Mujer 'in black'

¿Por qué ceder una habitación a una tipa con tres gatos y una máquina de escribir?, ella no es la clase de persona que pide favores a nadie.
vodka
(Arturo Fonseca)

Ciudad de México

El amor es una escopeta que te dispara en la nuca. Los amantes siempre terminan odiándose. Gritan, reclaman, insalvable, no hay vuelta, no hay más. Ella los escucha, está tumbada en la obscuridad abrazando el odio. Sin luz, sin ventanas, sin esperanza. El pequeño filo de la puerta deja entrar los gritos. Toma sus audífonos, le da play a una canción de Cash:

“I wear the black for the poor and the beaten down / Livin’ in the hopeless, hungry side of town / I wear it for the prisoner who has long paid for his crime / But is there because he’s a victim of the times”

Los gritos no se van. Un cuarto pintado de blanco reluciente, al menos las paredes no son de pintura coral barata, ha costado 600 pesos extras que lo entreguen pintado de blanco. Una mesa, una lámpara, una silla, no necesita nada más que eso. Ya no necesita de sus amigos cuando lo pierde todo, ¿cuántas veces ha perdido todo?

Una cuenta más sin saldar, una presa más. Siberia está muy lejos y por las noches se siente una presa picando piedra junto a Dostoievski que jamás la ha abandonado.

Puede agenciarse un poco de comida en cualquier cantina cercana. Si se queda sin dinero sabe que puede lavar los platos, agenciarse una cerveza helada al terminar. Cuatro pesos cuesta el trolebús rumbo al Centro, caminar sola, como antes, cuando no tenía amigos, como aquellos días en los que empezaba a escribir, aquellos días en que pensaba sobre la mejor forma de morir, su dieta era: vodka, ginebra, desesperación y música.

La máquina mecánica se ha quedado sin tinta, cuesta 25 pesos, piensa que debe ir al Centro para comprar una, el cansancio la vence, estuvo empacando su vida en paquetes sin destinatario, sin tiempo para detenerse a pensar, el futuro no existe, es una repulsiva broma, el futuro funciona cuando las vidas no tienen una trama interesante.

Se levanta, escribe algo en las hojas. No logra salir nada, dentro: ahí no queda nada. La máquina sin tinta, piensa en eso. Teclea sin combustible, mientras afuera ellos ríen, los gritos han cesado igual que la canción de Cash. Ahora ríen, idiotas.

Recuerda a los perrosrabiosos que pelearon tan bien: Bukowski, Mishima, Dostoievski, Hamsun, Stanford, Miller, Artaud, Crane, Fante, Goytisolo, Thompson, Corso, Hemingway, Norse, Cravan, Bierce, tantos.

Sylvia, ella, Plath, lleva una de sus líneas tatuada en el antebrazo, ese que pinchaba en 1998 con caballo, mientras se encerraba en el Hotel Marina en la calle de Peralvillo. No está muy lejos de ahí, la calle de Juventino Rosas le parece la misma desde 1983, algunos comercios nuevos, las mismas casas, a veces imagina que la hiedra cubrirá todo, que por fin todo se irá al carajo.

AnneSexton, ella, siempre ella, en su auto, por las noches, la visita, ¿Quién es ella, esa que está en tus brazos? ¿Por qué la trajiste aquí? ¿Por qué llamas a mi puerta con tus estúpidas historias y canciones?, una calurosa noche en la habitación número 5.

El aire huele a pólvora, el fantasma de Hemingway con la bata del emperador se pasea frente a la habitación número cuatro, su vecino le abre la puerta, los escucha reír, beber, discutir. Se levanta. Pasos acelerados corriendo por todo el pasillo.

Es martes por la mañana, recuerda que tiene una entrevista, ¿de qué hablará?, le gustaría decirle al periodista que las cucarachas son buena compañía, que es un inverosímil (el realismo no existe) personaje de Tennesse Williams, quisiera gritarle que beber perfume cuando falta la ginebra no es lo más bajo, desearía mencionar que existen cosas más bajas que esa, que los años maravillosos jamás llegaron, que todo llegó tarde, que ella está muerta, que todos hablan con una muerta sin arrugas visibles, si todos pudieran verla por dentro, se horrorizarían, lleva tantas marcas por dentro, no sabrían en donde comienza una y en que sitio termina la otra.

En las habitaciones diminutas, el hambre: se reconoce, se tiene, se conoce, eso le basta. No se siente traicionada, eso de ser víctima jamás le quedó. Debajo de la cama están sus chanclas, las compró en un bazar de viejo cerca del Hudson. De aquellos viajes queda un recuerdo imborrable, noches de invierno en Nueva York cenando en un café tibetano con Celina, ¿dónde estás?, a veces te sueño, llegas con un ramo de frescas flores, las noches odiosas se perfuman de esa risa contagiosa, te escucho bendecir la vida, estoy ahorrando para no regresar jamás, tomaré un avión un día, tocaré tu puerta, no volveré.

Sale de la habitación, el pasillo está atascado. Los más viejos se unen, ganan el baño, ganan las sillas del pasillo (el único lugar en el que hay luz), los lavaderos y la eterna simpatía de la casera, se dan el lujo de pagar a fin de mes. Nadie debe molestarlos, es la primera regla antes de que te entreguen las llaves “Hagan lo que hagan, te digan lo que te digan, no lo olvides: no debes molestarlos, son como mi familia”

Les quiere contar que su padre muerto regresó la otra noche, se sentó en los pies de la cama, después ocupó la silla durante un tiempo, antes de morirse una vez más: la abrazó y le dijo que la primavera es detestable, que el sol no brilla jamás en las habitaciones sin ventanas.

Es duro, al principio fueron siete días sin salir de su cajón-cuarto, trató de ordenar las cajas cerradas, y trata, está tratando sin conseguirlo: un poco de luz extra, un poco de silencio apacible, no ese silencio violento, lastimoso.

En la madrugada debe sortear a los amantes, después o al mismo tiempo al tipo de al lado, vomita constantemente, tiene cirrosis, no deja de escupir el hígado, se queja hasta que amanece, al medio día le escucha salir, después volver. Trae licor, pasa horas bebiendo hasta que empieza a quejarse.

Las personas tienen montones de amigos hasta que se quedan sin dinero y sin casa. Algunos ofrecimientos por compromiso llegaron antes de quedarse sin casa, al final, todos responden de acuerdo a su intereses, son humanos, el ser humano es mezquino por naturaleza.

Conoce personas con cuartos libres y espaciosos departamentos o casas, amigos a los que les ofreció su casa y su dinero cuando no tuvieron que comer, a los que escuchó cuando nadie les tenía compasión y paciencia, también les defendió con puños ante la adversidad, ahora ellos están sobrados, holgados, hechos, conectados, resueltos, no les falta nada, ¿por qué ceder una habitación a una tipa con tres gatos y una máquina de escribir?, ella no es la clase de persona que pide favores a nadie. Jamás lo he hecho, demasiado vieja para empezar a hacerlo.

Los viejos ríen, son malvados, les gusta burlarse de la desgracia ajena, el más veterano lleva 19 años viviendo ahí, es al único al que la casera le lava la ropa. En su cuarto se alumbra una novela solitaria. En las últimas semanas solo ha quedado de verse con personas muy cercanas, el resto no volverá a verle jamás.

Al resto no quiere verlos nunca más. Que se diviertan en sus bonitas y estúpidas vidas, ella tiene su máquina, su cuarto blanco, sus gatos pasean por la mesa, por la noche una taza de té de limón con leche le devuelve la tranquilidad.

Piensa en aquella ventana luminosa que fue su casa, llora, siempre llora, anoche soñó que entraba a su departamento. Todos deseamos algo hermoso. Existió un tiempo en que todos la amaron, ella escribía. Veintitrés años después reconoce que el amor no sirve para nada.

Tiene una escopeta bajo la cama, dispara de forma certera, sabe usarla, la usará alguna noche desesperada. Cuando todos te aman la vida se trata solamente de lo cobarde que puedes ser cuando te refugias en los brazos de los que te aman. Toma su sitio en la fila. Dos pobres diablos condenados esperando su turno para poder bañarse. Regresa a la habitación dejando sus chanclas en la fila. Saca aquella cajetilla de Lucky Strike que un hombre le regaló después de besarla en Eje Central, ese hombre metió un billete de quinientos pesos en su bolsillo, los años son confusos, la cajetilla es real. Tiene un encendedor violeta, está a la mitad. Enciende. Fuma, bocanada muerte, no le gusta fumar, el viejo enciende su cigarro, se apagó por el frío.

¿Cómo será vivir en plena obscuridad y silencio? El viejo le dice que el odio se ha refugiado en la ciudad, que canta todas las mañanas y lucha contra el odio, que moriremos una mañana en la habitación sin ventanas, ella piensa en quién… ¿quién de los dos se irá primero?, avanza, un hombre se desliza con el cabello mojado frente a los otros. Segundo después el sonido de una puerta que se cierra para siempre. Black out.

* Novelista. Autora de Señorita Vodka (Tusquets)