Guantes contra inseguridad

Carlos Zárate narra cómo salió del alcoholismo y las drogas; La Peligrosa, las dificultades que tuvo para pelear.

Ciudad de México

Una boxeadora y dos boxeadores. Campeona y campeones. Los tres, cuyo origen es la penuria en su desarrollo familiar, hablan de triunfos y sinsabores, de su lucha diaria contra obstáculos, sus formas de resistencia y disciplina. Entre ellos sobresale Carlos Zárate, quien durante su carrera boxística escaló cúspides y descendió al submundo de las drogas, inmersiones de las que lograría salir.

Están en un salón de la Escuela Secundaria número 7 José Guadalupe Posadas, de la colonia Morelos, repleto de alumnos, que primero escuchan a la campeona Judith Rodríguez, La Peligrosa, originaria de Chiconcuac, Estado de México, quien relata que en su travesía diaria tardaba dos horas y media para llegar a los famosos Baños Jordán, en el Centro de la Ciudad de México, donde entrenaba.

Y aunque hubo trabas en el seno familiar, “los únicos amigos son tus padres”, recalca la boxeadora, quien aconseja a los presentes: “Practiquen cualquier tipo de deporte, y recuerden que los días pasan volando; por eso hay que aprovecharlos”.

De baja estatura, tez morena, risueña, La Peligrosa parece mascar las palabras mientras habla. “Mi papá no me dejaba, pero ahora que soy campeona a todos les presume”, recuerda la mujer, quien resume: “El box es mi vida”.

A su lado está Carlos Zárate, el hombre que nació en la calle Fray Bartolomé de las Casas, barrio de Tepito, al que ahora regresa para recordar pasajes de su infancia,  sus inicios como bofe, y luego como campeón, para después entremezclar momentos de gloria y de esa caída, la más pesada, de la que no fue fácil ponerse en pie.

Su padre murió cuando él nacía. Eran siete hermanos. Su madre tenía una tienda de abarrotes.

La única herencia. “Nos la acabamos”, rememora, como si lanzara un brochazo, como para que los muchachos se den una idea de lo que fue su vida. “Y nos fuimos a la colonia Ramos Millán”.

Y desmenuza su vida.

De su casa se iba a los baños Luna, a practicar su deporte favorito, el box, y así creció, con la idea de imitar a sus ídolos, que miraba en las portadas de los periódicos. “Sufrí mucho cuando era niño”, recuerda, “pero triunfé”.

Y comenzó su ascenso. 

Empezó a viajar a otros países, a bailar en otros cuadriláteros, donde le alzaban la mano; y conoció mujeres bonitas, hermosas, evoca Zárate, con esas palabras, ante un boquiabierto público, “pero me despegué del piso”. 

Sus cuates le decían:

—Vamos a tomar una copa.

Y él respondía:

—Sí, vamos, y me acabé el dinero.

En 1985, recuerda un Zárate calvo,  sin rastros de aquel copete negro, volvió a trotar, pero ahora lo atrapaban las drogas, en especial la cocaína, “y empecé a sentirme el rey del mundo y volví a caer”.  

Y fue con José Sulaimán, presidente del Consejo Mundial de Boxeo, pero éste le respondió que no había dinero. “También había perdido a mi familia, pero Dios me ha dado fuerza para estar en primer plano”. Por eso, recomienda, “practiquen deporte, pero sin dejar la escuela”.

Ya al final de esta serie de pláticas, denominadas Por un México seguro, que organizan el Consejo Mundial de Boxeo y el gobierno federal, le preguntan a Zárate cuál ha sido la pelea más dura: con Guadalupe Pintor o con Zamora.

“Cuando me casé”, responde.

Y se escuchan risas.

Zárate se despide. Solo quedan César Bazán, quien se inició como boxeador a los 15 años en Tepito, y La Peligrosa. Firman playeras blancas de los estudiantes.

La Peligrosa empuña un bolígrafo y  traza la figura de un guante con mano firme y escribe una dedicatoria.