‘Fast and Hard’ (todos los hermosos caballos)

Pienso en un hipódromo que valga la pena, y me regreso a California, Santa Anita, donde conocí a Rafael Bejarano, Mike Smith, Talamo y Garrett. Detrás de ellos, Bob, el entrenador.
Caballos
(Jesús Martínez)

Ciudad de México

La satisfacción es una trampa; si pudiera elegir, preferiría el desprecio: orilla que traspasa la piel, el vaso roto que corta. Detesto los platos de sopa caliente aguada, los frijolitos rebajados, las tortillitas acartonadas. Nada me parece más triste que los puestos ambulantes de comida, sucios, desvencijados, comida rancia, mosqueada. Me gusta el salmón, pasar el día escribiendo. Hace años que no voy al hipódromo de esta ciudad, lo dejé, me parece aburrido, a finales de los 90 tuvo una gran época. Es muy triste ver remedos de tipos duros, deslumbrados, agitando los brazos emotivamente, como quinceañeras en el vals. Pienso en un hipódromo que valga la pena, la memoria me regresa a California, Santa Anita. Es ahí donde conocí a Rafael Bejarano, Mike Smith, Talamo y Garrett. Detrás de esos hombres, Bob, el entrenador. No se parece en nada el apostador al jockey, no se parece nada el jockey al entrenador, sobra decir que ninguno de ellos se parece a un caballo, toda esa mezcla es un cóctel criollo poderoso.

El año pasado cerraron 75 años de lujo, emoción, carreras, el legendario Hollywood Park cerró en domingo, no pude ver a Better Bet, pese a no ser el favorito, lo prepararon para correr su mejor carrera, eso dijo su entrenador en entrevistas. En el hipódromo jamás aposté para ganar, ¡es tan absurdo creer que puedes ganar algo en esta vida! Lo que ganas te lo cobra. Sentía emoción, quizás ese ambiente, los rostros interesantes, siempre me gustó ver tipos solitarios apostando, me transmitían algo de esa podrida esperanza. Caballo del cielo me hizo ganar muchas veces, Burning Water no me dio tanto, Fast and Hard me llevó a la bancarrota, tuve que dormir esa noche en una tumbona junto a la alberca de un apartamento en la Martel Av., más de mil 600 dólares perdidos, entré por la puerta lateral del jardín, estaba abierta. Descubrí que en algunos de esos barrios lujosos, solían dejar la puerta de los jardines sin echarle llave, durante muchas noches mi cama fueron los jardines y las tumbonas de las albercas. La maleta la dejé encargada con el barman de un sucio putero en Sunset. Nada de valor, algunos libros, ropa. Aprendí a bañarme en las albercas, en las regaderas de los moteles, tan solo dos dólares por oler bien. Harta del hambre, decidí comer salmón, me puse mis zapatos favoritos, esa tarde gané dinero, pude rentar una habitación y sobrevivir casi dos semanas con lo apostado. Fast and Hard me regresó algo de lo que me quitó, seguí apostando a otros hasta sentir que perdía todo otra vez, me retiré a tiempo. Ni en Las Vegas me emocioné de esa forma.

 En uno de mis paseos por Redondo Beach, pensé en esas caras felices de los apostadores, en las caras de tristeza de los que perdíamos, en las caras de desconcierto cuando después de perder todo, la vida te da otra vuelta. Con lo ganado me fui a Malibú, las malditas gaviotas robaron gran parte de mi comida, había comprado pan fresco, queso, vegetales. Me distraje destapando la cerveza, sin recato alguno, varias gaviotas atacaron la comida. La parrilla pública fue solidaria. Pensaba en todas estas cosas mientras cruzaba avenida Balderas de noche, en algún momento sentí que hablaba con un amigo imaginario, la compañía con la que estaba saltando los charcos de lluvia se esfumó, se lo tragó la nada, empezó a cuestionarme cosas sin sentido. Invisible, esa ansiedad de tener la razón, solo miraba el gesto de su boca, abrir y cerrar, ya no podía escucharle, solo respondía por inercia, decir lo que sea. Mi amigo imaginario estaba molesto, nunca entendí sus razones, cruzamos hacia Artículo 123, “es normal ver a personas hablando solas”, después de eso no dijo nada, quise ser una de esas personas, no se lo dije. Caminé hasta Bucareli, cruzamos o crucé, no sé, ¿cómo saberlo?, me sumé a la fila, una fiesta editorial, en realidad no me agradan, no todas las personas me agradan, al ver la fila y distinguir a dos tipos detestables, tuve ganas de volver con mi amigo imaginario. Demasiado tarde. Mi amiga en la fila sonriendo, la promesa de una noche divertida, ella es una gran compañía. La barra libre daba vodka, whisky, tequila, cerveza, agua mineral. Humo, empujones, ausencia de aire acondicionado, ninguna ventana, calor, sudor, olor de animales en putrefacción. Algunas personas agradables, bailar un poco con ellas, saltar de aquí para allá. Asfixia, ojos llorosos por el humo, una agresión directa en la barra, un cigarro quemando mi suéter, decidí salir de ahí.

Al pagar el taxi me di cuenta de que me habían bolseado, tantos años rodando en la periferia, el lodo, el lado salvaje de la ciudad, piqueras, cantinas, puteros, Las Palmitas, El Paraíso, la Morelos, La Pastora, San Felipe de Jesús: ninguna me trató de esa forma. Ni en el Skid Row me bolsearon los adictos al crack. Vaya mierda. “Las consecuencias de salir de casa”, me repetía una y otra vez por la mañana. ¿Es necesario que salga por un trago? No. Tengo buen vodka en casa, helado, dispuesto a acompañarme toda la noche, con saldo blanco seguro. La primera reacción ante el ultraje es la rabia, la segunda reacción es tibetana: compasión. Entender que a ciertas personas no les va bien con sus vidas. Debe ser un asco mendigar un poco de amistad por aquí y por allá para conseguir una residencia, una publicación, algo, servilismo ridículo al que estás condenado para obtener dinero a falta de libros interesantes. La vida me tenía una charada del destino, no fui la única. Más de diez personas robadas en una fiesta editorial. Vaya escándalo. Digno de investigación. Esperamos acciones vulgares y bajas en antros de reggeatoneros, esos que el “artista” mexicano desprecia tanto, uno espera ser bolseado en las peregrinaciones de san juderos, en la hora de la violación del Metrobús Guerrero, en los laberintos tlatelolcas por la noche, Pino Suárez o Centro Médico a las seis de la tarde. Clichés. El criminal opera en cualquier lugar. Los casos criminales más interesantes son aquellos donde los delincuentes no establecieron lazos familiares y amorosos sólidos. Revisen la historia de los criminales de primera y sexta, porque hasta en los perros rabiosos existen razas. Sádicos, destructivos, con los demás, con ellos mismos, voraces.

El desprecio es un filo, camino sin dudar en esa línea. Los que eligen el placer caminan en una torcida cuerda llamada: capricho. Joder a alguien es satisfacer una necesidad ególatra. Prefiero vivir en el desprecio, satisfacer todo lo que deseo, causaría demasiado dolor a mi paso, me llevaría a todos entre los tacones. El alcohol libera dos tipos de personas: al inhibido de tendencias sádicas, criminales, a la persona tranquila que alegremente baila y canta con su bebida en la mano. Las fiestas son los sitios más solitarios que existen, seres que hablan tratando de no pensar en su desdicha personal. Desconfío de los que dicen tener muchos amigos. El sádico que se vuelve débil ante la imposibilidad del amor, se convierte en masoquista, disfruta su destrucción. Los policías de investigación que he conocido son ágiles, trazan mapas del crimen en menos de cinco minutos, sacan todo lo que pueden de ti en apenas seis preguntas: “¿Qué le robaron?”. Esa pregunta hace varios años, cuando sufrí un asalto, me dejó pensando. Al día siguiente, volví al sitio del robo, pregunté algunas cosas en el Seven que estaba enfrente, obtuve valiosa información. Es un lugar con cámaras, sabemos que el acceso de las cámaras de la ciudad es un tema imposible, los amables dependientes del Seven me dejaron mirar un poco. Debo confesar que fue muy divertido, las personas siempre pueden ser más torpes borrachas o intoxicadas, proyectan nítidamente la basura despreciable que llevan dentro. ¿Qué me robaron? Nada. Sigo escribiendo, con seis botellas en el congelador de buen vodka. El alcohol libera dos tipos de personas: las productivas y los parásitos. Los ladrones de la fiesta no creo que sean malos, tan solo son idiotas. La satisfacción es una trampa, cuando jodes a otros tan solo te jodes. Los ataques de ira son ataques de debilidad.

*Escritora. Autora de la novela ‘Señorita Vodka’ (Tusquets).