'Buitre' y los valores subterráneos

No eran muy diferentes en actitud a los chavos de mi barrio que defendían la cuadra de los masiosares, mas aquellas navajas y una de las pistolas que alcancé a ver sí erean diferentes. Estaban ...
Ilustración: Luis Miguel Morales C.
Ilustración: Luis Miguel Morales C.

Tultitlán

La posibilidad de criticar algo es muy peligrosa, casi siempre sé que no podré aportar algo "positivo" o algo que las personas esperan: una idea interesante, crítica luminosa, dar ese abrazo fraternal a los agrestes. La palabra es violenta desde el inicio de los tiempos. Poder y violencia. En estos dos senderos camina la vida real, no la vida literaria. Subnormales: la violencia no es un cliché, tampoco costumbrismo, deberían recorrer las fronteras de "La ciudad de la Esperanza", una esperanza podrida para esos municipios sin pavimento, agua, luz, transporte, servicios básicos de salud o educación.

Pienso todo esto mientras regreso a la ciudad, en el baño de mi casa limpio el polvo y otras sustancias desconocidas de mis botas. Dos de mis gatos olieron las botas, después huyen despavoridos. Claro. Huele a muerte, estuve pisando restos de cadáveres de animales. Uno de ellos ya no recuerda cuando lo saqué de aquellas montañas atascadas de basura hace más de cinco años. Visitar la frontera de la ciudad requiere de un par de buenas botas para meterse al lodazal. Unas botas que aguanten más que polvo, unas con las que se pueda morir, que tengan estilo, no como esos personajes que aburren de tan predecibles. Tomé el Metro de la Línea Tres desde Balderas, me bajo en La Raza, no decido si irme por ahí o por Indios Verdes. Al final ganó La Raza, la última vez que fui por el otro camino no pude ver la franja que está cerca de Alborada. Tultitlán: infierno en la tierra en algunos puntos. Me alejo de la zona turística de este municipio, camino veinte minutos desde la base donde me deja el guajolotero hasta San Pablo de las Salinas. No ha cambiado mucho, continúa salvaje, decadente, violento. Visito este tiradero desde hace más de diez años, me gustan los tiraderos, son sitios para pensar. Hace más de dieciocho años, allá por la Unidad Morelos, en una de las casas donde vivió algunos años mi abuela, muy cerca de Alborada, vi los primeros pandilleros. Mis primas y una de mis tías habitaron esa casa hasta que la ola de asaltos, violencia, un ladrón que mantuvo secuestrada dentro de su propia casa a una de mis primas, fue el detonante para que ellas regresaran al DF. Era verano, decidimos aventurarnos, recorrer el llano a bordo de la troca del primo Temo. Los primeros minutos de viaje todo era alegría, de pronto aquellas casas parecían hormigas, nos habíamos alejado de la Unidad. Acabábamos de pasar unos sembradíos de maíz, después el verde se convirtió en un gris seco. Avistamos tatuados, malencarados y sucios hombres sentados sobre el llano. Nos dividían apenas unos metros. Pasamos justo frente a ellos cuando corriendo se volcaron sobre la troca cercándonos, mi primo pisó el acelerador, casi se lleva a dos. Gritos de diversión, ¡juventud, estúpido tesoro! "¡Bienvenidos a Tulti!", gritó mi prima Lety. No eran muy diferentes en actitud a los chavos de mi barrio que defendían la cuadra de los masiosares, mas aquellas navajas y una de las pistolas que alcancé a ver sí eran diferentes.

Estaban tatuados en la cara, las manos, los brazos. Había visto algo similar en barrios de la GAM como la Pastora o Santa Bárbara, los pandilleros de aquellas zonas eran como inocentes cholitos de kermés junto a estos hombres que por poco nos atoran. Volví de forma frecuente hace más de diez años. ¿Las razones? Rescatar animales cuyo destino es el basurero de San Pablo de las Salinas. Hace ya más de siete años, una tarde estaba dándole agua a unos burros del llano, un pandillero salió de entre la hierba, no me preguntó nada, me arrebató de un manotazo el agua, la bebió rápidamente, después me pidió "las bolas". Su acento y esa extraña palabra que escupió fue lo que me hizo deducir que el vato ese no era mexicano. Intentó pasarme báscula, afortunadamente en ese momento apareció Don Camilito, uno de los pepenadores que me conocía. Traía un machete, y asustado el tipo se perdió entre la hierba "Pinche mara, hijo de la chingada, ¿estás bien?" No pude hablar en las siguientes cuatro horas, es más, no hablé hasta llegar a mi casa. No es lo mismo ver la artística película Ciudad de Dios, donde el arte convierte a las personas, que ver un pandillero de frente. El estigma de violencia no nos lo podemos sacar ni bailando en Chalma, no es gratuito, México tiene en sus filas a una de las pandillas más violentas: La Mara. Durante varios días no dejaban de sonar en mi cabeza aquellas palabras: "Te voy a chimar, pinche peperecha". Estuve asustada por varias semanas, decidí volver, tenía que seguir con aquello que había empezado, tuve la idea de escribir un guión para un documental sobre pandillas, migración, cinturones de miseria, todos esos temas que ahora están en boga. Regresé con la idea de acercarme a la franja. No lo hice sola, me acompañaba el machete que me prestó Don Camilito y uno de sus hijos. Reinaldo fue quien me enseñó a usar el machete: "no me chingues, no eres mexicana si no sabes usar un machete". Las enseñanzas del abuelo Jeremías, un pepenador que aseguraba tener ciento cuatro años, estaban enraizadas en él. Ellos controlaban gran parte de una de las entradas al basurero, donde no entraba nadie que no fuera autorizado por ellos. Por las noches muchos sin casa se acercaban a las entradas para obtener los desperdicios y ofrecer alguna que otra basura interesante a la familia de Don Camilito. Semana tras semana esperaba ver otra vez un pandillero, pero no sucedió.

Meses más tarde, la familia del basurero puso una malla ciclónica. "Ya se están pasando de este lado, el otro día quemaron la casita de El Buitre, se salvó". El Buitre era un perro enorme, un mastín napolitano. ¿Qué hace un mastín napolitano en Tulti? Estos perros son más comunes en otros municipios. Sepa el dios perro por qué vaina estaba acá. El Buitre era un gran guardián, resistió las heridas de sus impresionantes quemaduras. Me siento estúpida por confesar que tuve la idea de hacer un documental sobre pandillas. Ni antropólogos ni sociólogos entienden a los pandilleros, aunque los estudien como monos en laboratorio, solo aquel que gira en su engrane podría hacerlo. Conducta criminal, conducta convencional, conflictos culturales: problemas sin resolver. La pandilla tiene una atractiva promesa de lealtad, solidaridad y poder irresistible para aquellos que ingresan. Imagino a un profesor de Boston en la franja de la muerte: el pobre no podría defenderse a librazos o diciéndoles "aim yur frend, ai lov the literatura, the art and Kant seiv yur soul". Ya me imagino a una escritora hablándoles con un toque de mota en la mano o un chai latte: "sus vidas están equivocadas, vengo a hablarles de sus espacios heterotópicos". El machete no me hizo sentir segura, al contrario, las armas las maneja el diablo —decía mi abuelita—, así que tuve que pedir autorización para que El Buitre me acompañara para alimentar a los perros, gatos y darle agua a los burros, fue muy difícil, ya que era una bestia brava, me quiso morder como cinco veces, una vez me tiró, otra vez me dio una arrastrada por medio llano mientras tiraba de mi bolsa donde había guardado unos premios. Total que nos costó trabajo. Una necia, un necio. Los dos teníamos obsesiones diferentes. El Buitre estaba obsesionado con morder a los gatos y a los burros, la mía: buscar la muerte, eso hice durante muchos años.

En uno de aquellos paseos uno de los perros peleaba con otro por una mano humana. Di aviso de inmediato al Reinaldo, Don Camilito ya estaba muy borracho, lo había atrapado el delirio sueño del pulque. Reinaldo machete en mano buscó en los alrededores mientras yo lo esperaba paralizada junto al noble Buitre. Regresó. No me dijo nada, su cara estaba paralizada. Lo seguí, fuimos a buscar al abuelo, lo despertó: "Apá, algo pasó, hay un brazo, los perros traiban una mano, no encuentro a nadien, no hay muerto". Con semblante sereno el abuelo resolvió que iríamos a hablar por teléfono a casa de Doña Julia, una señora que vendía alfalfa y verduras. Llamaron, la policía se negó a venir. Reinaldo había agarrado la mano con un pedazo de cartón, la metió en una bolsa. Don Camilo decidió que la enterráramos. Volví al otro día, Buitre me acompañó a poner el agua de los perros ferales del llano, la mano la habían desenterrado los perros, jugaban con ella, me la trajeron cuando me vieron que venía a dejarles croquetas y tortillas, no tenían hambre acaso. Acaricié a Buitre, entendí que tenía que poner distancia entre la muerte y lo que quedaba de mi alma. No sé por qué volví ayer, Don Camilito murió bebiendo pulque, Reinaldo se fue hace dos años a La Veleta. Buitre, perro viejo y abandonado a su suerte en el llano, apenas pude reconocerlo bajo sus heridas de guerra. Él sí me reconoció. Será que a eso volví, para llevarlo a casa. Buitre: líbrame del mal.

* Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets).