De Brasil al Zócalo… ¡cómo no te voy a creer!

La masa pareció quedar congelada por momentos en el Zócalo, pero apenas asimiló el triunfo del Tri sobre Croacia y la celebración se desbordó en el Ángel de la Independencia.
Cientos de personas celebraron el triunfo de El Tri en el Ángel de la Independencia
Miles de personas celebraron el triunfo del Tri en el Ángel de la Independencia. (AP)

Ciudad de México

En el Zócalo parece que la multitud no asimila el primer gol. Las banderas tricolores ondean y luego se aquietan. La masa inmóvil mira las tres pantallas gigantes, después del grito unánime, y parece quedar congelada, como si esperara algo más. Primero es una emoción controlada, quieta; luego, segundos más tarde, se desbordará, y entonces vendrá el otro gol, el segundo, y sucederá algo parecido. El veinte que les cae es en cámara lenta. Lo asimilarán. Entonces estallará el júbilo.

Y esto hierve.

Es un hervidero en una plancha donde hay familias, gente de todas las edades, algunos se desplazan a guarecerse en los portales, pues de pronto se deja caer una perezosa llovizna, que arreciará; otros, prevenidos, desenfundan paraguas. Son las 16:35. Brincos discretos. “¡En dónde están, en dónde están, todos aquellos que dijeron que nos iban a ganar!”. Es el coro. Pero aun así parecen no creer lo que ven y se envuelven en sus banderas tricolores que la lluvia ensopa.

Se agarran de las manos.

Y se abrazan.

Y truenan los dedos.  

Entonces llega el tercer gol. Y la multitud prolonga esa palabra. Brinca, grita y ahora sí se sacude la poca modorra que le queda y ahora sí le cae el veinte, pues el partido México-Croacia –éste mete un gol que aquí pasa inadvertido – y la masa se agiganta y da rienda suelta y se dirigen hacia el lugar de siempre, cuando de celebrar un triunfo se trata: el Ángel de la Independencia.

Y enfilan por Madero. La masa se comprime. De  balcones salen a fotografiar y aplaudir. El grupo que sigue al que ondea una bandera con el logotipo de Pumas y el letrero ‘Cómo no te voy a querer’, descubre a una muchacha rolliza que se asoma y de inmediato, por primera vez,  surge una expresión que se multiplicará cada vez que una mujer pasa frente a ellos: “¡chiche pa’ la banda, chiche pa’ la banda!”.

Y los aficionados enfilan por Madero. La masa se comprime. De  balcones salen a fotografiar y aplaudir.


Y el veinte del triunfo rebota por el Centro de la Ciudad de México,  y los coros se repiten y suben de tono,  y todos van brinque y brinque, porque “el que no brinque es puto”, repiten los universitarios, o dizque, quienes, junto con el resto de la masa que se desplaza, ven como héroes a Márquez, Guardado, Chicharito y Memo Ochoa, así, Memo, con familiaridad, y corean el Mé-xi-co-Mé-xi-co, que les faltaba, y soplan trompetas y hacen girar matracas y disparan espuma con cilindros que la policía decomisa en cuanto descubre.

Y otra vez la palabra México sobre avenida Juárez y luego sobre Paseo de la Reforma, donde la masa ocupa un solo carril, el derecho, y de donde lanzan cohetes. En eso están cuando los que siguen al abanderado de los Pumas, o dizque, rodean a una muchacha que los retrata y le gritan “chiche pa’ la banda, chiche pa’ la banda”, de modo que ella se escurre avergonzada y uno de los jóvenes la rodea con sus manos protectoras y le dice a la manada que se calme.

Y le obedecen.

Porque es tiempo de festejos, y a eso es a lo que vienen aquí, y aceleran el paso y trotan, y allá van, cada vez más rápido, y repiten la palabra de la discordia: “el que no brinque es puto, el que no brinque es puto”.

Y más trompetas y pitidos sobre Reforma, como en aquellos mundiales donde también bajaban de Las Lomas y anexas, y ahora repiten “Cielito lindo” y “¡Cómo no te voy a querer!”, coreado por los que ondean la bandera de los Pumas, quienes van en esa retaguardia que se prolonga hacia atrás, hasta el monumento a Cuauhtémoc, mientras que hacia adelante es posible divisar la Diana Cazadora.

En la banqueta, ya sobre esa zona de consorcios trasnacionales, caminan empleados de traje con el rostro pintado de discretas tiritas tricolores, mientras ven moverse a esa masa que va rumbo al Ángel y aquello se convierte en un rumor, un avispero que se mueve lento, como nata verdinegra y tintes de grises y manchas blancas, que se divide entre los que bailan en el mismo lugar, pues la mancha no tiene para donde moverse, y aquellos que corren alrededor del monumento.

"El que no brinque es croata”, corean mientras corren alrededor del Ángel, protegido por granaderos.


“El que no brinque es croata, el que no brinque es croata”, corean mientras corren alrededor del Ángel, protegido por granaderos, donde a veces se agolpa el grupo que festeja en tropel y entonces los polis se ponen nerviosos porque piensan que van a tirar las mamparas, pero no es así, pues la ola humana a veces da coletazos sin la intención de meterse.

De pronto aparecen en el aire balones y condones inflados que rebotan entre manos que se mueven como alas de mariposas, en señal de que ansían tocarlos y golpearlos, y más chorros de espuma. Una muchacha retoza en los hombros de su novio y la banda le grita que quiere “chiches” y ella se despoja de la blusa y aquellos gimen y gritan, pero ella solo se queda en sostén negro y baja de inmediato.

Otra más intenta hacer lo mismo pero enrosca las manos y les manda ‘caracoles’, a lo que la ansiosa banda repite el coro de “ulera, ulera”.

La noche avanza y ya se respiran bocanadas de alcohol y mariguana. El golpe de esos olores se los lleva el leve aire que sopla sobre Reforma, donde atrevidos malabaristas se trepan en los semáforos mientras la masa les exige que brinquen y les lanzan todo tipo de proyectiles. Uno de ellos se descuelga y cae en el arroyo.

Uno más se niega y recibe una retahíla de chiflidos y esa palabra que quiso prohibir la FIFA: “puto”.  

Y le llueven botellas.

La masa es la masa.

Y tres goles también.