REPORTAJE | POR ALICIA QUIÑONES

La Ciudadela, el barrio del sexo

Esperando una "movida" - Encuentros eróticos sin compromiso

El lugar que albergó la Real Fábrica de Tabacos en 1807, donde ocurrió una serie de ejecuciones durante el sangriento periodo de la Decena Trágica, ahora es la más grande casa de citas al aire libre del Centro Histórico de la capital del país.

No cualquiera puede acceder, al menos a primera vista, a los encuentros, se deben conocer los códigos.
No cualquiera puede acceder, al menos a primera vista, a los encuentros, se deben conocer los códigos. (Mónica González)

México

Aquel lugar que se creó para albergar la Real Fábrica de Tabacos en 1807, después llamada Ciudadela por su composición arquitectónica austera y de ligero corte militar; ese sitio donde ocurrió una serie de ejecuciones durante el sangriento periodo de la Decena Trágica ahora es la más grande casa de citas al aire libre del Centro de la Ciudad de México.

En su interior y sus inmediaciones, todas las noches se reúnen 50 hombres, aproximadamente, en busca de una cita para tener sexo. No es prostitución. Ellos no cobran por los servicios que prestan, o, mejor dicho, que buscan. Lo único que piden a cambio es un encuentro erótico sin compromisos.

Todo comienza entre las 9 y 10 de la noche. Para ser exactos, cuando oscurece, cuando el parque de la Ciudadela se ha ensombrecido. Aunque este sitio se ha tratado de iluminar tres veces, al menos en 2013, los fusibles han sido dañados. En medio de esta penumbra y a lo largo de la plaza, inicia un recorrido en automóvil. Todo aquí tiene un código, un lenguaje, tiene nombre. No cualquiera puede acceder, al menos a primera vista, a los encuentros, se deben conocer los códigos.

A los hombres que están de pie esperando una movida —una invitación—principalmente con mujeres, se les llama gaviotas. Las gaviotas esperan ser invitados desde las banquetas de Enrico Martínez, Ernesto Pugibet, Balderas o Tolsá, calles que rodean esta plaza. Para que el interesado sea ubicado por las gaviotas se debe dar una serie de vueltas al parque, a una velocidad mínima y, en cuanto sea posible, con las luces del coche apagadas. Lo hacemos. Las gaviotas voltean, miran, quieren ver si, esta noche, este Tsuru recogerá a alguno. Por ahora, solo se ven seis hombres que están en una especie de vitrina imaginaria. En la segunda vuelta, los hombres se acercan un poco más al auto. En la tercera, ya con las luces apagadas, los hombres comienzan a brillar.

Brillar significa que comienzan a tocarse el sexo, algunos lo muestran, es una forma de convencer a los automovilistas de llevarlos: es una forma de presentarse. De pronto, un joven comienza a seguir nuestro coche. Sonríe. Habla un poco fuerte. Intenta llamar la atención. Bajo el vidrio dos centímetros y le pregunto:

—¿Cómo está la movida?

—Usted dígame.

—¿Cómo te llamas?

—Alan.

Alan España no tiene más de 24 años. Es un joven educado y tiene una sonrisa que lo hace parecer sensato.

—¿Pagas el estacionamiento?, le pregunto.

—No traigo dinero, pero podemos ir a alguna calle oscurita. ¿Gusta que me presente...?

En su mayoría, estos encuentros no se dan en un hotel. Ese dinero, comenta Nacho Ramírez, de 42 años, uno de los hombres que se dan cita más de dos veces por semana aquí, se utiliza para pagar el alcohol. Generalmente se comparten los gastos del lugar adonde irán. Uno de los sitios más concurridos es un amplio estacionamiento ubicado en la calle de Humboldt, entre Artículo 123 y avenida Juárez, en la colonia Centro. "Tienen un acuerdo con los del estacionamiento. Lo importante para que nos dejen seguir entrando es que no se espante la clientela. Otros, cuando de plano no tienen dinero, se van a la calle del Semefo, en la colonia Doctores. Los que traen dinero se van a hoteles como el Calvin o el Pugibet. Ir a un hotel depende de quién va a pagar. Un día vino una chica de 18 años en una Hummer, y quería que se le pagara la cena, la bebida y todo. Mejor me fui".

Seguimos el recorrido. Alan se ha quedado atrás, en la calle Tolsá, aunque siguió al auto por más de cinco metros, intentando mostrar que era la mejor elección de la noche. "El rumor de una posible movida corre de inmediato —apunta Nacho—. No sabe usted cuánta gente hay adentro del parque. Ahora somos más, todos los que se ubicaban en el parque de la Alameda ahora se vinieron para La Ciudadela". Para formar parte de este círculo no existen demasiados requisitos. Hay que llegar y pararse. "Incluso no tienes que hablar, solo buscas tu movida".

No hay líderes. "No podemos hablar de cabecillas o de que alguien regentee; más bien, hay veteranos y nuevos; aquí no estamos hablando de dinero o de que tengas que darle dinero a algún padrote, simplemente llegas y consigues lo tuyo".

—¿Existen nuevas reglas?, le pregunto a Nacho, quien comenzó hace más de quince años en el "cotorreo".

—Ninguna. Tú llegas y te paras y consigues tus cosas. Antes, con nosotros los veteranos, sí existían reglas de conducta. Es decir: tú esperabas a que tu compañero negociara o brillara con un coche, y si no le resultaba, ibas tú. Había respeto entre nosotros. Ahora no, todos van sobre un mismo coche.

—¿Qué es lo que te hace estar aquí?

—Creo que es el placer y la adrenalina. Saber que puedes hacer todo lo que quieras con el permiso del novio.

—¿Qué riesgos se corren?

—El principal es el asalto. Hace quince días vinieron dos hombres con una mujer dizque para llevarse a un chavo, pero terminaron asaltando a varios en el parque".

—¿Se ha enamorado?

—Nunca, aquí solo venimos por placer. Nada de pedir teléfonos, de ver si tomamos un café y esas cosas. Vamos a cotorrear y listo. Si te vuelvo a encontrar, qué bien, si no, que dios te bendiga.

En una nueva vuelta al parque, un taxi comienza a seguirnos con las luces apagadas. "Ese era el que estaba atrás, detenido". De inmediato, una camioneta azul claro, Honda 2013, nos rebasa y se sitúa adelante, con un paso lento. "Esa es otra opción", cuenta Nacho riéndose. El conductor de la camioneta es un señor bien vestido, de aproximadamente 70 años de edad. Distingo sus rasgos cuando estaciona y baja de su camioneta frente al mercado de artesanías. En la otra esquina, el chofer de una grúa de seguros automovilísticos también se ha detenido a la movida. Es decir: existe una variedad de estratos sociales y económicos.

Uno podría llegar a pensar que el mercado que aquí se maneja es homosexual. No es así. "Aquí vienen parejas, en su mayoría heterosexuales que se llevan hasta tres hombres. Lo que sucede continuamente es que el novio o esposo solo observa cómo le dan placer a su pareja. Pienso que quizá el hombre no puede, y desea cumplir de alguna forma los deseos de su mujer. Incluso hay intercambio de parejas. Lo que más me ha tocado ver es el voyeurismo en los hombres".

Como hemos sido reconocidos por los habitantes nocturnos de la Ciudadela, de pronto una patrulla de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal se detiene frente a nosotros. Su paso es lento. También sin luces. Nos observa. "Ellos también saben de qué se trata esto", me afirma Nacho. La matrícula es A-23-28. Y ahora ha entrado la patrulla por la puerta del Centro de la Imagen, a supervisar el área. Sale y todo sigue igual. Los hombres y las mujeres se sientan en el parque, esperan en las estructuras de los puestos comerciales que han sido desmontados por sus dueños y miran fijamente a los automovilistas.

Y como hay para todos los gustos, también existen las mujeres famosas de La Ciudadela. Una de ellas es La Mil Pelucas, de 70 años. "Ella llega, se para y se desviste. Y siempre se lleva a su gaviota". También está La Chaplin, una de las fundadoras de este lugar. Ella tiene como 60 años. En medio del frío, muchas veces de la lluvia, de nueve de la noche a siete de la mañana, esperan a otra persona que también "desee pasarla bien"...sin dinero ni compromisos.