Un día en la vida de los ex pasajeros de la L12

El cierre de las estaciones desde Culhuacán hasta Tláhuac de la Línea 12, ha obligado a miles de personas a adoptar una rutina estresante.
Los usuarios de la Línea 12 tienen que esperar hasta 40 minutos para poder abordar uno de los camiones de la RTP.
Los usuarios de la Línea 12 tienen que esperar hasta 40 minutos para poder abordar uno de los camiones de la RTP. (Milenio)

Ciudad de México

Es miércoles. Son las ocho de la noche. La calzada Ermita-Iztapalapa luce atestada de automóviles y una docena unidades de la Red de Transportes de Pasajeros (RTP) aparcan cerca de la banqueta donde un letrero con dorado anuncia “Estación Atlalilco-Línea 12”.

Las 300 personas formadas para tomar uno de los camiones no saben que sufrirán, no sólo el tráfico y el retraso, si no la avería de la unidad gratuita que abordan provocada por la falta de mantenimiento y uso indiscriminado.

Carlos Valderrama tiene 34 años y viene desde su trabajo en Tlatelolco.  Logra subirse al RTP con dificultad, el pasillo está lleno y aún así debe arrinconarse más para dejar pasar a más personas.

Su cara fatigada se contrae cada que un nuevo pasajero entra al transporte.  Si bien le va, Carlos sabe que hará casi una hora hasta su casa, desde Atlalilco hasta donde hace una semana era la estación Calle 11. Antes, cuando el Metro funcionaba no hacía más de veinte minutos.

El RTP arranca, avanza unos metros, toma Avenida Tláhuac, y se para, entra a un río de automóviles y microbuses. La calidez de la noche, adentro del bus, se transforma en un sofocante horno a pesar de que las ventanas están abiertas. Carlos suda.  Frente a él van sentadas Cecilia Mejía de 25 años y Paola López, estudiante de Ciudad Universitaria.

Cecilia viene de sus prácticas profesionales en el centro de la ciudad y Paola de sus clases. Ambas saben que deben llegar temprano a la base de los RTP si quieren agarrar buen lugar, aunque para bajar se arme otro caos.

Paola saca su cartera y cuenta el dinero. Apenas tiene 100 pesos, tuerce el gesto, tuvo que gastarse 25 pesos en la ruta alternativa de Periférico-Metrobús de la mañana para no toparse con el mismo tráfico que ahora sufre. Hace cuentas en su mente y con sus dedos, sabe que mañana y pasado gastará casi lo mismo y apenas le alcanzará para comprarse un almuerzo en la escuela

El RTP se sacude. La gente se balancea de un lado a otro. De pronto, el camión se enfrena y hay un grito general. Todos los pasajeros miran confundidos hacia el frente. El RTP no arranca. Comienzan las protestas.  La unidad ha estado trabajando sin parar desde las 5 de la mañana hasta las 12 de la noche, sin recibir mantenimiento.

Carlos lanza un bufido. Cecilia se agarra la cabeza con desesperación.


Detrás del RTP varios conductores comienzan a pitar. Algunos pasajeros se bajan muy enfadados. Otros permanecen. El conductor anuncia que una grúa los va a arrastrar.

“De aquí a que llega”, exclama Cecilia y se levanta para salir a tropel junto con Carlos y Paola. Los tres se confunden en la masa de personas enfadadas que camina más adelante para encontrar un camión o un microbús semivacío para poder llegar a sus hogares. 

Carlos detiene un taxi, voltea y pregunta si alguien sube. Cecilia, Paola y otro joven aceptan subir. El taxi avanza, lento, pero más rápido que los RTP. El taxista y los pasajeros comienzan a hablar sobre el cierre parcial del Metro.

“La gente del gobierno es una irresponsable, yo creo que se dormían cada noche suplicando de que no se descarrilara un tren. Sabían perfectamente que la línea estaba mal. Pero Ebrard la quería terminar antes de tiempo para pararse el cuello y allí están los resultados.  Si se veía incompleta de por sí, le faltaban escaleras y elevadores, y todo”, clama Paola muy indignada.

Todos asienten. Uno a uno baja en las respectivas estaciones que les pudieran tocar. San Andrés Tomatlán, Calle 11, Tezonco y Olivos.  Son las 10 de la noche.

Es jueves. Son las 6 de la mañana. Cecilia baja de la calle que comunica a la iglesia de San Andrés Tomatlán con Avenida Tláhuac. Ha salido una hora antes de lo que acostumbraba.

Observa un RTP varado frente a la estación del Metro. La gente baja iracunda.  Cecilia para un microbús y se sube. Se topa con Carlos, el hombre con quien compartió el taxi de la noche anterior. Se saludan. Ambos platican de sus trabajos y las horas que se hacen en llegar. Carlos hace hasta tres. El tema que domina su plática es la Línea 12. 



Llegan a Atlalilco, en el suelo están esparcidos restos de folletos que anunciaron el cierre de las estaciones un día antes de efectuarse. 

Cecilia recarga su tarjeta. Le pone cinco pesos y le dan cinco más. Carlos hace lo mismo. Un policía trata de poner su mejor sonrisa a la muchedumbre que baja de los RTP y entra a la estación con gesto resignado.

“¿Qué Poli? ¿Cuándo cree que abran otra vez la Línea?”, pregunta Carlos.

“Quién sabe. Primero ve que dijeron que dos días para mantener las vías, luego ya que seis meses, pero para mí que se van a tardar como un año, ya sabe cómo son”, responde el policía. Carlos y Cecilia se alejan hacia un andén lleno de gente. El tren aún no llega.

“¿No ha pasado?”, pregunta Cecilia a una señora, “Uy no, ya tardó como veinte minutos”.

Luego de esperar diez minutos más, el Metro arriba a la estación.