Hotel Cadillac

Los borrachos habituales llevan el dinero justo para sus tragos, piden ron, vodka, ginebra o tinto, solos, sin jugos o refresco, algunas veces con tónica o mineral, no hablan, si te hacen la ...
Hotel Cadillac.
(Arturo Fonseca)

No eran diferentes a nosotros, bastaban algunos tragos para entenderlo. Todos están condenados, perros de nadie. Marmeládov seguro estuvo aquí, con otro nombre y rostro. Me recargo en la barra, detesto trapear los vasos con un trapo viejo, maldito, tiene la cabeza tan dura como su nombre, ¡es una piedra! no entiende la importancia de conservar la dignidad en este aborrecible trabajo. Recargarse es el único modo en que puedo descansar de mi, descansar los pies sin que me azote con su estúpida mirada de tirano, sabelotodo, los ojos traspasan. Sé que voy a estar mucho tiempo aquí. Come aceitunas sin parar, deja los huesos sobre la barra, cerdo. Cuando todos estén borrachos será peor que lo que imaginamos como infierno, sé de estas cosas, uno aprende cuando escucha las conversaciones detrás de las barras, siempre es mejor olvidarlas, no recuerdo lo que Rock Hudson confesó en este lugar, se hospedaba en el Virreyes. Izazaga: todos llegan a ti alguna noche.

De nada sirve la existencia, la redención es para los cobardes e idiotas. A veces quisiera cambiar el trapo viejo, eso le haría feliz al hijo de puta que nos dirige a todos, no lo haré, no voy a comprar uno, seguiré trapeando hasta que diminutas pelusas floten en la superficie de los vasos, cuando se queje algún cliente en la barra, entonces, señalaré al bastardo come aceitunas: Él es el jefe, no nos ha dado un trapo decente en miles de años.

La mayoría de los clientes son judiciales, con un poco de suerte un día le romperán su madre, comprará un trapo nuevo. Una vez, puse diminutos pedazos de vidrio en las servilletas, también dentro de los vasos, ese día se armó una putiza en este lugar, todo empezó por un tipo que acusó a otro de tener la culpa de algo que sentía arder en su garganta, escupía sangre, trataba de limpiarse con las servilletas, la nariz comenzó a sangrar, estalló a puñetazos secos, directos contra el que bebía junto a él, cuando las personas toman demasiado se comportan como trapos sucios, en ese estado pueden culparte hasta de que su madre o padre nunca los quisieron.

Los borrachos habituales llevan el dinero justo para sus tragos, piden ron, vodka, ginebra o tinto, solos, sin jugos o refresco, algunas veces con tónica o mineral, no hablan, si te hacen la plática no se extienden, saben cuándo parar, no como esos tipos que llegan a las barras a confesarse como si yo fuera un sacerdote. Una vez llegó a la barra un tipo que dijo que era escritor, bebió mucho vodka con jugo de naranja, detesto servir desarmadores, escupí en el trago un par de veces agachándome en la barra con el pretexto de buscar servilletas, aquí los portavasos dicen: "Volverás"; el compañero de barra es ordenado, limpio, entiende el trabajo, casi no habla, es muy rápido, tiene el turno anterior al mío, jamás deja sucia la barra, hasta trapea el piso antes de irse, también me deja llena la cama de hielos, ha hecho lo posible por remendar el trapo cosiéndolo infinitas veces.

El alcohol está hecho para los huérfanos, para los idiotas, para los perros errantes que no tienen a nadie, para hombres y mujeres solas, para los que aún sueñan con cambiarse de vida. Alguna vez llegó a la barra un hombre extraño, pantalón de mezclilla, camisa a cuadros, no hablaba, pedía ron con dos medidas de mineral, dos hielos, bebió siete, nunca perdió la compostura, se marchó, un periodista con el sombrero quemado del lado izquierdo del ala entró a buscarlo.

Días después ese hombre de camisa a cuadros regresó a la barra, al ver la familiaridad que reposaba en su rostro al recargarse, no dudé de que se tratara de un cliente asiduo, pensé que seguramente bebía en otra de tantas barras que existen aquí, con el firme propósito de no sentarse en la misma van a una y otra, no los culpo. Pidió lo mismo, estuvo nervioso mirando el reloj, una hora con 25 minutos después, llegó por él una mujer, bebieron un trago más, ella pidió ginebra sola, se marcharon.

Faltan cerca de tres horas para cerrar la barra, solo es una ilusión, cada vez que me permiten ir a dormir, cierro los ojos, el descanso me parece tan solo unos segundos, cuando abro de nuevo los párpados me encuentro en la barra. Estoy cansado, el hielo se está acabando, nadie ha pedido ron esta noche, se me hace raro, a los judiciales les gusta el ron, los problemas vendrán siempre al pagar la cuenta, por eso nunca quise ser mesero cuando me dieron a elegir, "¿barra o mesas?", no me gusta cobrar cuentas, me acostumbré a pagar las mías, no a cobrarlas. No me interesa conversar con la gente, la barra es más privada, una barrera te separa de todos: meseros, borrachos estúpidos, abogados, putas, vendedores, oficinistas, médicos, pobres diablos, asesinos. Están sedientos, tengo listo el arsenal: todos los vasos están limpios, en menos de 16 minutos estarán sucios, soy rápido. Ese sujeto que acaba de entrar, no me gusta, su cara es como una foto almacenada dentro de mi, destila odio. Soy de los que cree que cuando mostramos que algo nos molesta lo atraemos irremediablemente. Viste bien, no puedo negarlo, pantalones negros de vestir, una buena camisa, zapatos impecables, porte ligero, nariz recta, ojos enmarcados por unas cejas definidas, un poco neuróticas, se ha acomodado en la otra esquina, no ha levantado la mano, me estoy acercando, de todas formas en algún momento tendré que hacerlo

—¿Qué quiere tomar, señor?

—Tus tripas

—¿Perdón?

—Sí, voy a tomar tus asquerosas tripas en un old fashion

—¿Con hielo, señor?

Sus garras se clavaron en mi cuello, era pesado, aquella ligereza era tan solo aparente, aquí, en estos sitios suele suceder, todos son más fuertes de lo que parecen, de cerca su nariz no me pareció recta, me pareció curveada, monstruosa, enorme. Estaba encima de mí, podía sentir su respiración fría y nudosa en mis ojos cerrados. Una sensación cálida llenó un hueco cerca del corazón, las manos me hormigueaban, hace mucho que no sentía nada, pude sentir mis tripas saliendo poco a poco de mi cuerpo entre sus garras, no eran manos, alcancé a abrir los ojos, pude verlas, eran muy grandes, eran de color casi azul cielo, al final llevaban una especie de garfios pequeños en forma de uñas de lince, las uñas de un lince salvaje pintadas de azul cielo. Caí encima de la cama de hielos de la barra, a lo lejos escuché carcajadas, alguien gritó desde el fondo de una mesa:

—¿Ahora quién puta madre nos va a servir en este sitio? ¡Lo mataste!

Carcajadas, tomé una botella de agua mineral, la destapé, me la bebí de un solo golpe, después se acercó Gabriel, el compañero ordenado, arrebatándome la botella de agua mineral vacía, tenía las manos crispadas, temblaban, "vamos, es cambio de turno, puedes cerrar los ojos hasta que dure, no sé cómo funcione en estos casos, llegué antes, no sé qué hacer, lo siento".

Cerré los ojos, me llevé la mano al costado, saqué el cuchillo, era diminuto, muy afilado, reconocí la textura de la hoja, el mango, lo compré y grabé en un local de la calle de Tamagno, Peralvillo, descansaba en una vitrina, me sedujo, poseía un discreto tamaño, resplandor color amarillo estacionado en el mango, ahora era naranja por la sangre. Mezclado, todo estaba mezclado en mi mente como un buen martini, no agitado, sé de estas cosas, agitarse en la red del espanto, agitarse ante el dolor, tratar de escapar del miedo, eso no sirve de nada. Aquí nadie es buena o mala persona, todos buscamos algo, venganza o beber, buscan a otros que nunca volvieron a ver, otros que no conocen, quieren recordar quiénes eran, los recuerdos brotan para asesinarles por dentro, como a mi.

Abrí los ojos, el trapo viejo estaba encima de la barra, estaba limpio. Lo tomé, me limpié el costado.

—¿Qué va a tomar, señor?

—Tus tripas

—¿Con ron?

—Sí, con ron sabrán bastante bien.

—¿Hielo señor?

—Sí, ponle dos hielos, que sean grandes, no quiero pedacitos, por favor sirve otro igual, otro de lo mismo, mira: cuando termine el trago, sigue sirviendo dos de lo mismo, cuando sirvas nueve rondas, pararás, pediré la cuenta, me iré, regresaré más tarde por lo mismo.

Entendí una vez más que no saldré de aquí, necesito un trapo nuevo, no puedo seguir limpiándome una y otra vez con un jirón maloliente, roto. No es un castigo, sé de estas cosas, esto no es un castigo, los castigos existen en novelas dantescas, ahí no hay un solo niño violado, no hay putas muertas con nervios colgándoles, ahí no estoy yo, hundí el cuchillo de mango amarillo en el costado de mi padre. El castigo fueron esos cuentos sosos de la Biblia, nunca me asustaron las llamas enormes, los grilletes, el olor azufroso del miedo, nunca me atemorizó llegar tan lejos. Aquí solo existe la repetición, el odio, la venganza, el otro.

* Escritora. Autora de la novela 'Señorita Vodka' (Tusquets)