Nieve sobre el Gran Salitral

Dicen que los chilangos ni aguantamos nada. Si sube el termómetro a 32 grados, nos asamos; si baja a 3 o 4, nos echamos hasta el perro. Hay quienes prefieren morir por la ingesta de monóxido de ...


Se burlan quienes han vivido el frío de a deveritas. Dicen que los chilangos somos unos quejiches, que ni aguantamos nada. Si sube el termómetro a 32 grados centígrados en el Metro, nos asamos; si baja a 3, 4 grados sobre cero, los dientes nos castañean, nos echamos la colchoneta encima, y al perro y al gato también, y ni así entramos en calor.

Aparecen los anafres, los calentadores, incluso hay quienes prefieren morir por la ingesta de monóxido de carbono antes que soportar la baja temperatura. Se les considera Héroes de la Patria, mártires que enfrentaron al mal tiempo y a las consecuencias se atuvieron. Los diarios les dedican la de ocho columnas: "¡Se les calentó la desa!"

En el transporte público los vemos enguantados, con bufandas y abrigos, capuchas de Monje Loco, goggles de mica negra antirreflejante, por si nieva, y guantes de estambre de lana importados de la nación mixe o mazahua; previsores, en sus mochilas los termos aún conservan el último hervor, lista el agua para que le agreguen el noescafé o sobrecitos de té.

Nadie protesta por el hacinamiento, ahora bienhechor porque permite que el calor ajeno nos imante, nos hermane ante estas heladas que nos tienen con las narices coloradas, la piel cuarteada, los labios resecos, quemados por los vientos gélidos del norte. En el Mexibús, Metrobús, chimecos, pecerdas que circulan silencitas, nadie se queja, el vaho empaña los cristales, ni quién quiera descender al arribar a los Centros de Transporte Multimodal aledaños a las terminales del Metro: Indios Verdes, Pantitlán, Cuatro Caminos, Taxqueña...

En el internet se recuerda la madrugada del 11 de enero de 1967, cuando nevó en la capital y sus alrededores: mi padre, madrugador como de costumbre, se preparaba para tomar su atole de avena antes de salir con rumbo al trabajo; mi madre le preparaba la lonchera con los alimentos para la hora de la comida. Los tres hermanos que entonces éramos aún dormíamos.

Y hasta la cama fue el rudo chofer para que sus hijos salieran a ver el grandioso espectáculo que sobre el salitral del ex vaso de Texcoco se cernía: nieve, nieve sobre el Gran Salitral; muchos conocimos lo que era la nieve, blancas plumitas flotantes que con suavidad caían al suelo, albas, una sobre la otra y otra y muchas más; tras ellas corríamos para atraparlas como hacíamos con las pompas de jabón.

Recién habían pasado por estos lares los Santos Reyes, y la nieve era una cauda de su divina existencia, que muchos negaban porque en su mísera existencia los Magos jamás se detuvieron en su casucha, al no hacer méritos los chamacos para ganarse el regalo del 6 de enero: no acarrearon agua suficiente, ni dieron de comer a las gallinas, ni atendieron a los conejos, no sacaron dieces en la escuela, y se fugaron de las clases de doctrina cristiana, y no devolvieron el cambio cuando fueron a comprar las tortillas.

De entre los chiquillos destacaba mi padre, el más feliz de todos los que en el llano anduvimos ese día memorable; comenzó a juntar nieve, hacía bolas y nos las lanzaba con especial puntería; corría protegido por su overol gris acero y su cachucha con el logotipo de las herramientas Stanley; afianzaba sus pasos con las botas de TenPac, casquillo de acero, y se convirtió en el malora Hombre de las Nieves que hizo ver su suerte a los hijos de Quirino y a los del Charro y a los del Mostro y también a los del tío Chiquito, porque con su bárbara puntería a todos atinaba, hasta que se cansó, hizo la parada al chimeco y sin más nos dejó con un palmo de narices a quienes lo rodeábamos bien armados con bolas grisáceas gracias al lodo salitroso que se les adhería.

Ese día fue de fiesta. O de guerra campal. Todos contra todos. Hombres, mujeres y niños armamos tremendo relajo. Las trenzas de mi madre revoloteaban. Se escondía detrás de una letrina y atizaba pelotazos de nieve a Lucha. Carmen, la esposa de Santos, se agazapó tras de los lavaderos y fue sobre Zenaida, hermana de La Borrega: la atrapó por el pescuezo y dio con ella al suelo, levantó su vestido de purépecha urbana (abajito de la rodilla), corrió la mano por la entrepierna, la introdujo y le frotó los copos de nieve en el púbis. Zenaida inhaló y puso ojos de espanto. Nosotros también: su Delta de Venus mostró un enorme matojo de adolescentes vellos bellos.

Los perros ladraban y del caserío más y más chamacos se sumaron a gozar del raro espectáculo. Chepita la tamaulipeca salió con una tetera con aromático café y sus hijas con jarros que repartieron entre los vecinos. Dios es grande, decía Camilo el abarrotero y mi abuelo Pablo asentía mientras de frotaba las manos con los copos atrapados.

La enjundia de las mujeres tuvo un raro avivamiento. La nieve las desinhibió. Doña Jose, la esposa del Charro; Blanquita, la esposa del maistro zapatero; la Pichona, pareja del Pichón, se dejaron ir sobre Santos, esposo de Carmen: para que no se enojara, colgaron su negro sombrero de paño en el roñoso pino único de la comarca, le bajaron los pantalones e hicieron que se estremeciera de frío al frotar sus nalgas con el hielo de la nevada. Festejaron que sus blanquísimas truzas se amarillentaran con el salitre, pero dijeron que como machito aguantara la broma y se fuera a casa para cambiarse, del brazo de Carmen, a quien un día sí y otro también golpeaba mientras ella gimoteaba: "¡Es que te vas a ir con tus putas, Santos; sé que te vas con tus putaaasss, Santooosss!"

Carmen festejó la broma y le dio un ataque de risa. Mi amá intentó calmarla. Santos por el frío, estaba arrecho. Carmen se alebrestó: qué le ve a mi viejo. Mi amá le dio un estatequieto jugujetón en la cabeza. Santos perdió ánimo, recuperó su ropa y se vistió a toda prisa. Carmen dijo "perdóneme, Jovita". Mi amá dijo: qué te apura, mejor que esa tristeza tengo en casa; mira lo tuyo: pa' puras vergüenzas.

Carmen agarró a Santos de la mano y se fueron escurriditos, ni del sombrero se acordó el hombre. Las demás señoras se agarraban la barriga, privadas de risa. Ay, qué relajo, decían. Los demás hombres se mantenían al margen, porque de que el diablo se les mete ni quién las aplaque, sentenciaba el gordo Arias, recargado en un barril de pulque.

El cielo plomizo prometía que el mal tiempo seguiría. Entre todos los chamacos hicimos un muñecote de nieve al que pusimos gorra de estambre, corcholatas como ojos, bufanda, unos palos de escoba fueron sus brazos y un trozo de tezontle la nariz. Sultán y el Dandy le saltaban alrededor y ladraban.

Tío Chiquito salió con una brazada de leña y encendió la fogata. Sacó un litro de tequila y ofreció tragos a pico de botella contra el enfriamiento; nomás buscas pretexto para embriagarte, le dijo tía Juana y repartió pan de dulce y galletas de animalitos a los más pequeños. Tío Trini recordaba que en su rancho a lo más helaba y el agua de los charcos se cristalizaba, pero que nieve, lo que se llama nieve, decía, nunca había visto. "Los tiempos están raros, muy raros", repetía.

El llano duró pocas horas nevado. Luego se hizo aguanieve café, chocolatosa.

*Escritor. Cronista de 'Neza'