mexicana, la cara oaxaqueña destilaba enojo, una expresión indignada por tener que ir con la marabunta mexicana en la fila, sin poder evitarlo le dije: pareces mexicana, ¡qué lástima, señora, les educan para odiar su origen. Avancé, un nudo de rabia en el estómago. El anuncio de ébola me hizo pensar en otras cosas. Revisan mi pasaporte, el formato, ruego que me toque semáforo verde, no sucede. Revisan, husmean, preguntan alguna cosa, me pongo los audífonos,  recuerdo la fila del aeropuerto de Chicago donde te tienes que quitar los zapatos. Pienso en América, tan rota y herida. Nunca quise nacer en América. Jamás podré comprar una casa. No me gustan las personas, menos las que desean renunciar a algo, renunciar es creer. Creer es abrazar la esperanza. La esperanza es la muerte. Estamos muertos desde que damos el primer respiro. No me gustaría tener un auto. Ya no me agrada el box, no tengo televisión. Una vez me encerraron por negarme a hacer mi trabajo. No peleo cuando una mujer hermosa me dice que es mejor que yo, detesto la violencia de un trozo de carne deprimido. No tengo libros favoritos. Todos los autores con los que siento conexión están muertos. No soy una mujer, no destruyo hombres. No me interesa humillar a otras mujeres.

La ciudad está desquiciada, todo me parece más gris, más triste. No hay paz, no existe la paz. Los dioses vengativos parecen trabajar día y noche. Bajo en la estación Jardín Pushkin del Metrobús, la maleta pesa. Salón Casino, esa esquina favorita en Dr. Vértiz, pido un agua mineral, un refresco de toronja, luce vacío. Algo le ha pasado a la ciudad. Decido beberme un vodka tónic. Voy arrastrándome, me duelen los hombros, pienso en aquel hermoso negro que subió mi maleta al taxi, pienso en el tipo negro que bailaba a las cinco de la mañana en aquel túnel de Hyde Park. Hablaba solo mientras danzaba, su chamarra llevaba manchas mojadas del aguanieve que caía. Pienso en las balas, en las heridas abiertas de este país y de tantos países. Las balas atraviesan todo, no importa la lejanía. También pienso en el amor. En los que mueren en las fosas sin identidad, sin nombre, esos también importan. Pido otro vodka, el barrio luce triste. En este momento, en Dr. Martínez del Río, un hombre con su pandilla de amigos resiste el desalojo de su vivienda, es el único que queda ahí, el techo puede caerse encima de él en cualquier momento, es invisible para los albañiles que siguen demoliendo y construyendo las nuevas viviendas de algún comprador con dinero que fundará su casa sobre el dolor de las familias desalojadas injustamente, pienso en el desalojo de mi predio, en el despojo del que somos víctimas tantas familias de este barrio alegre y pobre. ¿Por qué no gastar en la restauración? Para ellos no es negocio, no les importan las familias, no les importan las personas, que vivan hacinados, en cajones disfrazados de viviendas. La colonia Doctores será destruida por la gentrificación. Soy hija del obrero que nunca pudiste matar, aparto con las manos las piedras que están en mi puerta, son piedras del predio que están tumbando al lado de mi casa. Huele a muertos, a odio, infamia, traición. Huele a miedo. Resisto entre mis amigos. No somos nada.

*Escritora. Autora de la novela ‘Señorita Vodka’ (Tusquets)